—Una advertencia: nunca han hablado con un escritor.
Miente. El profesor que me habla es escritor. Y es bueno. Pero acaso por ganarse los frejoles en horarios proletarios (como yo y la mayoría de escritores destos reynos) sigue sin creérselo, porque parte del oficio es no creer en nada más que en la ficción. Igual me choca su advertencia. Cuando me ha llamado "escritor" no lo ha dicho con el cómplice sarcasmo del colega letraherido, sino con el tono con que dices ingeniero o doctorcito. Debe ser por el auditorio que tendré, que requiere que uno se dé algo de importancia antes de afrontarlo. ¿Serán temibles? ¿Qué podría decirles? ¿Que estamos iguales porque nunca he hablado con alumnos de cuarto de media (desde que yo mismo era uno) ?
Prendo la cámara. Solo son ocho. Alivio y estupor. En mi salón del cole éramos 38 a esas alturas. Quizá los que están aquí no son el grupo completo, sino solo los que asistieron ese día, los que leyeron, los que sobrevivieron a algo grandioso o terrible. O siempre fueron ocho, porque los estándares escolares de hoy son muy distintos de los de mis tiempos prehistóricos. Alzo la palma, cómo están, gracias por invitarme. Breve silencio... ¿Qué puedo decirles de interés a quienes tienen limpio el récord de errores garrafales? El profesor, más canchero, en su elemento, les pide que se presenten. Dos de ellos muestran sus ejemplares de mi libro, bien para congraciarse o por creer que que así tendrán más chance de sacarse un 20. Vamos a las preguntas, los apura el profe. Dispara el primero con una de manual: ¿por qué escribes? Uy, pienso, aquí me voy a pasear. Pero quizá por eso, de puro sobrado, respondo una barbaridad
—No lo sé, la verdad.
Hay otro silencio. Uno de los malos, de esos que te jalan las orejas. Me doy cuenta y me corrijo: ah, pues, escribo porque tengo cosas que contar (buen inicio), pero no cosas que me pasan a mí (no la cagues), sino a otros (no la cagues) porque, la verdad (¡Miente , no la cagues!) mi vida es bien aburrida. Termino la frase con una sonrisa, todavía. Patético. Mi respuesta, claro, provoca caras wtf. Hasta mi colega profesor levanta la ceja. Okey, despierto, lo intento de nuevo: ¿no les ha pasado —digo— que, a veces, una película o un juego no termina como a ustedes les gustaría que termine? ¿no se han puesto a pensar en finales alternativos, distintos? ¿Que el héroe no se case o que le pase algo malo luego del triunfo o que no muera en tal escena o que responda algo distinto? ¿Nunca han alucinado cómo sería la continuación de lo que han visto: ¿la segunda o la tercera parte? Si el cuento que te han contado no fuera por aquí, sino por otro lado? Uno, a la derecha de mi pantalla, asiente. Ya, pues: eso. Me pasa desde siempre. Y me parece —no miento, aunque no he pensado en esto antes, también me estoy enterando recién— que lo de inventar historias viene de ahí, de esa desconfianza de esa frustración por como van las cosas. De que no me gusta qué diablos hicieron los actores, el director, el guionista con una historia que me había enganchado y que, en algún punto de la aventura, empezó a decepcionarme. Casi les digo que, en realidad, los que no me gustan son los actores, directores y el guionista de mi siglo (de mi vida). Pero es muy temprano para ponerme triste. Aunque no debería subestimarlos. Mirándolos bien, parecen avispados, empáticos y nada tontos. Seguro ya sospechan que las rayitas de una cara adulta no son arrugas, sino cicatrices.
Segundo disparo : "¿qué dijeron en tu familia cuando dijiste que serías escritor?" Guau. Me sorprende esa pregunta. Respondo, sabiendo que volveré a decepcionarlos: Nada. Pero evito las pausas esta vez. Explico que pretenderse escritor no es como pretenderse médico o astronauta. No es oficio a tiempo completo. No en nuestro tiempo, al menos. Tampoco es algo que quieras ser de chico. Ya saben: nadie alucina su futuro y se ve a sí mismo en un escritorio tecleando con dolor de cuello o de muñecas, solo y en silencio o robándoles horas a su chamba real, a escondidas, para anotar algún verso o una idea para cuento, antes de que se le olvide. O sea, esa podría ser la fantasía de un adulto desengañado de la estafa vital, pero jamás la de un adolescente que va a comerse el mundo. Igual les cuento que nunca dije en casa que quería dedicarme a escribir ni me planteé que escribir sea una carrera, quizá porque siempre supe que eso, en nuestra patria coja, no es oficio, es capricho. Remato con lo obvio: de escribir no se vive. A pesar de eso, no les digo que sigo alucinando —siempre lo he hecho—, con la ingenuidad adolescente del todo-se-puede. Si alguien quiere escribir, que lo haga. Y que lea mucho para aprender las herramientas. Pero que eso no sea su única ilusión. Hágalo en serio, pero que no sea la actividad principal, por lo menos al principio, lo que tardes en venderles los derechos a la Warner Brothers. Lo importante: busquen primero una forma de pagar las cuentas a fin de mes o la pasarán realmente mal. La frase me sale tan seria que me delata. Uno, que es listo y atento, a la derecha, frunce el ceño y asiente. Espero que sea inmune a mi veneno. Otro no me preocupa, porque bosteza y eso me tranquiliza. Estarán contando las horas para irse. Ahí está la envidia nuevamente. De niño yo soñaba con ser astronauta. De adulto, con ser niño.
Como si esto fuera una ceremonia, otro se pone de pie, carraspea y, suave, pide que, por favor, le explique el final de El pájaro yeyén. Uy. Ahora el decepcionado soy yo. Se los digo, como jugando: lamento no haber sido claro en ese cuento, seguro algo hice mal, porque ustedes son muy inteligentes. Si les paso la mano no es por adulón, sino para que las críticas, que intuyo llegarán, sean piadosas. No —se explica—, he leído el final del cuento, varias veces porque de verdad querían comprender qué había pasado con el personaje. Lo hemos discutido. Tenemos diferentes interpretaciones. Queremos saber quién tiene razón.
(Vaya con el piropazo, se acaba de arreglar mi semana)
Me demoro en responder: la verdad no estoy tan seguro de lo que en verdad le pasa al personaje. O sea: al principio pensé que el protagonista se terminaba transformando en otra cosa. Pero, cuando empecé a corregir las últimas versiones del cuento, luego de que algunos amigos los leyeran, entendí que era posible que todas las cosas extrañas que le ocurren al pobre sean producto de su imaginación perturbada. Y que prefiero que sea el lector el que decida si le pasó tal o cual cosa. Y me justifico todavía más: el cuento se narra en primera persona, ya saben, yo hice esto, yo me acuerdo de esto, yo desperté así, es decir, el personaje es el que narra lo que le está ocurriendo y, por eso mismo, no puede ser objetivo con su realidad, porque la forma del mundo cambia dependiendo quien lo mire. Sobre todo si, como pasa con ese personaje, el mundo, en aquel sábado en el que ocurre el cuento, es su corazón roto. También porque nadie se conoce a sí mismo realmente. Dos sonríen. Creo que al fin he conectado. ¿O les parece una idiotez? Nunca lo sabré. tengo más talento para leer textos que caras. Debería escribir algo sobre eso. Una entradita para mi blog, por ejemplo...
Vienen otras preguntas, ya más relajadas. Que cuál es el significado de este cuento. Que qué es lo que más te gusta de escribir. Empieza a entusiasmarme el interés, aparentemente sincero, de mis interlocutores mientras no puedo creer que en serio me hayan leído con esa atención y que, incluso, algunos cuentos les hayan gustado. Y entonces mi colega profesor me corta. No es nada personal, ya acaba la clase, ya va a ser hora de salida, me dice como si se disculpara. Pueden preguntarle a él, voy a decirles, porque él también escribe cuentos en los que ocurren cosas extraordinarias. Pero no quiero delatarlo. Quizá si saben que Jorge, después de corregir exámenes, escribe cuento fantásticos, le perderían algo de respeto (aunque lo querrían más).
Agradezco, me agradecen, nos desconectamos. En la pantalla, de pronto en negro, me cuesta reconocerme en la mueca del reflejo. Dura poco, claro.
Junio, 2023

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