¿Quieres meterle a alguien el gusto por la ópera? Hay una que tiene lo necesario para seducir a los nuevos. La protagonista es una princesa medio loca que quiere vengarse de todos los hombres. Los verdugos prosperan en su reino y son adorados por el pueblo como si fueran estrellas deportivas y son tan hinchas de la muerte que creen que la luna es una inmensa cabeza cortada. La trama se sostiene en tres amores imposibles: Una esclava ama a un príncipe. El príncipe ama a la princesa medio loca. Y la princesa medio loca adora cortar cabezas. Muchos otros personajes compiten en escena por ser el más despreciable, pero sin dejar nunca de ser carismáticos. La música es estupenda. Y todo fluye como un río. Para muchos comentaristas Turandot (1926), cierra la edad dorada de la ópera italiana. Fue la última obra que escribió su autor, Giacomo Puccini. Y si estoy hablando de ella es porque hace poco se montó en Lima y me di un salto para verla, escucharla y tener una excusa para obligarme a escribir alguna cosa sobre su origen, los dolores de cabeza que le causó a su autor, los retos que implica representarla y las maravillas que contiene.
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Pocos personajes de la historia del arte me provocan tanta simpatía como Giuseppe Verdi (1813-1901). No sólo porque me encanta la música de su último período (desde Simon Boccangra hasta Falstaff), sino porque encarna el arquetipo del artista que sabe ser popular y genial al mismo tiempo. Nunca se conformó ni se mareó con el éxito y su carrera fue la de alguien que estaba constantemente tratando de superarse a sí mismo, arriesgándose a decepcionar a su público al presentarle, una y otra vez, nuevos caminos para una forma de arte, la ópera, que él transformó. Si escuchas sus primeras obras y las comparas con las últimas es casi imposible adivinar que pertenecen al mismo compositor. Pero además era un tipo agradable, políticamente comprometido, modesto (a pesar de que se hizo rico pues, como él mismo decía, "soy sólo un campesino"), muy crítico con las injusticias sociales de su tiempo. Vivía con sus propias reglas al margen de imposturas (su prolongada convivencia con la que más tarde sería su segunda esposa fue todo un escándalo). Fiel a su arte, implacable con sus libretistas y todo un tirano con sus cantantes (a los que sometía a incansables ensayos ofendiendo la vanidad de divas y divos), siempre supo exactamente lo que quería que pasara en el escenario y cómo debía de pasar. Lo que él llamaba "la palabra escénica". Incluso cuando se hizo viejo y fue furiosamente atacado por ser un "compositor anticuado" por parte de los jóvenes músicos, supo responder creando obras muy superiores a las de sus supuestos sucesores, al punto que sus últimas cuatro obras representan la cima de la ópera italiana de todos los tiempos.
De cómo probé el peor sitio de nuestro mejor teatro y de cómo escuché una ópera que no vi.
Si no quieres gastar mucho dinero para escuchar un concierto en el Gran Teatro Nacional bien puedes comprar un ticket para una de las butacas laterales del cuarto piso, ésas que ofrecen sólo una vista parcial del escenario. Pero si además de escuchar quieres ver, ya no es tan buena idea. La butaca está orientada hacia al frente y tienes el escenario al lado, por lo que para mirarlo hay que girar la cabeza y asomar medio torso sobre la barandilla. Si, para colmo, el espectáculo al que asistes es un ópera en un idioma distinto al tuyo y quieres leer los sobretítulos con la traducción simultánea que se proyectan sobre el escenario, piña, no podrás, porque el armazón que sostiene las luces está ubicado entre tu sitio y los títulos.
Si no quieres gastar mucho dinero para escuchar un concierto en el Gran Teatro Nacional bien puedes comprar un ticket para una de las butacas laterales del cuarto piso, ésas que ofrecen sólo una vista parcial del escenario. Pero si además de escuchar quieres ver, ya no es tan buena idea. La butaca está orientada hacia al frente y tienes el escenario al lado, por lo que para mirarlo hay que girar la cabeza y asomar medio torso sobre la barandilla. Si, para colmo, el espectáculo al que asistes es un ópera en un idioma distinto al tuyo y quieres leer los sobretítulos con la traducción simultánea que se proyectan sobre el escenario, piña, no podrás, porque el armazón que sostiene las luces está ubicado entre tu sitio y los títulos.
Pero, por supuesto, también hay ventajas. Una muy relevante para tipos cascarrabias como yo es que, desde ahí estás prácticamente solo y no tienes que escuchar los atoros, ataques de tos, gorjeos, murmullos, estornudos, risitas y demás linduras a las que son aficionados muchos espectadores de los conciertos de música clásica. Pero la ventaja más clara es que en los espectáculos menos baratos (como por ejemplo éste, el Festival de Ópera Alejandro Granda) en vez de gastarte los 90 soles que te cuesta la butaca en la zona central del cuarto piso (o los 450 de la platea baja, si quieres pagarlos) abonas sólo 30 ... con los bemoles mencionados. No es buena idea si vas a ir acompañado. Pero para los melómanos amarretes (¿no se les ocurre de quién hablo?), no está mal. Más aún si no te quieres perder una puesta en escena de Lucia de Lamermoor, la más famosa ópera de Donizetti, con un elenco bastante competente. En resumen: Algo que bien vale una tortícolis.
Mi amigo Arturo me escribió un mensaje en el que me decía que tenía una entrada para Romeo et Juliette, la ópera de Gounod. Él no podría asistir y estaba dispuesto a regalármela. No era cualquier representación. Sería la primera vez que Juan Diego Flórez interpretaría completo el papel de Romeo y lo haría en Lima y con un elenco de primera. Era una oferta tan buena que, para no sentirme culpable, intenté disuadirlo, de que hiciera un esfuerzo y fuera, porque la ocasión realmente valía la pena. La obra es muy convencional, le conté, pero la música es estupenda (tiene unos dúos extraordinarios). No lo convencí (felizmente) pues tenía otros asuntos que atender y, además, no le convencía mucho el sitio que tenía asignado, a mitad del tercer piso. Para mí, en cambio, un habitual del cuarto nivel, era un pequeño lujo.
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Autor

Pablo Ignacio Chacón
Soy autor de "Los perseguidores" (cuentos) y "Juanito Trapelas" (microrrelatos). En 2017 gané el Concurso de Microrrelatos de la Casa de la Literatura Peruana. Fui finalista en el Concurso Internacional de Cuento Juan Rulfo (2011), el Concurso Bonaventuriano de Cuento de (2015) y dos veces en la Bienal de Cuento Premio Copé (2000 y 2022).
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