Pages

twitter Facebook
Montón de rocas
  • Inicio
  • Libros
  • Blog
  • Menciones


 
 
La prensa dice que el maestro Colchado ha muerto hoy a los 75 años. No es cierto. Se fue de viaje con Wayra, que lo guía por los cerros y quebradas hacia el cruce del Marañón incendiado, la Yacumama que recorre el infinito. Saldrá ileso del trance. Como Rosa Cuchillo.

Pero, aún así, aunque yo sé que está vivísimo (hay gente que no puede morir), da pena la sola idea de que se haya ido. Mi tristeza tiene algo de egoísmo: me hubiera podido conversar con él. Pero una conversa de de verdad, no como la única que tuvimos y que fue, más o menos, así:

— Disculpe, ¿podría robarle una firma, por favor?.

Se lo dije con una edición popular del Cordillera Negra en una mano, que yo había leído recién, alucinado. Justo en esos días supe que daría una conferencia con Luis Nieto Degregori en Petroperú, sobre la narrativa de los años 80 y, como entonces trabajaba cerca, decidí asistir. Pero preparado (O eso creí...).

— Claro ¿tienes lapicero?.

No tenía, bien huevón, y tuve que pedirle prestado uno a un desconocido que acababa de acercarse a nosotros, un hombre que también quería hablar con él y que había visto, mueca de derrota de por medio, cómo le ganaba yo la posición. Mucha conchudez, habrá pensado ("¿encima que me atrasas pides mi ayuda?"). Pero, ¿qué sería? ¿la solidaridad de los fans? ¿tratar de quedar como buena gente ante el escritor? Ni idea. Sin suspiro ni mueca de incomodidad, el tipo me ofreció su lapicero negro. Colchado empezó a firmar. Entonces, cosa inesperada, mi benefactor me preguntó —no sé si con malicia o interés— cuál de los cuentos de ese libro me había gustado más. Yo me quedé en blanco. O sea, yo había leído todos los cuentos del libro y me habían gustado más este y aquél, pero, en serio, no recordaba los títulos, solo las tramas...

— pues.... ese del del asesino que usa una máscara para conquistar a la chica que lo choteaba...
— Ese cuento se llama "Dios montaña" —dijo Colchado, didáctico y salvador, pero, también, supongo, aliviado ("este atarantado sí me ha leído")

 

Temprano. Huyo del sol, me escondo en el café. Pienso en los pendientes, en mi buen ánimo inesperado. Lo urgente: corregir unos textos para la agencia de publicidad. Calculo que no me tomará más de una hora. Luego, increíblemente, libre. Quiero dedicarme a revisar un cuentito que debería cerrar antes de fin de mes. Hacer lo que, en un mundo perfecto, sería mi único trabajo. Llego y siguen las buenas noticias: mi sillón favorito está libre y disponible. Ordeno mi bebida, me instalo, tecleo rápido, reviso, envío el correo, suspiro, alivio, casi casi la felicidad. Abro mis carpetas, busco el texto de marras que tiene un inicio lamentable y que quiero salvar porque la anécdota que contiene me parece divertida. Sí, ya sé: el tiempo libre es para vivir, pero, cuando no se puede —hace semanas no se puede— hay que, por lo menos, escribir.


Garabateo, borro, garabateo, borro. Nada. No encuentro el camino. Me quedo en blanco. Soy un aparato descompuesto. Fuerzo la máquina, a la mala, lo que salga.  Y me sale, pero acartonado y hueco y huachafo. Como si la sangre se me hubiera evaporado en el camino por el sol. Pero tengo un comodín, un salvavidas en el vaso de cartón que tengo al frente. Bebo. Aún muy caliente para mí, pero soportable. El sorbo es intencionadamente largo. Listo. Ahora, a esperar la magia. La cafeína no tarda conmigo más de cinco, seis minutos y tengo horas libres por delante. Es seguro que algo bueno pasará. Asocio esa idea con otra. Una que no tiene nada que ver con mi texto, sino con algo que resuena y me divierte recordar.

El que flota sobre el río

Aunque el aire frío del local está tomado por el chill out mediocre de siempre, se me zampa en la memoria, clarito, el inicio de un tercer acto. Ese del mondo ladro, rubaldo, reo mondo, que recita Falstaff, subrayado por trompas y trombones. Nada que ver con la música alocada y festiva de los actos precedentes. A esa altura del drama, todo ha cambiado para el personaje sinvergüenza, que aparece en el escenario tiritando, chorreando agua por ambos hemisferios. Viene de flotar, aterrorizado y panza arriba, sobre el Támesis. El burlador supremo ha sido humillado por las alegres comadres: las chicas lo hicieron creerse bello y galán solo para convencerlo de esconderse en la canasta de la ropa sucia, donde estaban los calzoncillos y las enaguas apestosas de los Ford, solo para arrojarlo al río después de un concertato inolvidable. Empapado, Sir John pasa a la taberna y despotrica a voz en cuello de su enemigo recién descubierto: el mundo entero. Por tercera vez en lo que va de la ópera, canta eso de va, vechio John, pero, a diferencia de antes, la melodía está en tono menor, el aire de marcha es fúnebre y el final del camino que sus versos describen ya no va del triunfo del fuckdaddy que él se alucinaba, sino de la vergüenza y de la muerte. Hasta ese momento, la última ópera de Verdi había sido un encadenamiento de melodías superpuestas y sin pausa. Ya no. Esto es el desengaño. Cada melodía que quiere levantarse, se corta y se derrumbe, como haría 15 años después, ya sin bromas, el buen Gustav (fan culposo del parmesano) en su novena sinfonía. Falstaff rememora la malicia de sus bullys, las risas que escuchó venir de la ventana y toda la gordofobia isabelina que ha llovido sobre él. Sin esperanza, ruega al tabernero que lo alivie con la única medicina que conoce. A pesar de que le debe un huevo de plata, el tabernero accede. Pero Sir John pide algo distinto a lo que siempre pide: que esté tibio el vino, para dejar de tiritar. Tan canchero y tan experto había sido que, escucharlo así de pronto, desanima. Aunque no suena en los parlantes, lo tengo clarito en la cabeza. Me toca. Me toca hoy como nunca ese sir John. Pero sir John no es como yo. Él es resiliente, astuto, amoral, sus reglas son distintas (guardabosques de Diana, caballero de la sombra, favorito de la luna) y por eso mismo indestructible. El vicio es en él virtud. Eso queda claro en el momento en que el posadero le trae el trago demandado. Debe ser muy barato, de la calidad peor, pero es vino, huele a vino y eso es todo lo que el pillo requiere para reconciliarse con la vida. Entonces llega el gran momento: empina el codo, sorbe, goza. Papá Verdi torna verosímil el prodigio. Hay trinos en crescendo, la melodía se esfuma y todo es politonal, hipercromático, moderno. No hace falta verlo: la música se explica sola y hasta el do mayor en el que estalla (Trilla ogni fibra in cor! ) es el único acorde que la física podría permitirle a semejante circunstancia. Y eso es lo que tengo ahorita en mente: replicar el efecto, aunque yo no esté en el Boar's Head Inn sino en un cafecito del Perú con un vaso lleno de agua sucia disfrazada como blend. Bebo, bebo otro sorbo con la fe del gordo supremo (Buono, ber del vino dolce...) y dejo el vaso en la mesita. Aguardo el efecto. Los dedos se tensan y esperan las órdenes que ahorita llegan desde arriba. Acomodo varias veces el teclado sobre las piernas y le advierto que se prepare, porque en un ratito empezará lo bueno.

Y empieza lo bueno

Pero no en el cerebro ni en las manos, sino abajo. Retortijones. Grandes retortijones en la barriga. Y, luego, una ansiedad sin foco, lamentosa. Todo cambia, sí, pero para mal. Pienso: tengo pocos días para terminar de corregir mi cuentario y, ahora que dispongo del tiempo para hacerlo, cuando estoy en el sillón correcto, arropado por ráfagas de aire helado y una bebida olorosa y todavía tibia en la mesita, ni siquiera entonces, yo, el que siempre aspira y busca los momentos perfectos y adecuados para hacer las cosas, soy capaz de hilar decentemente un par de ideas. 

Y se me pasa la mañana. En blanco, hueveando, con malestar estomacal y una desazón culposa que me hunde todavía más, que me exige explicaciones que no tengo por mi inconsistencia neuroquímica. En la espera, me descubro rebuscando memes en la web, reels de bromas en el Insta y las arcadas que me causa nuestra prensa alcahueta y cobarde, culpable en gran medida de la penuria nacional. ¿Será eso? ¿que, en el fondo, el mood de la crisis me sigue interpelando? ¿que me siento tan culpable porque hay, hermanos, muchísimo que hacer y yo, en vez de hacer algo útil en la hora oscura de la patria me escondo en un café para desperdiciar mi tiempo?  ¿será la mala noche? ¿o la depre rutinaria que me muerde cada enero por las metas incumplidas? Quiero espabilarme y no puedo. Cada cinco minutos reintento, vuelvo al procesador de texto, trato de arreglar la historia esa, pero mi corazón y mi cabeza me han dejado ahí tirado y se han ido a no sé donde. Los párrafos me salen zombis, primariosos y sin gracia. Es que no hay ganas de nada, ni siquiera de tenerlas. Peor todavía: a diferencia de Falstaff, yo no puedo culpar a nadie, porque nadie me ha empujado. Siempre encuentro el modo de tirarme al Támesis solito.

PS

Al filo de la una, sucede. No sé qué resortes se activan ni cómo, pero por fin las manos toman el control. En una hora rescribo por completo la primera mitad del cuento. Queda. E il trillo invade el mondo. 


PIC

Enero 2023 



Entradas más recientes Entradas antiguas Página Principal

Lo más leído

  • Invencible
    Tenía los ojos cerrados, amarilla la piel, recogidos los miembros. Salvo el pecho, que subía y bajaba rápido, el resto de su cuer...
  • Confesión
    [MICRORRELATO] Mientras las demás consumíamos las tablas del piso y las vigas de madera, ella se empeñaba en hacer túneles entre ...
  • La princesa intocable y el sable volador
    ¿Quieres meterle a alguien el gusto por la ópera? Hay una que tiene lo necesario para seducir a los nuevos. La protagonista es una princesa...
  • El libro de los amantes desquiciados
    Seguramente te ha pasado: Recuerdas que en tu adolescencia viste una película o una serie en la tele que te impresionó mucho y que no volvis...
  • Juguetes de la historia
    Apuntes de lectura sobre Guerra y Paz. A diferencia de lo que pasa cuando ves película o escuchas música,  en un libro tú pones la v...
  • Lastre
    Mi amigo Nelson se va. Vivirá vivir con aquél de quien se ha enamorado y con quien incluso firmará un documento que a la larga le...
  • El peso de los otros
    Aunque de tramas muy distintas, hay una sorprendente coherencia entre los relatos que componen  La Horda Primitiva.  Todos los textos son d...
  • Gigantes
     [RELATO] — ¿Para quién es? — Para mí. Me llamo Pablo. — Pablo. Muy bien. El escritor toma su lapicero y abre el lib...
  • Afónicos
    Me salen otros gallos y vuelvo a pensar que no soy el mismo de antes. Terco, cambio la forma en que respiro e intento impostar la voz. ...
  • Física
    Regresar. Ya lo he hecho antes. En lo laboral, lo amoroso o lo académico, los retornos son parte de mi historia. Algunas veces regre...

Autor

Pablo Ignacio Chacón

Pablo Ignacio Chacón

Soy autor de "Los perseguidores" (cuentos) y "Juanito Trapelas" (microrrelatos). En 2017 gané el Concurso de Microrrelatos de la Casa de la Literatura Peruana. Fui finalista en el Concurso Internacional de Cuento Juan Rulfo (2011), el Concurso Bonaventuriano de Cuento de (2015) y dos veces en la Bienal de Cuento Premio Copé (2000 y 2022).

Archivo del Blog

  • ►  2013 (1)
    • ►  noviembre (1)
  • ►  2014 (15)
    • ►  mayo (1)
    • ►  junio (1)
    • ►  agosto (1)
    • ►  septiembre (2)
    • ►  octubre (3)
    • ►  noviembre (6)
    • ►  diciembre (1)
  • ►  2015 (19)
    • ►  enero (2)
    • ►  febrero (1)
    • ►  marzo (2)
    • ►  abril (2)
    • ►  mayo (1)
    • ►  junio (3)
    • ►  julio (4)
    • ►  septiembre (2)
    • ►  octubre (1)
    • ►  noviembre (1)
  • ►  2016 (12)
    • ►  febrero (2)
    • ►  marzo (1)
    • ►  abril (2)
    • ►  junio (1)
    • ►  septiembre (2)
    • ►  octubre (1)
    • ►  noviembre (2)
    • ►  diciembre (1)
  • ►  2017 (14)
    • ►  enero (2)
    • ►  febrero (1)
    • ►  marzo (2)
    • ►  mayo (1)
    • ►  julio (2)
    • ►  septiembre (2)
    • ►  octubre (1)
    • ►  noviembre (1)
    • ►  diciembre (2)
  • ►  2018 (6)
    • ►  enero (1)
    • ►  febrero (1)
    • ►  marzo (1)
    • ►  abril (1)
    • ►  mayo (1)
    • ►  octubre (1)
  • ►  2019 (3)
    • ►  diciembre (3)
  • ►  2020 (9)
    • ►  marzo (2)
    • ►  abril (2)
    • ►  julio (1)
    • ►  agosto (1)
    • ►  noviembre (1)
    • ►  diciembre (2)
  • ►  2021 (4)
    • ►  febrero (2)
    • ►  junio (1)
    • ►  julio (1)
  • ►  2022 (4)
    • ►  febrero (1)
    • ►  mayo (1)
    • ►  julio (1)
    • ►  octubre (1)
  • ▼  2023 (11)
    • ▼  enero (2)
      • Las órdenes que ahorita llegan desde arriba
      • Hacia el Janaq Pacha
    • ►  febrero (1)
    • ►  marzo (1)
    • ►  junio (3)
    • ►  agosto (1)
    • ►  septiembre (1)
    • ►  noviembre (1)
    • ►  diciembre (1)
  • ►  2024 (1)
    • ►  abril (1)

Etiquetas

Balzac (3) Bioy (1) Bryce (1) Cabrera Infante (1) Christie (1) Clemente Palma (1) Conrad (1) Dostoievski (1) Flaubert (2) Gogol (2) Hemingway (2) Joyce (1) Nabokov (1) Pamuk (1) Poe (1) Ribeyro (1) Salazar Bondy (1) Salinger (1) Sartre (1) Stendhal (2) Tolstoi (3) exposición (1) libros (3) música (9) rocas (38) ópera (4)

Visitas al blog

Los derechos de todos los contenidos presentados en este blog pertenencen a Pablo Ignacio Chacón. Con tecnología de Blogger.
Reservados todos los derechos © 2014-2024 a Pablo Ignacio Chacón

Blogger Templates Created By ThemeXpose - Designsrock