Temprano. Huyo del sol, me escondo en el café. Pienso en los pendientes, en mi buen ánimo inesperado. Lo urgente: corregir unos textos para la agencia de publicidad. Calculo que no me tomará más de una hora. Luego, increíblemente, libre. Quiero dedicarme a revisar un cuentito que debería cerrar antes de fin de mes. Hacer lo que, en un mundo perfecto, sería mi único trabajo. Llego y siguen las buenas noticias: mi sillón favorito está libre y disponible. Ordeno mi bebida, me instalo, tecleo rápido, reviso, envío el correo, suspiro, alivio, casi casi la felicidad. Abro mis carpetas, busco el texto de marras que tiene un inicio lamentable y que quiero salvar porque la anécdota que contiene me parece divertida. Sí, ya sé: el tiempo libre es para vivir, pero, cuando no se puede —hace semanas no se puede— hay que, por lo menos, escribir.
Garabateo, borro, garabateo, borro. Nada. No encuentro el camino. Me quedo en blanco. Soy un aparato descompuesto. Fuerzo la máquina, a la mala, lo que salga. Y me sale, pero acartonado y hueco y huachafo. Como si la sangre se me hubiera evaporado en el camino por el sol. Pero tengo un comodín, un salvavidas en el vaso de cartón que tengo al frente. Bebo. Aún muy caliente para mí, pero soportable. El sorbo es intencionadamente largo. Listo. Ahora, a esperar la magia. La cafeína no tarda conmigo más de cinco, seis minutos y tengo horas libres por delante. Es seguro que algo bueno pasará. Asocio esa idea con otra. Una que no tiene nada que ver con mi texto, sino con algo que resuena y me divierte recordar.
El que flota sobre el río
Aunque el aire frío del local está tomado por el chill out mediocre de siempre, se me zampa en la memoria, clarito, el inicio de un tercer acto. Ese del mondo ladro, rubaldo, reo mondo, que recita Falstaff, subrayado por trompas y trombones. Nada que ver con la música alocada y festiva de los actos precedentes. A esa altura del drama, todo ha cambiado para el personaje sinvergüenza, que aparece en el escenario tiritando, chorreando agua por ambos hemisferios. Viene de flotar, aterrorizado y panza arriba, sobre el Támesis. El burlador supremo ha sido humillado por las alegres comadres: las chicas lo hicieron creerse bello y galán solo para convencerlo de esconderse en la canasta de la ropa sucia, donde estaban los calzoncillos y las enaguas apestosas de los Ford, solo para arrojarlo al río después de un concertato inolvidable. Empapado, Sir John pasa a la taberna y despotrica a voz en cuello de su enemigo recién descubierto: el mundo entero. Por tercera vez en lo que va de la ópera, canta eso de va, vechio John, pero, a diferencia de antes, la melodía está en tono menor, el aire de marcha es fúnebre y el final del camino que sus versos describen ya no va del triunfo del fuckdaddy que él se alucinaba, sino de la vergüenza y de la muerte. Hasta ese momento, la última ópera de Verdi había sido un encadenamiento de melodías superpuestas y sin pausa. Ya no. Esto es el desengaño. Cada melodía que quiere levantarse, se corta y se derrumbe, como haría 15 años después, ya sin bromas, el buen Gustav (fan culposo del parmesano) en su novena sinfonía. Falstaff rememora la malicia de sus bullys, las risas que escuchó venir de la ventana y toda la gordofobia isabelina que ha llovido sobre él. Sin esperanza, ruega al tabernero que lo alivie con la única medicina que conoce. A pesar de que le debe un huevo de plata, el tabernero accede. Pero Sir John pide algo distinto a lo que siempre pide: que esté tibio el vino, para dejar de tiritar. Tan canchero y tan experto había sido que, escucharlo así de pronto, desanima. Aunque no suena en los parlantes, lo tengo clarito en la cabeza. Me toca. Me toca hoy como nunca ese sir John. Pero sir John no es como yo. Él es resiliente, astuto, amoral, sus reglas son distintas (guardabosques de Diana, caballero de la sombra, favorito de la luna) y por eso mismo indestructible. El vicio es en él virtud. Eso queda claro en el momento en que el posadero le trae el trago demandado. Debe ser muy barato, de la calidad peor, pero es vino, huele a vino y eso es todo lo que el pillo requiere para reconciliarse con la vida. Entonces llega el gran momento: empina el codo, sorbe, goza. Papá Verdi torna verosímil el prodigio. Hay trinos en crescendo, la melodía se esfuma y todo es politonal, hipercromático, moderno. No hace falta verlo: la música se explica sola y hasta el do mayor en el que estalla (Trilla ogni fibra in cor! ) es el único acorde que la física podría permitirle a semejante circunstancia. Y eso es lo que tengo ahorita en mente: replicar el efecto, aunque yo no esté en el Boar's Head Inn sino en un cafecito del Perú con un vaso lleno de agua sucia disfrazada como blend. Bebo, bebo otro sorbo con la fe del gordo supremo (Buono, ber del vino dolce...) y dejo el vaso en la mesita. Aguardo el efecto. Los dedos se tensan y esperan las órdenes que ahorita llegan desde arriba. Acomodo varias veces el teclado sobre las piernas y le advierto que se prepare, porque en un ratito empezará lo bueno.
Y empieza lo bueno
Pero no en el cerebro ni en las manos, sino abajo. Retortijones. Grandes retortijones en la barriga. Y, luego, una ansiedad sin foco, lamentosa. Todo cambia, sí, pero para mal. Pienso: tengo pocos días para terminar de corregir mi cuentario y, ahora que dispongo del tiempo para hacerlo, cuando estoy en el sillón correcto, arropado por ráfagas de aire helado y una bebida olorosa y todavía tibia en la mesita, ni siquiera entonces, yo, el que siempre aspira y busca los momentos perfectos y adecuados para hacer las cosas, soy capaz de hilar decentemente un par de ideas.
Y se me pasa la mañana. En blanco, hueveando, con malestar estomacal y una desazón culposa que me hunde todavía más, que me exige explicaciones que no tengo por mi inconsistencia neuroquímica. En la espera, me descubro rebuscando memes en la web, reels de bromas en el Insta y las arcadas que me causa nuestra prensa alcahueta y cobarde, culpable en gran medida de la penuria nacional. ¿Será eso? ¿que, en el fondo, el mood de la crisis me sigue interpelando? ¿que me siento tan culpable porque hay, hermanos, muchísimo que hacer y yo, en vez de hacer algo útil en la hora oscura de la patria me escondo en un café para desperdiciar mi tiempo? ¿será la mala noche? ¿o la depre rutinaria que me muerde cada enero por las metas incumplidas? Quiero espabilarme y no puedo. Cada cinco minutos reintento, vuelvo al procesador de texto, trato de arreglar la historia esa, pero mi corazón y mi cabeza me han dejado ahí tirado y se han ido a no sé donde. Los párrafos me salen zombis, primariosos y sin gracia. Es que no hay ganas de nada, ni siquiera de tenerlas. Peor todavía: a diferencia de Falstaff, yo no puedo culpar a nadie, porque nadie me ha empujado. Siempre encuentro el modo de tirarme al Támesis solito.
PS
Al filo de la una, sucede. No sé qué resortes se activan ni cómo, pero por fin las manos toman el control. En una hora rescribo por completo la primera mitad del cuento. Queda. E il trillo invade el mondo.
PIC
Enero 2023