"Aquí dentro no hay nanorrobots", me asegura la enfermera cuando se apresta a inocularme. Le creo: si estuviera mintiendo ya habría intentado venderme un paquete de megas o un plan de datos. Se limita a advertirme que podría tener fiebre, cefalea, frío intenso y esas cosas que la vacuna produce en los espíritus sensibles. Como además de eso soy obediente, enrumbo a casa para descansar. En el camino, me entran tres llamadas y me siento como me he sentido toda la vida: estafado. Para colmo, los interlocutores —números equivocados, obviamente— me hablan en vietnamita. Una prueba de que los nanorrobots que ahora corretean como combis por mis venas ni siquiera son Claro o Movistar. Pero no pienso reclamar: justo estaba por cambiar de celu y no pierdo nada probando. Además, a caballo regalado...
Pero a las once de la mañana, entre las docenas de conversaciones telefónicas que mi tuneado cuerpo escucha, capturo una de la vieja insoportable del 2C. Dice que tiene un problema con la señal del cable y que, desde hace un par de horas, el audio de la serie de mafiosos que ve en Netflix, se mezcla con el de Radiomar y Nueva Q. Cuando, media hora después, vienen del servicio técnico para atenderla, opto por salir de casa, para que nadie sospeche de mí. A lo mejor mis poderes hacen feliz a alguien. Iré al parque. Seguro ahí alguien necesite wifi.
[MICRORRELATO]
Aún era temprano cuando los niños regresaron a la carpa. Ya no pude dormir más.
[RELATO]
- Alqu era marrón y plomo. Tenía
un ojo chueco. Me hacía reír. Ladraba poco. Cada vez que yo llegaba del
colegio, él brincaba como loco. No lo sacaba a pasear todas las tardes, pero,
cuando salíamos, éramos inagotables: La pelota, el palito, rodarme por el suelo,
hacerme el muerto y turnarnos para perseguirnos. Y cuando me cansaba, lo
soltaba en la berma central de la avenida para que corriera a su gusto. Mamá
decía: No es prudente, pasan carros, ten cuidado. No te preocupes, le
respondía, Alqu sabe bien en dónde acaban los jardines y en donde empieza el
peligro. Así que no fue culpa de mamá, ni de Alqu, ni del Toyota rojo.
[RELATO]
Gritando entraban y se me lanzaban al sillón, como si yo fuera una piscina. Y así, medio asfixiada, los trataba de besar y, de puros nervios, me esquivaban, se reían, qué grande estás, crecen rapidísimo, ¿no Irma?, sí mamá; éste ha sacado tu sonrisa, éste tiene la barbilla de su abuelo y, ahí no más, ya no aguantaba y les hacía cosquillas para que se bajen. Y se escurrían, carcajéandose y se iban correteando al jardincito. Yo pensaba en el croto (que ya no le saquen hojas), en las begonias (que no me las vuelvan a pisotear) y en el ciprés enano (que me arrancaron una vez, ¿te conté ésa?: ¡creyeron que era la punta de un árbol de navidad enterrado!). Y también pensaba en que era mejor que se quedaran allá afuera porque, si no, regresarían a la sala a meterse con mis cosas. Me han quebrado una lámpara, platitos de postre, vasos (hasta los de plástico), la tetera china, el plafón del comedor y un día, casi casi, me vuelcan la urna de Daniel. Terribles. Todo rompen.
Y mi hija: no te preocupes mamá, yo te lo pago.
Y el muerto de hambre de su marido: no se preocupe, yo se lo arreglo, suegrita.
Y yo: tienen que aprender, están muy enrgreídos, hay que enseñarles a ser cuidadosos.
Y ella (suspirando): Rafito, Leoncio, Manolo, vengan para acá, discúlpense con la abuelita.
Y venían, caralargas ("perdón abu"), fingidos, ("no lo vuelvo a hacer"), penitentes ("me voy a portar bien"), para que el trámite se abrevie y la vieja de mierda los suelte rapidito. Y, allí no más, volvían al jardincito, caminando despacio (los bandidos), haciéndose los angelitos (los jijunas), susurrando y, al ratito, ya estaban otra vez berreando y persiguiéndose y ¡chan!, la maceta; y ¡chan!, rayando el muro; y ¡chan!, pegándose o metiéndose cabe o haciéndose llorar, uno acusando, el otro desmintiendo, el otro azuzando, tú empezaste, mentiroso, yo te vi, ya vas a ver, ¡ya no peleen!, sí papá, a gritos todo. Y yo — para adentro—: sonríe, nomás, lo estás haciendo bien, máximo una hora y se largan.
Nos detenemos. Salgo. Voy a hacer mis cosas. Le chocan la calma y el silencio, incomprensibles después de lo que le ha pasado. Poco a poco pierde brillo, se enfría, se escurre, se deseca y, en el trámite, se agrieta, aunque, por ser su primera vez, no se le nota tanto. No comprende mi partida repentina, que no la haya llevado conmigo. Por eso se atosiga de preguntas. Que quién soy realmente, cómo es el resto de mi día, de qué va eso de usar ropa y no vivir mojado. Consigue informantes: los ácaros que me ha quitado, las costras, los vellos, las múltiples partículas de mugre que han sobrevivido sobre ella. No sabe que tendría que ir más profundo, más adentro, para enterarse de verdad. Que soy más que superficie, que la cáscara es mi lado menos lamentable. El falso, el comercial, el de que solo los tontos podrían fiarse.
«pensaba que en otro país, en otro continente, en las antípodas, en suma, había un ser exactamente igual a mí, que cumplía mis actos, tenía mis defectos, mis pasiones, mis sueños, mis manías, y esta idea me entretenía al mismo tiempo que me irritaba.»
Recuerdo —ignorante y prejuicioso— que me sorprendió que el autor fuese peruano. Tenía 12 años (1989, o sea: aprocalipsis, bombazos y todo eso) y desde mi limitada visión de escapista clasemediero todo lo bueno tenía que venir de afuera: el anime, los taquillazos gringos o los libros de autores recontramuertos (Papi Verne, Papi Dumas) que leíamos en casa. Pero Ribeyro aún vivía y empezaba su tardío, pero justo, camino a la abrumadora popularidad de la que goza hasta hoy. Por la forma en que le brillaban los ojos al leerlo, supongo que la profe Mazuelos era una de sus nuevas fans.
«En una ocasión, estuve siguiendo durante una hora, presa de una angustia feroz, a un sujeto de mi estatura y mi manera de caminar. Lo que me desesperaba era la obstinación con que se negaba a volver el semblante. Al fin, no pude más y le pasé la voz. Al volverse me enseñó una fisionomía pálída, inofensiva, salpicada de pecas que, ¿por qué no decirlo?, me devolvió la tranquilidad.»
Cuando, fascinado (como buena parte de la clase) ya estaba adivinando en qué terminaría esa trama de caprichos, amores misteriosos y coincidencias improbables, apareció la segunda sorpresa: el autor no contaba el final. Lo sugería, dejaba que tú completaras su cuento y permitía que pusieras las palabras que faltaban. Creo que fue la primera vez en que entendí cómo una historia que ya de por sí es buena (por su respeto al personaje, su coherencia, su "construcción") se potencia cuando el escritor deja que su lector se sienta, no solo cómplice de él, sino, casi casi, coautor.
Gracias a esa audición, quise leer el cuento por mí mismo y todo lo que pudiera de él. Justo ese año (eso lo sabría después) se publicó la primera antología popular de sus textos (la de Milla Batres) que fue la misma que la profesora leyó y que, por fortuna, mi abuelo —cuya biblioteca no se dejaba saquear tan fácilmente— accedió a prestarme. Fue entonces cuando Ribeyro se convirtió, no solo en la puerta hacia la literatura de mi tierra, sino también en el primer autor al que puse en mis cambiantes listas de escritores favoritos. La experiencia de leerlo, además, derrumbó mis primeros prejuicios lectores.
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Autor

Pablo Ignacio Chacón
Soy autor de "Los perseguidores" (cuentos) y "Juanito Trapelas" (microrrelatos). En 2017 gané el Concurso de Microrrelatos de la Casa de la Literatura Peruana. Fui finalista en el Concurso Internacional de Cuento Juan Rulfo (2011), el Concurso Bonaventuriano de Cuento de (2015) y dos veces en la Bienal de Cuento Premio Copé (2000 y 2022).
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