Faltan dieciocho minutos.... trece... cuatro... Ya. Oficialmente es media mañana y no se verá tan mal que abandones tu sitio un rato. No usarás los ascensores: Vas a bajar los ocho pisos por las escaleras, para que el proceso de salir de la burbuja de aire acondicionado que te protege y te da de comer, sea gradual y poco traumático. Afuera hace calor. Cruzarás la calle hacia el parque, le comprarás a la señora del kiosco un paquete de galletas integrales y, mientras te las comes, caminarás alrededor del monumento, pisando las hojas crujientes que han caído de los árboles que te cubren del solazo, mientras espantas a las palomas que picotean tus huellas para robarse las migajas que se te caen de la boca. Mirarás tu reloj y te darás cuenta de que ya han pasado casi diez minutos, que te estás demorando demasiado, de que tienes que volver al edificio para seguir trabajando y, sobre todo, aparentar que lo haces. Y subirás por el ascensor, y te sentarás de nuevo en frente de tu computadora y mirarás el reloj cada cinco minutos para saber cuánto tiempo falta para que sean las doce y treinta y puedas bajar de nuevo para ir a uno de los localcitos de Chinchón para escoger tu entrada y tu segundo y comer, rápido, no más, no vaya a ser que se te pase la hora, y pagar y salir y dar una vuelta al parque para los eructos y volver a subir los ocho pisos para sentarte en frente de tu máquina y empezar a mirar tu reloj cada dos por tres hasta que sean las cuatro para decirles a todos que vas por un café o un chocolate (o solo a dar otra vuelta por el parque), rápido, no más, y subir y sentarte de nuevo y mirar el reloj para saber cuánto falta para las seis. Y cuando sean las seis te darás cuenta de que aún no puedes irte porque lo que tenías que terminar hoy (que no has terminado por tus galletas y tus menúes y tu chocolate y tu maldita incapacidad para organizarte) aún no está terminado y te harás preguntas impertinentes sobre tu vida y tus años y tus proyectos personales que te harán perder aún más tiempo y luego de eficientísimas dos horas más, cerrados por fin todos los pendientes, bajarás (esta vez sí por el ascensor, pues ya no jalas) y te apurarás para ver si encuentras rápidamente un carro no demasiado lleno que te pueda llevar sin demasiados empujones y apretones hasta tu casa durante hora y media, más o menos, para llegar, tirar tus llaves sobre la mesa, lavarte las manos, tomar un vaso de agua, abrir una lata de atún, masticar rápido y lavarte los dientes y arrojarte a tu cama eructando con la idea de leer algo y quedarte dormido sobre el libro que llevas tres meses sin avanzar y despertarte seis horas después para bañarte vestirte desayunar lavarte caminar paradero bus pagar sudar viajar sudar llegar sudar firmar sudar sentarte, prender tu computadora y continuarlo todo donde lo dejaste ayer mientras te dejas arrullar por la burbuja de aire acondicionado que te atonta y te enlentece pero te salva del verano y del hambre, antes de empezar a mirar el reloj para saber cuántos minutos faltan para lo del parque y las galletitas.
Aunque de tramas muy distintas, hay una sorprendente coherencia entre los relatos que componen La Horda Primitiva. Todos los textos son de corte realista. Sus personajes viven en un contexto urbano o proceden de uno. Su "lucha" principal suele enfocarse en las presiones del entorno. Y la tentación de dejar de luchar y resignarse, atormenta a sus personajes, como si fuera la única salida a sus problemas.


| Las mujeres que se salen de lo "socialmente esperado" y que deben soportar "las miradas clavadas en su espalda" (como le pasa a la protagonista del cuento "Dime sí") son recurrentes en esta colección de relatos. |
—¿Cuál fue su descubrimiento literario del año?
La pregunta de Javier no se refería a ninguna novedad editorial sino a aquel libro o autor del que no tenías ninguna referencia previa y que, casi por casualidad, empezaste a leer y no te defraudó. Yasser mencionó "Antes que anochezca" , de Reynaldo Arenas. Johan mencionó a un cronista (de cuyo nombre no me acuerdo en este momento). Y el mismo Javier habló de Chinua Achebe con el estusiasmo de un poseso. Yo me sentí avergonzado porque mis escasas lecturas del último año habían sido menos arriesgadas. O bien me había ido "por lo seguro" (Tolstoi, Carver o Bellatín) o guiado por recomendaciones (Richard Parra, García Falcón). Y entonces recordé que sí que tuve un "descubrimiento" deslumbrante en el 2017... solo que éste no tenía nada que ver con la literatura de ficción...
El autor que mencioné era Oliver Sacks. Yo no sabía nada de él hasta que leí en la prensa de 2015 unos artículos en los que este neurólogo británico contaba cómo se estaba preparando para morir (pues sabía que le quedaban pocos meses de vida). Me quedé tan impactado por la lucidez y fría emoción de esos textos, que exploré su biografía, llena de elementos novelescos, y descubrí que era un famoso escritor de best sellers de divulgación científica. Curioso, me bajé una copia pirata de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, uno de sus libros más celebrados, en el que cada capítulo está enfocado en el caso de un paciente distinto y en la relación profesional que el médico establece con cada uno. El archivo se quedó escondido en mi tablet hasta que, por casualidad, lo reencontré el año pasado.
Me salen otros gallos y vuelvo a pensar que no soy el mismo de antes. Terco, cambio la forma en que respiro e intento impostar la voz. Pero suelto otro cacareo y decido callarme un rato para evitar la afonía. Miro a mi alrededor y no veo a mis amigos. A mi lado está, más bien, un hombre sesentón que camina silencioso con una cartulina que dice algo sobre la justicia. Al frente, un grupo de chicas que dan saltos sobre la pista con una pancarta en la que el presidente aparece con cuerpo de ratón. Y, a dos personas a mi derecha, hay un tipo sudoroso con un megáfono averiado. Grita inútilmente una frase por el auricular. Se me ocurre que debería decirle que el aparato no funciona pero, se le ve tan contento declamando que no me atrevo a importunarlo... Miro detrás de mí. Busco las cabezas de Javier o de Manuel y los veo a diez metros, delante de unas banderas. Me detengo para esperarlos. La multitud avanza. Cada minuto que pasa, una voz distinta propone una frase y el resto de personas que está cerca, repite, siete u ocho veces, sus palabras, hasta que el estruendo empieza a extinguirse y otro entusiasta, cualquiera, toma la posta. En una de esas, siento que es mi turno. Curvo mis manos sobre la boca, y suelto, con todas mis fuerzas, el estribillo poco elegante pero rimador, que el tipo sudoroso estaba gritando. Esta vez no me salen gallos.
Pe Pe Ká decía
que no lo indultaría.
Mentira, mentira.
La misma porquería.
Varios me imitan. Felizmente lo hacen, porque tropiezo con uno de los baches de la Avenida Grau y tengo que dejar los lemas políticos para concentrarme en no caerme. Mi garganta no es la misma, está claro. Pero mi torpeza es la de siempre. Y eso me reanima. Me rejuvenece.
Comparaciones
Torpe fui en la primera manifestación política en la que participé, hace 22 años. Me acuerdo de que, luego de un plantón frente al Congreso, crucé la avenida Abancay con mis compañeros de la universidad, de manera tan descuidada, que un Volkswagen que avanzaba lentamente, me embistió. Aunque estuve vendado y medio cojo por varios días, solo una semana después ya estaba marchando de nuevo, en una movilización mucho más grande, en la que grité varias de las palabras que estoy escuchado en esta noche de diciembre: Dignidad, pueblo, carajo... Otras similitudes me sorprenden: El apellido que más resuena en esta multitud, es el mismo que gritábamos en esos años, aunque en aquel tiempo nos cuidábamos mucho de los adjetivos que lo acompañaban, para evitar que la policía tuviera la excusa que buscaba para apalearnos. Incluso el asunto que nos congrega en esta noche no es más que una variación de lo mismo que nos hizo salir a la calles en junio de 1995. Entonces fue la liberación de un grupo de esbirros del fujimorato. Hoy, la del viejo exdictador. En ambos casos, la excusa oficial fue una palabrita prostituida por los políticos peruanos: reconciliación. Como si la concordia pudiera imponerse por decreto.
El escenario
Las locaciones son casi las mismas. El decorado, también: Rejas portátiles en las plazas, el brillo de los cascos y escudos de los guardias que nos escoltan, banderas peruanas, los sikuris de San Marcos, los desangelados cartelones de la Católica, los bombos, los muñecones con las caras de los políticos rechazados, los tipos que llevan letreros con los nombres de las víctimas (aunque ahora se han agregado sus fotos gigantes), sus parientes (22 años, más viejos pero igual de incansables), los grupitos compactos y los dispersos, las cartulinas de los apartidistas pintadas con tiza o con plumón, las manos que se mecen en el aire (abiertas o en puño) y la mirada serena del Libertador en la Plaza en la que casi siempre empieza todo.
Por supuesto, hay también cosas distintas. En el 95, uno de los inofensivos drones de los que hoy sobrevuelan nuestras cabezas, hubiera propiciado el pánico. Y el brillo de los celulares en cada mano, el asombro. Hoy abundan las camisetas de Paolo Guerrero, los vendedores de vinchas con lemas que denuncian la traición del presidente y que están impresos en diferentes colores (para calzar con el credo político de cada quien), los negocios están abiertos en todas las calles (algo impensable antes, porque todas las tiendas cerraban por miedo a las bombas lacrimógenas o el vandalismo) y el clima general, que no tiene nada de la tensión que nos acompañaba en los noventa. A ratos, más que una protesta, parece un paseo. En el 95 hubiera sido surrealista encontrarte en plena marcha con tu ex (como me acaba de ocurrir en el cruce de Wilson con 28 de Julio), con tu primer jefe (junto al Sheraton), o con un amigo del colegio que no ves hace muchísimos años (en frente del Palacio de Justicia). Sé, por lo que veo en mi móvil, que Walter (centro izquierda, amigo de la universidad) anda con un grupo más adelante y que Jorge (liberal, como yo, y ppkausa decepcionado), me estuvo esperando frente al Teatro Colón pero que decidió empezar a marchar por mi demora. Yo estoy caminando junto a los compañeros de un grupo literario: A Manuel (habitualmente apolítico) me lo encontré en la estación Canaval y Moreyra, viniendo para acá; Javier (socialista), que se nos unió con sus amigos en la Plaza San Martín. Sabemos que Cayre (de ideología indescifrable) anda con una gente de la Católica y Malena está marchando en primer fila. Johan, que no está en Lima, ha mandado sus fotos de una marcha equivalente que hay en Arequipa. No había forma, en el 95, de que te sintieras tan acompañado en una manifestación de protesta. Me siento casi seguro. ¿Cómo es posible? ¿Es que nos hemos ablandado? ¿Donde quedó esa tensión que volvió épicas nuestras pechadas con el poder? Antes había mucho miedo. Todos te disuadían de levantar una pancarta. No podías contarle a tus padres que estabas en estas movidas. Y te demorabas horas en convencer a uno de tus amigos para que te acompañe. Decir "No", decir "Justicia" en voz alta, decir "Ni olvido ni perdón", equivalía a ser fichado, a que tus conocidos se alejen de ti, a que alguien te denuncie. Si sabían que estabas en contra de las políticas del Chino, te decían prosenderista, terruco, rojo o cualquiera de esas cosas. Y cuando les contestabas que nada que ver, que tú eras liberal, se reían en tu cara, porque en ese tiempo el libre mercado era agua y los derechos humanos, aceite.
Historia de un pancarta
Ocurrió tras las elecciones de 1995. Fujimori había logrado una aplastante reelección y, en la resaca de su triunfo, su congreso constituyente aprobó -de madrugada, para que no aparezca en los diarios del día siguiente-, una Ley de Amnistía con la que dejaba en libertad a los integrantes del Grupo Colina, un escuadrón paramilitar que secuestró y asesinó a un grupo de estudiantes universitarios (Caso La Cantuta) y de provocar un baño de sangre en una pollada (Caso Barrios Altos). La ley, hecha en nombre de la manida "Reconciliación Nacional" generó una corriente de opinión (modesta y minoritaria, pues de esos temas se hablaba poco) contra una vulgar liberación de asesinos confesos y propició declaraciones de grupos de derechos humanos que exigían su derogación. Como yo andaba metido en el Centro Federado de la facultad, estuve al tanto de los contactos que se hicieron con otras universidades para que los estudiantes hicieran un pronunciamiento y me vi involucrado en la organización. Pedimos el consejo de algunos notables (un artista plástico, una congresista opositora recién elegida, alguna periodista, grupos de derechos humanos) y preparamos una manifestación sin participación de los políticos, pues la idea era desmarcarnos de ellos y enfocar el asunto como algo que le tocaba a la gente de la calle, algo de sentido común y de justicia.
La noche previa a la marcha principal, unos compañeros y yo quisimos hacer una pancarta. Conseguimos un buen pedazo de tela cuadrada blanca y la colocamos sobre el piso del patio de la Facultad de Letras para poder pintar sobre ella un mensaje con la pintura que nos habían regalado. No recuerdo qué escribimos, pero sí que denunciaba la injusticia de la ley de amnistía. Nos quedó bien. Pero cuando levantamos la tela para verla erguida, nos dimos cuenta de que parte de la pintura la había traspasado y se había quedado impregnada en el piso, como un mensaje poco legible pero —oh sacrilegio— rojo. Uno de los vigilantes de la universidad pasaba en ese momento por ahí. Vio la escena, retrocedió y gritó por su walkie talkie:
— Patio de Letras. Pintas subversivas en el patio de letras. Manden gente.
Los refuerzos llegaron pronto. Nos estaban tomando por simpatizantes senderistas. Nos costó varios minutos, horribles, convencerlos de que lo que había pasado tenía una explicación física y para nada política.
— Patio de Letras. Pintas subversivas en el patio de letras. Manden gente.
Los refuerzos llegaron pronto. Nos estaban tomando por simpatizantes senderistas. Nos costó varios minutos, horribles, convencerlos de que lo que había pasado tenía una explicación física y para nada política.
Y es que casi cualquier cosa en esa época era "sospechosa", incluso si eras un estudiante de clase media de una universidad privada. Por eso, en los días previos, algunos del grupo de organizadores (entre los que recuerdo a Alejandra Alayza y a Alberto Castro) habíamos conversado con algunas de las autoridades de la institución para explicarles que no apoyábamos a ningún partido y que, como estudiantes, solo queríamos pedir que se derogue una ley terrible aprobada al caballazo. Unos patas de la facultad de derecho gestionaron el apoyo de varios egresados para que defendieran a cualquier posible arrestado en la movilización. Y, con nuestros compañeros de Ciencias, organizamos un piquete de seguridad que incluía a los más grandulones de la universidad, para que nos mantuvieran a salvo de los saboteadores. Pero contra los rumores que desalentaban a los posibles participantes, no podíamos hacer mucho. Se decía que el permiso que nos había dado la prefectura iba a ser revocado. Que agentes del Servicio de Inteligencia nos habían infiltrado. Que detonarían una bomba en la universidad para sabotear la movilización (de hecho, un petardo fue reventado en esas fechas). Alberto me habló de una camioneta que lo seguía en las noches. Y yo empecé a ver carros acosadores en todas partes. Había miedo. Mucho. Dimos entrevistas en la radio e hicimos una micro conferencia de prensa en las gradas del Palacio de Justicia, entre la desconfianza y la burla de amistades y allegados. Evidentemente descuidé mis estudios en esas semanas, pero tenía la idea —ingenua, absurda— de que hacer esto era más importante. Así llegó el viernes 23 de junio. A medio día era la pre-concentración en el tontódromo de la Católica. Fue deprimente estar ahí: no más de veinte participantes. Entonces, a alguien se le ocurrió la idea de caminar por todo el Fundo Pando, golpeateando suavemente el bombo que había llevado un barrista de Universitario de Deportes. Durante ese pregón, nadie mostró ninguna pancarta, como si fuéramos una procesión fúnebre o religiosa, sin decir ni una palabra. Pasamos en frente de las cafeterías, por la puerta de las facultades, por los estacionamientos y, cuando media hora después, salimos del Campus para encontrarnos con nuestros compañeros de San Marcos, ya éramos un manchón. Mi pancarta blanca encontró portadores entusiastas y a mi me tocó ser del grupito que se turnaba el megáfono para elaborar las consignas.
Tuvimos que autocensurarnos un poco, evitando frases agresivas o mencionar explícitamente al dictador, usando más bien palabras como justicia y paz. No queríamos darle excusas al rochabús que nos seguía (bien pegadito a la retaguardia del grupo) para que se desquite con nosotros. Nuestro destino era la Plaza Francia, en donde hora y media después nos encontramos con los familiares de los estudiantes asesinados y algunas organizaciones de derechos humanos para los discursos de rigor. Aunque era improbable que nuestra movilización cambiara las cosas, confieso que yo creí que algo lograríamos. Quizá algún congresista de la mayoría entendía el punto. Quizá convenceríamos a la prensa para tocar más el tema. Quizá la gente que nos veía pasar, con indiferencia o desprecio por las calles, se quedaba pensando en lo que estábamos pidiendo. Pero la realidad es que defendíamos una causa poco popular ("si los han matado debe ser porque eran terrucos"), no había ninguna cobertura de prensa sobre nuestra movilización (pues la mitad de los medios ya se había vendido a los fajos de Montesinos y, los demás, no querían indisponerse con el recién reelegido gobernante) y a nadie, salvo a nuestros parientes, le hubiera importado que nos pasara algo. La prueba de ello eran las lágrimas que ese día nos contagiaron los hermanos y los padres de los estudiantes asesinados, cuando nos contaron todo lo que estaban pasando (hostigamiento, amenazas) por reclamar un mínimo de justicia. La arenga preferida a partir de ese momento, fue un clásico de las marchas de protesta: La sangre derramada / jamás será olvidada.
Tuvimos que autocensurarnos un poco, evitando frases agresivas o mencionar explícitamente al dictador, usando más bien palabras como justicia y paz. No queríamos darle excusas al rochabús que nos seguía (bien pegadito a la retaguardia del grupo) para que se desquite con nosotros. Nuestro destino era la Plaza Francia, en donde hora y media después nos encontramos con los familiares de los estudiantes asesinados y algunas organizaciones de derechos humanos para los discursos de rigor. Aunque era improbable que nuestra movilización cambiara las cosas, confieso que yo creí que algo lograríamos. Quizá algún congresista de la mayoría entendía el punto. Quizá convenceríamos a la prensa para tocar más el tema. Quizá la gente que nos veía pasar, con indiferencia o desprecio por las calles, se quedaba pensando en lo que estábamos pidiendo. Pero la realidad es que defendíamos una causa poco popular ("si los han matado debe ser porque eran terrucos"), no había ninguna cobertura de prensa sobre nuestra movilización (pues la mitad de los medios ya se había vendido a los fajos de Montesinos y, los demás, no querían indisponerse con el recién reelegido gobernante) y a nadie, salvo a nuestros parientes, le hubiera importado que nos pasara algo. La prueba de ello eran las lágrimas que ese día nos contagiaron los hermanos y los padres de los estudiantes asesinados, cuando nos contaron todo lo que estaban pasando (hostigamiento, amenazas) por reclamar un mínimo de justicia. La arenga preferida a partir de ese momento, fue un clásico de las marchas de protesta: La sangre derramada / jamás será olvidada.
Luego marchamos hacia el Congreso, entre el temor (Somos estudiantes / No somos terroristas) y la euforia (Pueblo, escucha / y únete a la lucha). Avanzamos por Camaná a Colmena y, rodeando la Plaza San Martín —donde se nos unieron grupitos de la Villareal, de la Garcilaso y hasta de la Pacífico— tomamos la Abancay entre abucheos y pocos aplausos de los transeúntes. Nos detuvimos en frente del Ministerio Público para lanzar arengas a la magistrada que, hasta hacía pocos días, estaba procesando a los liberados (Honor y dignidad: / Jueza Saquicuray ) . Y luego, en la plaza Bolívar, pusimos un montón de velas encendidas en el piso en memoria de los muertos. La pancarta blanca se quedó por ahí, notoriamente descosida, junto al monumento al otro Libertador. Pasaron muchas otras cosas en ese día, pero, en resumidas cuentas, puede decirse que la movilización fue pacífica (no hubo ningún incidente con la policía) y emotiva, a pesar de toda la bulla que hicimos. Para muchos de mi generación fue la primera marcha. Desde hacía años, primero por la violencia senderista y luego por la represión del estado, los estudiantes no salían a las calles. Pero lo mucho que nos impactó esa experiencia no se vio reflejado en los medios de comunicación y el resto del país ni se enteró. Eso me frustró y me hizo pisar la tierra. Años después, me consoló la idea de que esas jornadas sirvieron, al menos, como un "ensayo" de las masivas y más difundidas protestas estudiantiles del 97 y el 98. Pero de algún modo el tiempo le dio la razón a los que caminamos en ese día: Seis años después (cuando cayó el régimen) la Ley de Amnistía fue derogada y los criminales volvieron a la cárcel. Hoy ni siquiera los fujimoristas defienden la legalidad de la norma. En el mejor de los casos, es recordada como una torpeza de la dictadura. En el peor, como puro encubrimiento de asesinos. No reconocilió a nadie.
¿Entonces?
En la marcha de hoy no tengo un megáfono ni una pancarta ni soy parte de ningún grupo organizado. Las sensaciones son casi todas las mismas pero hay una que falta: el miedo. Será que estoy más viejo, que soy más conchudo o que, simplemente, se respira más tranquilidad. Está claro que, pese a todo, son tiempos mejores. Algunos dirán que el miedo a marchar se extinguió, precisamente, gracias a la pacificación contrasubversiva del fujimorato. Otros, que el peligro de participar en una marcha se ha diluido porque casi todos los asistentes cuentan hoy con una cámara en su celular y es muy fácil filmar cualquier exceso, abuso o sabotaje. Y otros dirán que, a diferencia de los noventas, no vivimos en una democracia de cartón, sino en una real, a pesar de todos sus defectos. Pero hoy, cuando puedes decir todo lo que quieras en las redes, cuando no necesitas abrir la boca para ser escuchado, cuando unos votos bien contados pueden resolver cualquier discrepancia, es inevitable que te preguntes ¿sirve de algo ir a marchar? ¿Lo haces solo para sentirte bien? ¿Acaso te sientes absurdamente superior a los que se quedaron en casa? ¿Lo haces para que Fujinski te devuelva tu voto? ¿Para que tus amigos comenten las fotos que colgaste en tu cuenta de Instagram con tu pancarta? ¿Para presumir que caminaste de noche por la Plaza Bolognesi? ¿Para poder decirle a tus hijos que no te quedaste de brazos cruzados cuando tu candidato te traicionó? ¿Porque crees que las manifestaciones cambian la historia? ¿Porque te encanta reventar el tráfico de la ciudad? ¿Porque estás lleno de odio-caviar-social-confuso-pichi-caca-pensamiento-gonzalo? ¿Porque eres un demócrata? No estoy seguro. Creo que la marcha en sí no resuelve nada. Pero algo siembra. Hace que se discuta, que se cuestione, que se comente, que se entienda. Pone los problemas en la agenda. Incomoda, pica y, por eso mismo, alienta la discusión. Y, tarde o temprano, empuja a un grupo mayor que el que participa en ella, a resolverlo.
Cuando pienso que la mayoría de esta gente (el sesentón que hizo en casa su pancarta , las chicas que construyeron un pepekarrata de cartón, el tipo del megáfono averiado o cualquiera de los miles que hay aquí), en vez de ir a su casa a ver televisión hoy jueves por la noche, de comer con la familia, salir con los amigos o acostarse temprano para ir a trabajar fresquito al día siguiente, en vez de hacer cualquiera de esas cosas, han ido al centro a gastar sus suelas y gargantas, junto con un montón de extraños de todas las edades, fachas y creencias que, como ellos, llegaron en su bus, su carro o sus dos piernas, como pudieron, a cambio de nada, para ir luego irse a dormir afónicos, cansados, con una rarísima sonrisa en los labios, como si hubieran hecho algo hermoso y trascendente, cuando veo todo eso, decía, entiendo que protestar también sirve para que no te sientas solo. Ni loco.
Cuando pienso que la mayoría de esta gente (el sesentón que hizo en casa su pancarta , las chicas que construyeron un pepekarrata de cartón, el tipo del megáfono averiado o cualquiera de los miles que hay aquí), en vez de ir a su casa a ver televisión hoy jueves por la noche, de comer con la familia, salir con los amigos o acostarse temprano para ir a trabajar fresquito al día siguiente, en vez de hacer cualquiera de esas cosas, han ido al centro a gastar sus suelas y gargantas, junto con un montón de extraños de todas las edades, fachas y creencias que, como ellos, llegaron en su bus, su carro o sus dos piernas, como pudieron, a cambio de nada, para ir luego irse a dormir afónicos, cansados, con una rarísima sonrisa en los labios, como si hubieran hecho algo hermoso y trascendente, cuando veo todo eso, decía, entiendo que protestar también sirve para que no te sientas solo. Ni loco.
Pablo Ignacio Chacón, 2017
[MICRORRELATO]
Mientras las demás consumíamos las tablas del piso y las vigas de madera, ella se empeñaba en hacer túneles entre los libros de la biblioteca. Empezó en los anaqueles inferiores, en donde estaban los clásicos más nutritivos, y llegó, meses después, a la fila superior, donde se quedó a vivir rodeada de best sellers de autoficción y otros textos chatarra. Por eso engordó tanto.
Mientras las demás consumíamos las tablas del piso y las vigas de madera, ella se empeñaba en hacer túneles entre los libros de la biblioteca. Empezó en los anaqueles inferiores, en donde estaban los clásicos más nutritivos, y llegó, meses después, a la fila superior, donde se quedó a vivir rodeada de best sellers de autoficción y otros textos chatarra. Por eso engordó tanto.
Los buenos libros que, previamente, había devorado la volvieron tan sabia y sensata que todas las termitas de la colonia empezamos a peregrinar hasta lo alto del librero para consultarle acerca de nuestros problemas personales y el sentido de la vida. Yo le pregunté por el futuro. “Todo se derrumbará”, me dijo, “porque nos estamos comiendo a nuestro mundo”.
Inspirada por sus palabras, decidí no alimentarme más con madera ni con libros. Ahora soy caníbal. Por eso me comí a la gorda.
Este texto ganó el II Concurso de Microrrelatos Bibliotecuento, de la Casa de la Literatura Peruana (2017). Más información en este enlace (Sí, ya sé que no salgo en las fotos ni en el video de la premiación, pero es que no asistí al evento porque no creí que pudiera ganar... Harta fe me tengo) .
Pablo Ignacio Chacón Blacker
Brotan de todos los barrios y se amontonan en los sitios públicos más amplios e iluminados. No necesitan más que dos colores para identificarse. Se acercan, se sonríen, se abrazan, como si se conocieran, como si lo merecieran, como si por el solo hecho de estar ahí fueran buenos y confiables. Luego improvisan estribillos, los corean con euforia, dan saltos, hacen declaraciones muy serias para sus acompañantes o para las cámaras ocasionales que la prensa ha repartido por todas partes. Comparten una emoción que, a los más jóvenes, les resulta nueva y que regresa a los mayores a una juventud lejana. En muchos casos derraman lágrimas. Pero nadie se avergüenza por ellas. Parece que, contrariamente a lo que toda la vida nos han dicho, llorar hoy está permitido. Y hacerlo en público es una hazaña casi tan grande como la que se celebra. ¿Yo podría hacerlo? Creo que no. Se darían cuenta de que mis motivos son distintos. Me considerarían un traidor.
¿A dónde ir? Un viejo amigo me mandó un mensaje a mí y a los muchachos para emborracharnos en su casa. "Vamos al Centro", me dijo una amiga que vive cerca. Y alguien más me sugirió celebrar la ocasión en un espacio horizontal y discreto. Pero pensé que no estaría mal salir solo. Ir a alguna plaza, a saltar sobre el cemento, a agitar banderas, a aparecer en selfis propios y ajenos. Podría, simplemente, deambular sin dirección y contagiarme de la locura, grabarme las muecas de los miles de rostros que encontraría en mi camino, prestar atención a las palabras solemnes que los padres les dirían a los niños soñolientos... Recogería, en fin, un montón de ideas, imágenes y anécdotas memorables que podría recrear algún día en un cuento o recordar en alguna reunión social para hacer reír a mis amigos. Pero mis piernas se resisten, mi ánimo busca excusas. No es pereza ni arrogancia ni templanza. No puedo salir, simplemente. Aquí, detrás de la puerta que me separa de los que cantan y revientan cohetones y martillean los cláxones de sus vehículos, aquí, lejísimos, es donde estoy verdaderamente a salvo. Y ellos de mí. Nadie se merece un aguafiestas en una jornada como ésta.
Felizmente para mí, no me he quedado solo. La Noche, que habitualmente gobierna el mundo a estas horas, también está descolocada y confundida por lo inusual del alboroto. Aterrada, ha huido de los festejos y ha corrido a esconderse en uno de los pocos reductos de silencio que quedan en esta ciudad enajenada. El único espacio en donde puede ser ella misma y aplastarlo todo: yo.
La he acogido y le he hecho un lugar junto a mis proyectos rotos. Y pienso abrazarla y protegerla hasta que pase el peligro. Hasta que la gente, mañana, recuerde que está hecha de carne y no de sueños. Hasta que vuelvan a ser conscientes de sus penas, su indefensión, sus corazones quebradizos, su ingenuidad monumental y su vulgar mortalidad. Yo les cuidaré esos defectos hasta mañana. Cuando vuelvan a necesitarlos. Cuando se parezcan otra vez a mí.
Si algún día me preguntan cómo viví la clasificación del Perú al Mundial de Rusia, no negaré que vi el partido y que grité los goles y que me alivió el resultado. No contaré, en cambio, que cuando quise salir a celebrar me alcanzó el luto que me perseguía desde ayer. Así que mentiré: Diré que estuve pogueando sobre una camioneta hasta reventarle las llantas, que me quedé afónico cantando el himno trepado en un monumento o que bebí hasta la inconsciencia en frente de una comisaría. Que mi cara sonriente, roja y blanca, salió en los noticieros. Que la caravana de hinchas en la que me enrolé era la más larga que ha visto jamás la capital. O que recorrí media ciudad para abrazar a la única persona a la que realmente quería darle un abrazo en esa noche... Quizá hasta termine creyéndome esa última mentira. Porque, como entendí en la víspera, no me resulta difícil vivir engañado.
El horario era conveniente. La inscripción, gratuita. El expositor, competente. El tema, de mi interés. Sólo tenía una razón para no asistir: No quería entrar en ese edificio. Una especie de fobia, trauma o manía me lo impedía. Como si en vez de una fea mole de concreto, se tratara de una persona que me ha herido o humillado. Un enemigo secreto, de esos que te avergüenza reconocer por temor a que los demás se burlen de ti. Porque, ya pues, ¿qué mal puede hacerte un edificio? ¿Acaso ahí te torturaron, te cortaron una pierna o te rompieron el corazón? No. Nada de eso. Mis motivos eran menos interesantes. Pero hasta el más absurdo de los traumas tiene un origen. Y, para que se entienda el que quiero contar aquí, tengo que hablar, primero, de los antecedentes de esta historia
Más bien, la prehistoria
Hace un montón de años, cuando aún podía peinarme, empecé a escribir cuentos. La mayoría de ellos eran tan malos que fueron merecidamente destruidos. Pero alguna vez me salió uno del que no me arrepentí tanto... Recuerdo que se lo mostré a un amigo de la universidad, Lucho Pérez Albela, que me dijo que el cuento "estaba en algo". Me sugirió ampliarlo y presentarlo en algún "concurso de verdad". Aunque no suelo hacerle caso a los consejos de mis amigos —pues siempre tienen razón y a mí me encanta equivocarme—, esa vez hice una excepción y participé con una versión ampliada de mi texto, en el premio de cuento que cada dos años organiza Petroperú. Unos meses después recibí una sorprendente invitación para asistir a la premiación, pues había salido seleccionado como finalista. Estaba muy emocionado por dos razones 1) Era el primer concurso literario en el que participaba en mi vida, y 2) tenía la ingenua idea de que "finalista" significaba "persona que todavía tiene chances de ganar el primer lugar" (y no, como era en realidad, "persona-que-pertenece-al-grupo-de-segundones-a-los-que-les-darán-un-premio-consuelo-solo-para-que-hagan-bulto-en-el-auditorio-mientras-premian-a-los-genuinos-ganadores-que-son-mejores-que-tú"). Les pedí a mis papás que me acompañaran al evento, tratando de convencerlos de ir con el argumento de que " a lo mejor ganaba" y que podría darles una partecita del premio. Y, una vez que estuvimos allí, en una sala grande de ese edificio, tuvimos que mirar cómo, sin mediar ningún suspenso, los maestros de ceremonias entregaban unos trofeos y cheques a tres individuos que habían obtenido el primer, segundo y tercer lugar y que ya sabían —como todos, menos yo— cuáles eran los resultados. Claro que mi mamá se puso contenta y me consoló diciéndome que así se empezaba. Y mi papá la pasó bien pues se encontró con algunos conocidos entre los asistentes a la reunión. Así que parecía que el único que estaba amargo en esa cita, era yo. Me sentía estafado por partida triple: por los organizadores (que no tenían la culpa de que yo no hubiera leído bien la invitación), por mis padres (pues no se habían indignado conmigo, como correspondía) y por mí mismo (por ilusionarme gratuitamente). Y quise creer —necio, picón— que, si alguno de los que había quedado en los tres primeros lugares no hubiera participado en el concurso, yo "me habría ganado alguito". Así que también los odié a ellos. Tanta piconería hizo que no le de ninguna importancia al verdadero "premio consuelo" que obteníamos los finalistas: Que nuestros opacos relatos aparecieran reunidos, junto con los de los ganadores, en un librito compilatorio que fue publicado algunos meses después. Cuando salió, me dieron algunos ejemplares que regalé o escondí. Leí el ejemplar con el que me quedé con la objetividad del picón: todos los relatos me parecieron inferiores a mi supuesta obra maestra.
De todos modos, como no solo soy picón, sino necio, participé en el mismo concurso en los años siguientes con otros relatos. Y, aunque me esmeré revisándolos y corrigiéndolos, nunca pude superar —y ni siquiera igualar—, la "marca" de mi primera participación, convenciéndome de que mi viejo trofeíto no era el producto del talento sino de la indignidad de un golpe de suerte. Así, con cada nueva participación, el edificio de Petroperú, a donde iba cada dos años a dejar mis sobres manila con los cuentos de turno, fue adquiriendo para mí un significado preciso: ser un recordatorio (el más visible que conozco) de lo fácil que es ilusionarse y estrellarse. Mi monumento particular al fracaso. Mi torre oscura. Mi Barad-dûr personal.
Lo curioso es que durante mucho tiempo trabajé a solo una cuadra de ahí y caminé, casi a diario, por la vereda que lo rodea, a veces para ir a almorzar (en Tottus o Plaza Vea), o para bajar a la estación Canaval y Moreyra por mi dosis habitual de calor humano en el Metropolitano. Y, aunque es cierto que a veces me olvidaba de la existencia de la torre —de la misma manera en que te olvidas de tu nariz, tus orejas y de todo lo obvio—, cuando me percataba de su presencia, le hacía muecas de antipatía y rencor.
Tiempo después, cuando se me empezaron a caer el pelo y la arrogancia, comprendí que el primer relato que presenté tenía alguna que otra inconsistencia y que quizá ni siquiera mereció la suerte que le tocó. De todos modos, convencido de que tenía alguna que otra cosa rescatable, retomé y revisé mi propio texto y lo corregí varias veces, con la idea de mejorarlo. Pero cada vez que lo hacía sentía que había algo de indigno y rastrero en esa acción: corregir algo ya publicado era como hacer trampa. No se puede nacer dos veces. No sería justo. Ni correcto. En eso se fue convirtiendo mi afición por escribir: en un ejercicio culpable de hacer y rehacer mil veces un mismo texto, con la idea de que quizá nunca llegaría a ser lo suficientemente sólido como para no tener que corregirlo más.
El taller
Por supuesto que durante los años siguientes viví cosas mucho más interesantes que las que hay en esta historieta de egos y miserias pero, también, seguí escribiendo, participando en concursos, perdiendo en todos ellos, picándome y hablando lo menos posible de mi afición en mis círculos sociales, salvo con algunos pocos amigos que conocían mis garabatos, a quienes a veces les pedía su opinión y que rara vez me daban una crítica más allá de un "mehh", "sí, se deja leer" o "no entendí". Hace más o menos un año, en una reunión de patas de la universidad, el mismo Lucho que hacía años me había alentado a participar por primera vez en un concurso, me habló de un taller de narrativa al que él estaba yendo y en el que los participantes criticaban mutuamente sus cuentos bajo la dirección de Marco García Falcón, un escritor muy bien considerado por la crítica local pero a quien yo no había leído. Como a mí me interesaba recibir comentarios de lectores desconocidos, decidí estar atento a la próxima ocasión en que el escritor organizara un taller. Unos meses después vi en el Facebook una convocatoria. Pero había un problema: las sesiones iban a ser en el edificio maldito.
Ya estoy grandecito para excusas. Así que me armé de valor, viendo en la ocasión una oportunidad para superar mi viejo "asunto" con ese lugar. Y me inscribí. No diré que tuve pesadillas la noche previa a la primera sesión, pero sí que estuve tentado a arrepentirme una vez que me hallé ante esa puerta de rejas, rememorando mis ilusiones perdidas. Ya en el auditorio, me senté en una de las últimas butacas, como para pasar lo más desapercibido que fuera posible. Si me sentí algo acobardado, no fue porque el recinto tuviera púas en el techo, ni porque creyera oír los gritos de otros escribidores desde las mazmorras del complejo, sino porque estaba rodeado de extraños que hablaban con desparpajo de algo que, para mí, suele ser un acto íntimo y personal. Pero eso, la escritura creativa, era el tema en el que había que concentrarse en esas reuniones, no en mis majaderías y resentimientos.
No me extenderé hablando mucho del taller. Sólo diré que leerse y criticarse mutuamente con desconocidos (con quienes no hay el temor de destruir una amistad) es un ejercicio enriquecedor, aunque no apto para picones. No me fue tan mal con los comentarios al relato que presenté y eso hizo que, agradecido, me esmerara por leer todos los cuentos que iban presentando los demás participantes. Y me convertí en uno de los más afanosos comentaristas en las sesiones siguientes, experimentando la "adrenalina del chancón", es decir, lo que siente el nerd de un grupo cuando levanta tantas veces la mano para participar que tiene miedo de ser linchado por sus hastiados compañeros. Había de todo: Escritores que ya habían publicado, gente joven que recién empezaba a escribir, alguno que otro "diamante en bruto" (de innegable talento pero que necesitaba pulirse), personas con más ganas que habilidad e incluso cierto "Soy-un-escritor-tan-bueno-que-ni-siquiera-voy-a-mirarte". Afrontar un conjunto tan variado y sacar algo provechoso de él en solo cuatro jornadas parecía algo difícil. Pero debo reconocer que García Falcón supo fomentar la participación grupal y la crítica mutua sin que nadie se agarrara a puñetazos.
Fantasmas del pasado
Y aquí viene la verdadera anécdota que quería contar... Luego de la segunda sesión quise leer algo escrito por el mismo conductor del taller pues, como ya mencioné, no conocía su obra. Conseguí un libro suyo que contenía un conjunto de relatos y una novela corta ("París personal y El Cielo de Capri"), y lo leí durante un fin de semana, casi de un tirón, en un sillón de mi sala. Pero, al abordar uno de los relatos, tuve una sensación rara, casi incómoda.
— Yo conozco esta historia...
Si. Me "sonaba". De tintes borgianos y prosa hábil y persuasiva, versaba sobre un investigador que iba tras la pista de un antiguo y misterioso escritor. ¿Dónde la había leído? El déjà vu se convirtió en ansiedad. Dejé el sillón y fui hacia uno de los anaqueles de la casa para buscar ese libro que mencioné al principio, ese en donde estaba, mezclado, con otros segundones y tres ganadores, mi muy mediano y ya envejecido relato finalista. Y, justo en las páginas previas a mi texto, estaba el cuento que yo acababa de leer: el que me dejó sin cheque en el año 2000. El que "me ganó". El tercer lugar del Premio Copé.
Tuve un ataque de piconería, ("¡me han tendido una trampa!") y experimenté los síntomas de mi petroperufobia: ansiedad, desolación, sentimiento de inferioridad... Pero el "ataque" cesó al toque cuando descubrí otra conexión con el pasado: El libro que estaba entre mis manos tenía, en su primera página, una dedicatoria. Una que yo mismo había escrito, hacía mucho tiempo, y que decía así: "Para mi amigo Lucho, verdadero culpable de mi presencia en este libro". No recordaba haber escrito ni firmado eso. Y, si lo hice, como era evidente, ¿por qué lo tenía yo y no el amigo que me alentó a participar hacía 17 años en ese concurso (y, también, a entrar en el recientísimo taller)? ¿Acaso me arrepentí de la gratitud que le debía? ¿O me sentí ridículo por firmar un libro que no tenía mi nombre en la portada, como si fuera demasiado para mi ego? Qué se yo. Sentí vergüenza (por avergonzarme, por ser ingrato), pero también nostalgia, resquemor (pues esa dedicatoria indicaba que, años atrás, sí me sentí contento por ser publicado) y, sobre todo, maravilla, porque me daba la impresión de que en ese momento estaba asistiendo a uno de esos fenómenos que desconciertan a los hombres de ciencia y que solo entienden los poetas y los locos. Por un instante se volvieron visibles los puentes misteriosos que conectan varios hechos aislados y los convierten en parte de una misma historia, que nadie sabía que existía. Como si fuera cierto eso de que nada pasa porque sí. Y se me ocurrió que la palabra "casualidad" no era más que una herejía inventada por los descreídos. Que la arqueología de la memoria no era un necedad de los viejos (o los despechados), sino un ejercicio necesario que todos deberíamos practicar para entender por qué estamos donde estamos. Como si 17 años de resentimiento absurdo no tuvieran otra justificación que experimentar ese momento de asombro. A golpe de sufrir sus efectos, yo me liberé en ese momento de una maldición. Y pensé que todas las historias que empezaron una vez y nunca cerraron, solo tienen que esperar a que pase un poco de tiempo para tener sentido. Quién sabe... A lo mejor en el instante previo a nuestro fin, recibamos una especie de iluminación que nos permita entenderlo todo y acabar en paz.
Aturdido, volví a mi sillón y me puse a comparar las dos versiones del cuento repetido y descubrí que eran ligeramente diferentes... aunque contaban una misma historia. Eso significaba que García Falcón también practicaba el ingrato trabajo de corregir textos que ya habían sido publicados y que no sentía ningún reparo por ello. Él también regresaba en el tiempo para mejorar su trabajo. Quién sabe, quizá también tenía algún tipo de "síndrome maldito" como el mío que lo alentaba a corregir. Porque en aquella ocasión quedó tercero y... ¡debió haberse quedado piconazo por no obtener el primer lugar! Pero él, hoy, es un escritor reconocido y valorado por la crítica.* Y a pesar de eso volvía, no estaba conforme, corregía, se cuestionaba a sí mismo y buscaba hacerlo cada vez mejor. Que es lo que supongo deben hacer los escritores. No conformarse. Persistir. Darle duro hasta que te salga algo decente. Un texto que no quieras destruir por malo, sino que quieras conservar porque sabes que puede mejorar. O, porque simplemente, ya mejoró lo suficiente como para que lo mires sin avergonzarte.
Aturdido, volví a mi sillón y me puse a comparar las dos versiones del cuento repetido y descubrí que eran ligeramente diferentes... aunque contaban una misma historia. Eso significaba que García Falcón también practicaba el ingrato trabajo de corregir textos que ya habían sido publicados y que no sentía ningún reparo por ello. Él también regresaba en el tiempo para mejorar su trabajo. Quién sabe, quizá también tenía algún tipo de "síndrome maldito" como el mío que lo alentaba a corregir. Porque en aquella ocasión quedó tercero y... ¡debió haberse quedado piconazo por no obtener el primer lugar! Pero él, hoy, es un escritor reconocido y valorado por la crítica.* Y a pesar de eso volvía, no estaba conforme, corregía, se cuestionaba a sí mismo y buscaba hacerlo cada vez mejor. Que es lo que supongo deben hacer los escritores. No conformarse. Persistir. Darle duro hasta que te salga algo decente. Un texto que no quieras destruir por malo, sino que quieras conservar porque sabes que puede mejorar. O, porque simplemente, ya mejoró lo suficiente como para que lo mires sin avergonzarte.
Hubiera querido llevarle a Marco su libro para que me lo firmara en una de las dos sesiones restantes del taller. Hubiera querido contarle esta historia y saber qué pensaba él sobre lo pequeño que es el mundo, sobre lo parecidas que pueden ser las miserias y vanidades de los escritores reconocidos y de los que sólo son conocidos por sus amigos. Y quizá le hubiera preguntado por la común enfermedad, por su experiencia con los síntomas, por el aspecto de los monstruos que él veía sobre su propia torre oscura, por cómo los había vencido o por cómo disimulaba tan bien haberlo hecho. A lo mejor me daba la razón o me decía que no quería hablar de eso o me miraba con cara de asco y me decía que yo estaba hablando huevadas. Pero, como sea, no tuve la oportunidad de conversar con él ni de recoger la firma de su libro porque en la tercera sesión del taller me olvidé de que lo tenía en la mochila y en la cuarta y última (una sesión exclusivamente dedicada a discutir los cuentos de los participantes y que se prolongó por casi cuatro horas, gracias al entusiasmo del grupo) me olvidé de llevar el libro conmigo. Pero se me ocurre que, quizá, la forma de agradecerle a Marco y a Lucho las misteriosas lecciones que recibí de ellos sin que se dieran cuenta, es hacer un texto sobre este asunto. Uno que sin duda corregiré muchas otras veces. Incluso después de haberlo publicado en este blog.
Últimas ironías
Luego de que acabó el taller, Marco realizó una selección de cuentos de los participantes que fue publicada en una simpática edición de reducido tiraje con el auspicio de la Empresa-Dueña-de-la-Torre-Oscura y que se regaló a los asistentes de algunas de las actividades de la última feria del libro. El cuento que presenté en el taller (uno que contaba la historia de un tipo que va a ver a sus escritor favorito para que le firme un libro**), fue considerado en esa selección. Algunos de los participantes publicados nos pusimos de acuerdo para ir a recoger el par de copias que nos correspondía y ahí, en medio de uno de los los pasillos de la feria, nos firmamos mutuamente nuestros ejemplares.
— Primera vez que firmo un libro —dijo uno de ellos, emocionado.
— También yo —mentí.
Me fui de allí pensando en las dos únicas veces en que me habían publicado algo en papel. En ambos casos había sido gracias a una misma entidad que he odiado y temido. Está claro que tengo que aprender a escoger mejor a mis enemigos. Y entender que puedes ser algo-parecido-a-un-escritor sin publicar o ganar premios. Que los libros que has firmado no son para guardártelos. Que los cuentos que has escrito no son para esconderlos. Que los edificios no muerden. Y que las maldiciones no existen.
Luego de que acabó el taller, Marco realizó una selección de cuentos de los participantes que fue publicada en una simpática edición de reducido tiraje con el auspicio de la Empresa-Dueña-de-la-Torre-Oscura y que se regaló a los asistentes de algunas de las actividades de la última feria del libro. El cuento que presenté en el taller (uno que contaba la historia de un tipo que va a ver a sus escritor favorito para que le firme un libro**), fue considerado en esa selección. Algunos de los participantes publicados nos pusimos de acuerdo para ir a recoger el par de copias que nos correspondía y ahí, en medio de uno de los los pasillos de la feria, nos firmamos mutuamente nuestros ejemplares.
— Primera vez que firmo un libro —dijo uno de ellos, emocionado.
— También yo —mentí.
Me fui de allí pensando en las dos únicas veces en que me habían publicado algo en papel. En ambos casos había sido gracias a una misma entidad que he odiado y temido. Está claro que tengo que aprender a escoger mejor a mis enemigos. Y entender que puedes ser algo-parecido-a-un-escritor sin publicar o ganar premios. Que los libros que has firmado no son para guardártelos. Que los cuentos que has escrito no son para esconderlos. Que los edificios no muerden. Y que las maldiciones no existen.
Pablo Ignacio Chacón, 2017
Notas:
*Al año siguiente MGF ganó el premio nacional de Literatura, nada menos.
** El cuento se llama Gigantes y hay una versión en este blog.
Pablo Ignacio Chacón (c) Todos los derechos reservados
Notas:
*Al año siguiente MGF ganó el premio nacional de Literatura, nada menos.
** El cuento se llama Gigantes y hay una versión en este blog.
Pablo Ignacio Chacón (c) Todos los derechos reservados
[RELATO]
— ¿Para quién es?
— Para mí. Me llamo Pablo.
— Pablo. Muy bien.
El escritor toma su lapicero y abre el libro que le acabo de entregar. Dudo. ¿Me conformo con su firma? ¿O le digo todo lo que he ensayado —mentalmente— durante las tres horas que me pasé haciendo fila?
—Te… ¿Te puedo hacer una pregunta?
—Sí, claro.
—¿Cómo te sentirías si Faulkner o Flaubert te firmaran uno de sus libros?
—¿Si quién? —me pregunta, adelantando la cabeza, con una mueca hostil, como si se hubiera molestado conmigo por no pronunciar correctamente los apellidos de sus ídolos.
—Si Fla… Flaubert o Faulkner...
—Ah —se ríe—. Emocionado. Muy emocionado.
—Así me siento ahora.
Aunque ya me había mirado, sólo en ese momento descubre que estoy ahí. Como si hasta entonces yo hubiera sido de aire y me hubiera materializado, enorme y sin previo aviso, en frente de la mesa.
—Gracias —dice, bajando la cabeza.
—No, gracias a ti —retruco, confianzudo. He hecho que se ría y que me haga una venia. ¿Qué más puedo pedir? Siento que mi estatura se duplica y que, en este local, no hay nadie que sea más grande que yo. Ni siquiera él.
—Eres un buen lector —agrega, provocando que mi cabeza roce el techo de la sala—. Son autores importantes.
Pienso que debería avergonzarme porque no he leído nada de Flaubert o de Faulkner. Tendría que decírselo… Pero prefiero dar una mirada a mi alrededor porque quiero saber quién me está envidiando. Personas de todas las edades, tamaños y vestuarios, abarrotan la librería y esperan su turno, parloteando con nerviosismo, resistiéndose a ser entumecidas por el aire acondicionado o por la insulsa música de fondo. Pero me da la impresión de que todos ellos, incluso los más altos, se alejan un poco de mí, como si, alarmados por mis nuevas dimensiones, tuvieran miedo de que yo los aplaste contra las paredes. Ávido de nuevas atenciones, vuelvo a mirar al escritor y lo descubro tan serio como al principio, colocando su lapicero en posición y empezando su dedicatoria con cara de trámite, acaso pensando en lo que cenará más tarde o en el calor que hace afuera. En consecuencia, empiezo a volver a mi tamaño normal. ¿Y ahora?, me pregunto. ¿Cómo recupero su atención? Mi repertorio de frases hechas se ha agotado y su larga elaboración me ha dejado sin ideas. “Di algo, Pablo, lo que sea”, me arengo, mientras mi estatura se iguala a la que tenía cuando entré en el establecimiento. Entonces, desesperado, vomito lo que realmente quiero decirle.
—Estoy tra… tratando de ser escritor.
Ya está. Ahora, a esperar su reacción. Me imagino que levantará la ceja izquierda, “¿qué escribes?”, preguntará, “cuentos fantásticos”, contestaré, “mándame un par”, ordenará y entonces yo, obediente y previsor, abriré la mochila que llevo conmigo y sacaré de ella los textos que me pasé corrigiendo toda la noche y que imprimí esta mañana en el papel más blanco que pude comprar. Y se los entregaré y mirará los títulos y hará una mueca de asombro y dirá “qué ganas de leerlos” y me prometerá que esta misma noche, en el sofá en donde lee a Faulkner y a Flaubert, me leerá a mí. Ya imagino su llamada al día siguiente, su invitación a almorzar, la recomendación que me hará a su editor y hasta las caras que, dentro de unos meses, pondrán mis conocidos —ustedes, los que se burlan— cuando tengan que hacer tres horas de fila, allá afuera, para que yo les firme un par de ejemplares de mi futuro libro de cuentos, uno que para entonces estará siendo recomendado en todos los medios de prensa por el mismísimo escritor que hoy tengo ante mí, cuya ceja izquierda está a punto de levantarse.
Pero no se levanta… De hecho, se ha fruncido más. ¿Será para tomar impulso? ¡Qué raro! ¿Por qué no reacciona? ¿Tanta concentración exige escribir una dedicatoria? ¿O es que no me ha escuchado? Quizá es culpa de la bulla que hay en esta sala, que ahoga mi voz. O de mi propia voz, que se ha encogido tanto como el resto de mi cuerpo, que se sigue proyectando hacia el suelo. O quizá… Claro. Debe ser eso. Se queda callado para no decirme que todos los que le piden un autógrafo también lo tutean y se creen escritores. Debe de estar harto.
Cierra el libro y me lo entrega, mostrando una sonrisa que no se parece a la de hace un rato, que no dice "Mándame tus cuentos, Pablito" sino, más bien, “¿Sigues aquí?".
—Gracias —le digo, pequeñísimo.
Me demoro en marcharme porque aún me queda algo de fe. Quiero ver si recupera la memoria y me dice lo que estaba a punto de decirme o, por lo menos, alguna cosa que me devuelva la esperanza: Un consejo, una palabra... Pero él, olvidadizo, se limita a ladear la cabeza para mirar la larga fila que se extiende a mis espaldas, en donde seguramente se esconden otros cien genios incomprendidos y ávidos de justicia que esperan que la firma de un Premio Nobel los reivindique.
Un agente de seguridad me indica la salida. Lo obedezco, tratando de no acercarme demasiado a las personas que se amontonan en el pasillo (no vaya a ser que me vean reptando sobre el piso laminado y me pisen como a una cucaracha). Escucho, ya lejos, la risa del escritor. No volteo. No quiero saber por qué ríe (ni de quién). No quiero ver la mueca con la que agradece los elogios de sus otros admiradores. No quiero oír cómo los anima a que le envíen sus manuscritos ni cómo se ofrece a revisarlos, esta misma noche, en el sofá de los ídolos. Intento concentrarme en mi retirada, sin tropezar, tratando de ser otra vez de aire, unidimensional… pero un ruidito nuevo me perturba. Es uno que se parece al de unos papeles que, muertos de vergüenza, se arrugan por su propia voluntad en el interior de una mochila. Mejor. Así no tendré que hacerlo yo.
Al final del pasillo me detengo frente a la monstruosa puerta de salida. Ya sé lo que me espera allá afuera: Si la brisa no me arranca de la Tierra, quedaré confinado para siempre en el reino de los ácaros y las pelusas.
Pero cuando cruzo el umbral, cuando el aire acondicionado se esfuma y la humedad apestosa de Lima infesta mis pulmones, recuerdo que llevo un libro en la mano. Lo abro. Busco la primera página. Encuentro la tinta de su lapicero. La letra de él. Mi nombre escrito por él. Un puñado de palabras trilladas. Una firma apurada. Y luego, entre signos de exclamación, inesperado, veo un verbo imperativo que latiguea y que conforta y que atraviesa toda la hoja como si no cupiera en ella. Y lo leo en voz alta. Y me vuelvo gigantesco.
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No pienses. Mantente ocupado. Sé un autómata. Una máquina sin corazón. ¿Sabes cómo puedes sacarte todo ese asunto de la cabeza? Trabajando. ¿Qué te parece si le echamos un vistazo a tu lista de asuntos pendientes? A ver... Hay que preparar una reunión, sacar la conformidad de una instalación en el ministerio, ver lo del video... ¡El video! Estás atrasado, te quedan dos días y ni siquiera lo has empezado. ¿Lo ves? Hay mucho que hacer. Problemas que resolver. Unos que sí tienen solución.
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Regresar. Ya lo he hecho antes. En lo laboral, lo amoroso o lo académico, los retornos son parte de mi historia. Algunas veces regre...
Autor

Pablo Ignacio Chacón
Soy autor de "Los perseguidores" (cuentos) y "Juanito Trapelas" (microrrelatos). En 2017 gané el Concurso de Microrrelatos de la Casa de la Literatura Peruana. Fui finalista en el Concurso Internacional de Cuento Juan Rulfo (2011), el Concurso Bonaventuriano de Cuento de (2015) y dos veces en la Bienal de Cuento Premio Copé (2000 y 2022).
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