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Montón de rocas
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He llegado temprano, así que mato el tiempo viendo y anotando: la escasez de transeúntes, el cordón de niebla bajo la isla, la resolana fría de este invierno mentiroso. También encuentro historias potenciales. Hay una pareja por ahí que se contiene y gesticula a media voz. No oigo lo que se dicen, pero es claro que antes de hoy se han toqueteado mucho, pero que, por los ceños fruncidos y los tonos dolidos, quizá no lo hagan nunca más. Hay un heladero allá, que jala y no cabalga su triciclo, quizá por una crisis de almorranas, porque los ejes del carrito se le han roto o porque se aburrió y quiere variar. Hay una chica en el muelle que mira en torno, que no se mueve, que parece un poste del embarcadero y solo faltaría que un pelícano se le pose en la cabeza para redondearle el camuflaje. Cosas de  todos los días. Disparadores para cuentos. Alucino un rato: alquilar un cuartito por aquí, con ventana abierta frente al mar y un escritorio en donde aporrear mi laptop, tomando nota de estas cosas y torciéndolas en la pantalla en pos del borrador de una (al menos una) historia memorable. Claro que sí, Pablito, sigue soñando. Los cuartitos en La Punta deben ser baratísimos. 

Es que al final a eso se reduce todo: al cochino dinero. La razón por la que no vengo más seguido. La razón por la que vine hoy.

He preparado una presentación en power point que llevo en el USB de mi bolsillo, pero que es más un garabato que la charla dizque profesional que debo impartir y por la que cobraré alguito. Es de un tema que creo conocer por  práctica, pero que no he estudiado a fondo. No sé si mi auditorio será receptivo, desconfiado, odioso. No sé si lo que he preparado esté a la altura. Pero no estoy nervioso, solo intrigado: primera vez que me encargan un speech para "personas de la tercera edad". 


 

Saludo a las chicas de la ONG que organizó el evento y que, aún no entiendo bien por qué, se arriesgan así conmigo. Me porto bien, extremo las cortesías para que les resulte más fácil perdonarme cualquier desliz posterior. Nos han prestado el auditorio grande de la municipalidad, aunque no esperamos que vengan más de veinte personas del Centro del Adulto Mayor. Seremos dos los ponentes: una psicóloga (experta, ella sí) que hablará sobre la gestión de las emociones y un escribidor (este pechito) que piensa decir algo sobre esas emociones y el arte de contar. Ya íbamos a empezar, pero la política nos agua el show: el alcalde del distrito más pequeño del Perú quiere usar nuestra sala para no sé qué ceremonia importantísima y los eventos programados se cancelan, reubican o postergan. Tengo la indigna esperanza de que el evento se se suspenda (cobarde). Podría, alucino, aprovechar el resto de la tarde, seguir el consejo de Martín Adán e irme a acompañar a la chica poste para mirar la nada y entenderlo todo. Pero los funcionarios locales amagan un plan B: que hagamos nuestra actividad en la cafetería. A pesar de que dos del grupo van en sillas de ruedas, de que la mayoría camina lento y de que hay una doña con bastón que se mueve a paso de oruga, nadie se queja. Al contrario, les parece divertido ("Mejor, más calientito"). Se ríen, cuchichean ("tomaremos lonche, entonces"). Hay una cosa cómplice entre ellos. Será que, a estas alturas ya se sabe que la clave está en ponerle buena cara a lo que sea. No nos hemos dicho nada aún, pero ya me siento avergonzado: soy el menos motivado en este lugar. Creo que también el más joven.

Ya en la cafetería, junto a un congelador cuadrado y una mampara que da al jardín detrás del dique del malecón, armamos una C con las mesas, distribuimos las sillas, nos apretamos, entramos en confianza. Arranca la psicóloga. Yo, que sigo en mi onda de portarme bien para inspirar piedad después, me ofrezco a cambiar las láminas del powerpoint que ella ha traído y que proyecta en al pared. Cuando no pulso teclas de la laptop, me apoyo, de pie, en la columna de aluminio que sostiene dos planchas de vidrio en la mampara. 

Hormigas y arañas radioactivas 

Al rato, bajo la mirada y veo una nube de hormigas arremolinada en las baldosas sobre las que estoy parado. Pienso: ¿salen de mí? ¿estoy pisando su casa sin saberlo? ¿se han confabulado para cargarme en peso y llevarme a rastras hacia su guarida subterránea, en donde darán cuenta de mi carne y —por favor— de mis pensamientos? Ahí está, me digo, tomo nota para mi charla: otro ejemplo de emociones como inicio de una historia. El estado de ánimo proyectado en un garabato que podría ser un borrador y, con mucha chamba, algo contable. 

Como no quiero ser devorado, me cambio de sitio. Ya tuve suficiente con una picadura en la víspera, no sé obra de qué animal, me parece una araña, porque desde ayer el tobillo pica como el diablo. Una mordida que, en vez de proporcionarme la capacidad de trepar por las paredes y combatir el crimen, me ha infestado de bajones y saudadaes. No estoy hoy para mordiscos. Con nadie.

La psicóloga sigue en lo suyo: que está bien la rabia, que está bien la tristeza, pero hay que gestionarlas, hacernos cargo. Las emociones deben ser canalizadas. Empoderarnos con ellas. Los diecisiete viejos la miran, asintiendo, desde las mesas. No sé si saben que también me habla a mí. Tiene razón en todo lo que dice y, por eso mismo, no quiero hacerle caso. Yo, las emociones, las proceso como pueda: si son soportables, me las aguanto hasta la gastritis. Si no, me obligo a dormir muchísimo. Como la charla se alarga, me esperanza que la psicóloga se tome las dos horas completas, que yo ya no tenga tiempo para hablar (cobarde) pero que, igual, me paguen por haber venido (convenido). Mis fantasías no se cumplen (es solo por eso que yo escribo) y acaba puntualita. Me presenta, me da el pase. Entonces, con la ansiedad del primerizo, empiezo y, por una hora por lo menos, dejo la autocompasión de lado y me empeño en mi trabajo, como si viviera de eso (¿te gustaría eso, Pablo? Me gustaría). Extraigo al actor aficionado de hace años. Juego a parecer profesional...

El impostor olvidadizo

Cuando hablo ante gente que no conozco, suelo estar tan concentrado en lo que digo y en gestionar las miradas y las supuestas señas de atención y aburrimiento de mi auditorio, que conservo pocos recuerdos del speech en sí. Puedo reconstruir algo de lo que pasó, por el libreto que tenía y por los gestos que percibí. Sé que se rieron, que respondieron todas mis preguntas, que en la mayoría de los casos estuvieron de acuerdo con los ejemplos. También sé que tuve al menos un opositor (un caballero que, por alguna razón, no podía hablar, pero que transmitía su desacuerdo con los ojos y negadas de cabeza). Sé que leímos y comentamos extractos de la Yourcenar y Lydia Davis, que ponderamos el encuentro entre Príamo y Aquiles y que, también, les conté un episodio de mi infancia con un patito que me regalaron en Chancay. Un arroz con mango todo. Mi plan incluía proponer dos ejercicios. Uno era de escritura, hacer un borrador narrativo —por escrito— a partir de una emoción: una idea que pueda parir una historia que luego, con un poco de trabajo, cada quien en su tiempo libre, podría pasar en limpio y convertir en algo legible. Enseñarles, si se puede, el valor de un idea suelta, el gusto que de da anotarlo, de decirte "de aquí saldrá algo bueno", aunque nunca salga nada, porque, ya con eso, has conseguido algo. Pero era un ejercicio ambicioso, avanzaba la tarde y, aunque no sentí desinterés, sí que la paciencia acabaría pronto. Así que pasamos de frente al segundo ejercicio, uno de creación oral colectiva. Juntos, construimos la historia ficticia del encuentro de una pareja en un café. Entre todos concordamos que un chico y una chica estaban peleando, que él le ocultaba algo ("le saca la vuelta") que ella tenía sospechas de eso ("es que lo ampayó infraganti") y que le daba un ultimátum ("es la última que te tolero") esperanzada en que encarrile ("pero igual quiere seguir con él"). Hasta se pelearon por el curso de la historia.

Al final, algunas señoras se me acercaron para comentar la dinámica. Una incluso preguntó si daba sesiones particulares de escritura. Quizá fue cosa de condescendencia o las urgencias de los que andan huérfanos de oídos. O la piedad que cuesta poco y reconforta tanto. Debí sentirme bien por esas atenciones. Pero el veneno de la araña radioactiva aún me recorría el cuerpo y pensé en mamá y en mi abuela, mis dos mayores más cercanas y en lo vergonzoso que era que mis mejores caras se las ponga a viejos ajenos. Me tomó un rato deshacerme de ellas. Yo solo quería ir al malecón, llegar a tiempo a ver al sol meterse tras la isla, constatar si la chica ya se había lanzado o se había convertido en algo. Pero la psicóloga me preguntó en qué me iba y si podíamos compartir el taxi hasta algún punto equidistante en la lejana Lima. Yo, estirando mi afabilidad y el cálculo político (me convendría que me vuelvan a llamar para dictar otros talleres como este) dije sí.

Más tarde, mientras me perdía, ya solo, por las tripas de la ciudad de mis rencores, pensé que, quizá, después de todo, mi primer face to face con un grupo de veteranos (tengo agendadas 3 charlas más en otros distritos) no estuvo tan mal. Pero —ahí sigue la araña— el sabor seguía siendo desabrido. Me pasa mucho: hago cosas que salen más o menos bien y busco peros. Nunca está redonda la faena. Siempre falta algo. Como con mis borradores, esos que están casi listos pero que jamás lo están del todo y no me canso de corregir. Quizá el sesgo del fabulador solo es incapacidad para gestionar las emociones positivas. Ya aprenderé a hacerlo alguna vez. Cuando use bastón, silla de ruedas, pierda el habla y sepa al fin por dónde había que ir. Mientras tanto, seguiré siendo un borrador. Un podría ser.


PIC - Agosto de 2023


 

[Microrrelato]

Tus ojos están cerrados, pero puedes verlo todo: butacas llenas, espectadores devotos, miradas ensoñadas. La tibieza de los reflectores y la acústica perfecta de la sala de conciertos arrean la secreta musculatura de tus dedos endiablados. Lo haces bien. Como siempre. Los siete arpegios encadenados de la transición, los armónicos de la cadencia, el tamborileo quedo en el clímax, los acordes en cascada del final, todo suena competente y limpio y matemático, pero con esos acentos y esas pausas que hacen que tu instrumento respire —eso decían los críticos— como adolescente enamorado.

La pieza ha terminado, pero tu dedo medio se mece todavía sobre la primera cuerda. No la soltarás hasta que la reverberación se extravíe lejos de lo audible, aunque permanezca agazapada en tus confines interiores. Cuando el silencio ya es inapelable, la orquesta desaparece, los reflectores se hacen humo y el recinto se encoje hasta las ridículas dimensiones de tu cuarto. En vez de aplausos, irrumpe el gimoteo de los resortes en el catre. Es la señal, el fin del juego: estás de vuelta en el mundo real, el que hace años se olvidó de ti. Tu mano derecha deja el arco sobre el piso de cemento y se atreve, por si acaso, a hurgar de nuevo en el bolsillo de la chamarra, pero lo único que encuentra ahí son las migas resecas de la merienda de antenoche. Suspiras, te calzas las zapatillas viejas, te incorporas y guardas el violonchelo en el estuche, como a un hijo en su mortaja. La mano izquierda se demora en aferrar el asa, como si pesara toneladas. Tus piernas te arrastran a regañadientes y alcanzas la puerta. Ya estás afuera, pero tus labios se rebelan y tararean la melodía que ya no tocarás. Suspiras. Será difícil llegar hasta la casa de empeño.

 
Pablo Ignacio Chacón - Texto publicado en "Juanito Tragapelas - micrometrajes (2022)



[Microrrelato] Los nómadas pasan de largo para no enfadar a sus dioses. Leones y guepardos temen su sombra y sus espinas. Y hasta el Padre Fuego, que se ceba cada año con el pastizal, evita tiznar los contornos de la Madre de las Acacias, faro y eje del cosmos. Ahí vivimos nosotros. Cada rama es un país. Cada hoja, una ciudad. Las nervaduras son las calles por las que vamos a estudiar, a trabajar o a divertirnos. Y los minúsculos polígonos verdosos, nuestras casas. Hay pocas penas allá arriba y se come y vive bien. Mi abuela me enseñó a apreciar nuestros privilegios y yo los acepté, fascinado. Pero el día en que murió aprendí a desconfiar de la armonía y el sosiego del mundo.

Cuando me hice mayor, decidí viajar tronco abajo para ver, con mis propios ojos, las raíces del santísimo árbol y comprobar si era cierto que, como decía mi abuela, ahí quedaba el asilo de los muertos. Partí una noche de verano, ignorando las razones y lloriqueos de los que me querían. Seis meses tardé en llegar a nuestra ramita provincial. A la rama norte, dos años. Un lustro más hasta la gran bifurcación y dos décadas adicionales para alcanzar tan solo el punto medio del tronco. Ya era un anciano cuando posé por fin mis piernas sobre el suelo amarillo de la sabana, frente a la discreta portada del asilo de los muertos. Ahí me recibió mi abuela que, con una sonrisa compasiva, me dijo —como si fuera necesario— que de haberme quedado arriba, habría tardado el mismo tiempo en encontrarla.


 [Texto publicado en "Juanito Tragapelas" con el título "Una de exploradores"]


Pablo Ignacio Chacón, 2022

—Una advertencia: nunca han hablado con un escritor.

Miente. El profesor que me habla es escritor. Y es bueno. Pero acaso por ganarse los frejoles en horarios proletarios (como yo y la mayoría de escritores destos reynos) sigue sin creérselo, porque parte del oficio es no creer en nada más que en la ficción. Igual me choca su advertencia. Cuando me ha llamado "escritor" no lo ha dicho con el cómplice sarcasmo del colega letraherido, sino con el tono con que dices ingeniero o doctorcito. Debe ser por el auditorio que tendré, que requiere que uno se dé algo de importancia antes de afrontarlo. ¿Serán temibles? ¿Qué podría decirles? ¿Que estamos iguales porque nunca he hablado con alumnos de cuarto de media (desde que yo mismo era uno) ?

Prendo la cámara. Solo son ocho. Alivio y estupor. En mi salón del cole éramos 38 a esas alturas. Quizá los que están aquí no son el grupo completo, sino solo los que asistieron ese día, los que leyeron, los que sobrevivieron a algo grandioso o terrible. O siempre fueron ocho, porque los estándares escolares de hoy son muy distintos de los de mis tiempos prehistóricos. Alzo la palma, cómo están, gracias por invitarme. Breve silencio... ¿Qué puedo decirles de interés a quienes tienen limpio el récord de errores garrafales? El profesor, más canchero, en su elemento, les pide que se presenten. Dos de ellos muestran sus ejemplares de mi libro, bien para congraciarse o por creer que que así tendrán más chance de sacarse un 20.  Vamos a las preguntas, los apura el profe. Dispara el primero con una de manual:  ¿por qué escribes? Uy, pienso, aquí me voy a pasear. Pero quizá por eso, de puro sobrado, respondo una barbaridad

—No lo sé, la verdad.

 Hay otro silencio. Uno de los malos, de esos que te jalan las orejas. Me doy cuenta y me corrijo: ah, pues, escribo porque tengo cosas que contar (buen inicio), pero no cosas que me pasan a mí (no la cagues), sino a otros (no la cagues)  porque, la verdad (¡Miente , no la cagues!) mi vida es bien aburrida. Termino la frase con una sonrisa, todavía. Patético. Mi respuesta, claro, provoca caras wtf. Hasta mi colega profesor levanta la ceja. Okey, despierto, lo intento de nuevo:  ¿no les ha pasado —digo— que, a veces, una película o un juego no termina como a ustedes les gustaría que termine? ¿no se han puesto a pensar en finales alternativos, distintos? ¿Que el héroe no se case o que le pase algo malo luego del triunfo o que no muera en tal escena o que responda algo distinto? ¿Nunca han alucinado cómo sería la continuación de lo que han visto: ¿la segunda o la tercera parte? Si el cuento que te han contado no fuera por aquí, sino por otro lado? Uno, a la derecha de mi pantalla, asiente. Ya, pues: eso. Me pasa desde siempre. Y me parece —no miento, aunque no he pensado en esto antes, también me estoy enterando recién— que lo de inventar historias viene de ahí, de esa desconfianza de esa frustración por como van las cosas. De que no me gusta qué diablos hicieron los actores, el director, el guionista con una historia que me había enganchado y que, en algún punto de la aventura, empezó a decepcionarme. Casi les digo que, en realidad, los que no me gustan son los actores, directores y el guionista de mi siglo (de mi vida). Pero es muy temprano para ponerme triste. Aunque no debería subestimarlos. Mirándolos bien, parecen avispados, empáticos y nada tontos. Seguro ya sospechan que las rayitas de una cara adulta no son arrugas, sino cicatrices. 


Me iba a sentar más al centro, pero el candelabrazo que pende de la viga, justo ahí, me disuade (un temblorcito y fuimos). Además, el piso cruje mucho y no quiero molestar a los cuatro gatos que están en los asientos de adelante. Preside la sala un retrato hechizo del amauta. Al lado está  la cátedra que usó para dictar sus clases legendarias. Desde ahí, los organizadores del congreso anuncian cada hora a quién le toca hablar. Sentados en la mesa larga del estrado, que también tendrá su alcurnia, hay tres tipos. Narradores. Aunque juntos, están solos, porque no dialogan y cada uno habla de lo suyo. Yo, desde el fondo, medio escondido tras el trípode (con la cámara que retransmite la sesión por internet), intento guardar las formas, a pesar de mi vestuario. Si hubiera sospechado las formalidades de este sitio, no habría venido en polo y zapatillas. Aunque aquí es fresquito y parece mayo, afuera es marzo y todo arde, un poco por el Niño Costero y otro poco por la brutalidad policial que se reina impune en estos días. Estar aquí es pausar la realidad. Evadir la tragedia nacional. 


 
 
Soy el que no volvió contigo. El que esa tarde se mordió la lengua y se amarró las manos. El que pensó al verte: no es momento, está muy fresco todo, mejor después, al año, nunca, terminemos el café y quedemos como amigos, no puedo acompañarte a casa, pero gusto en verte, te llamo pa tu santo, me alegra que estés bien. Soy el que deja que el reloj camine, no se aferra y tiempo al tiempo. El que les da chances a otras voces y a otras tardes. El que se sacude de sus ruinas. El que ya no mira para adentro. Ni para ayer.

O soy el que sí volvió contigo, pero puso reglas, cosas claras. Ya sabes: tú en tu sitio, yo en el mío, nada de entusiasmos ni mudarnos juntos, despacito, porque ya no somos niños y no queremos repetir la historia, ¿no? Crecer, de eso se trata. No de pudrirse en el intento.  

O soy el que esa tarde no asistió al café. El que cambió de opinión y dijo no, ya me conozco: si voy, caigo. El que no pone tan fácil el cuello sobre el tronco, porque zás, el hacha. Soy, entonces, el que envió un mensaje horas antes de la cita: “lo pensé mejor, no iré”. Así. Sin asco. Nada de tuve un imprevisto o mejor quedamos otro día o me duele la barriga. Todo real. Para que te fueras enterando cómo va eso de hablar con la verdad. Si lo tomas a bien, genial, quizá quede abierta una rendija, quién sabe, más adelante, más maduros ambos... Pero ahorita, ni de vainas.


 
 
La prensa dice que el maestro Colchado ha muerto hoy a los 75 años. No es cierto. Se fue de viaje con Wayra, que lo guía por los cerros y quebradas hacia el cruce del Marañón incendiado, la Yacumama que recorre el infinito. Saldrá ileso del trance. Como Rosa Cuchillo.

Pero, aún así, aunque yo sé que está vivísimo (hay gente que no puede morir), da pena la sola idea de que se haya ido. Mi tristeza tiene algo de egoísmo: me hubiera podido conversar con él. Pero una conversa de de verdad, no como la única que tuvimos y que fue, más o menos, así:

— Disculpe, ¿podría robarle una firma, por favor?.

Se lo dije con una edición popular del Cordillera Negra en una mano, que yo había leído recién, alucinado. Justo en esos días supe que daría una conferencia con Luis Nieto Degregori en Petroperú, sobre la narrativa de los años 80 y, como entonces trabajaba cerca, decidí asistir. Pero preparado (O eso creí...).

— Claro ¿tienes lapicero?.

No tenía, bien huevón, y tuve que pedirle prestado uno a un desconocido que acababa de acercarse a nosotros, un hombre que también quería hablar con él y que había visto, mueca de derrota de por medio, cómo le ganaba yo la posición. Mucha conchudez, habrá pensado ("¿encima que me atrasas pides mi ayuda?"). Pero, ¿qué sería? ¿la solidaridad de los fans? ¿tratar de quedar como buena gente ante el escritor? Ni idea. Sin suspiro ni mueca de incomodidad, el tipo me ofreció su lapicero negro. Colchado empezó a firmar. Entonces, cosa inesperada, mi benefactor me preguntó —no sé si con malicia o interés— cuál de los cuentos de ese libro me había gustado más. Yo me quedé en blanco. O sea, yo había leído todos los cuentos del libro y me habían gustado más este y aquél, pero, en serio, no recordaba los títulos, solo las tramas...

— pues.... ese del del asesino que usa una máscara para conquistar a la chica que lo choteaba...
— Ese cuento se llama "Dios montaña" —dijo Colchado, didáctico y salvador, pero, también, supongo, aliviado ("este atarantado sí me ha leído")

 

Temprano. Huyo del sol, me escondo en el café. Pienso en los pendientes, en mi buen ánimo inesperado. Lo urgente: corregir unos textos para la agencia de publicidad. Calculo que no me tomará más de una hora. Luego, increíblemente, libre. Quiero dedicarme a revisar un cuentito que debería cerrar antes de fin de mes. Hacer lo que, en un mundo perfecto, sería mi único trabajo. Llego y siguen las buenas noticias: mi sillón favorito está libre y disponible. Ordeno mi bebida, me instalo, tecleo rápido, reviso, envío el correo, suspiro, alivio, casi casi la felicidad. Abro mis carpetas, busco el texto de marras que tiene un inicio lamentable y que quiero salvar porque la anécdota que contiene me parece divertida. Sí, ya sé: el tiempo libre es para vivir, pero, cuando no se puede —hace semanas no se puede— hay que, por lo menos, escribir.


Garabateo, borro, garabateo, borro. Nada. No encuentro el camino. Me quedo en blanco. Soy un aparato descompuesto. Fuerzo la máquina, a la mala, lo que salga.  Y me sale, pero acartonado y hueco y huachafo. Como si la sangre se me hubiera evaporado en el camino por el sol. Pero tengo un comodín, un salvavidas en el vaso de cartón que tengo al frente. Bebo. Aún muy caliente para mí, pero soportable. El sorbo es intencionadamente largo. Listo. Ahora, a esperar la magia. La cafeína no tarda conmigo más de cinco, seis minutos y tengo horas libres por delante. Es seguro que algo bueno pasará. Asocio esa idea con otra. Una que no tiene nada que ver con mi texto, sino con algo que resuena y me divierte recordar.

El que flota sobre el río

Aunque el aire frío del local está tomado por el chill out mediocre de siempre, se me zampa en la memoria, clarito, el inicio de un tercer acto. Ese del mondo ladro, rubaldo, reo mondo, que recita Falstaff, subrayado por trompas y trombones. Nada que ver con la música alocada y festiva de los actos precedentes. A esa altura del drama, todo ha cambiado para el personaje sinvergüenza, que aparece en el escenario tiritando, chorreando agua por ambos hemisferios. Viene de flotar, aterrorizado y panza arriba, sobre el Támesis. El burlador supremo ha sido humillado por las alegres comadres: las chicas lo hicieron creerse bello y galán solo para convencerlo de esconderse en la canasta de la ropa sucia, donde estaban los calzoncillos y las enaguas apestosas de los Ford, solo para arrojarlo al río después de un concertato inolvidable. Empapado, Sir John pasa a la taberna y despotrica a voz en cuello de su enemigo recién descubierto: el mundo entero. Por tercera vez en lo que va de la ópera, canta eso de va, vechio John, pero, a diferencia de antes, la melodía está en tono menor, el aire de marcha es fúnebre y el final del camino que sus versos describen ya no va del triunfo del fuckdaddy que él se alucinaba, sino de la vergüenza y de la muerte. Hasta ese momento, la última ópera de Verdi había sido un encadenamiento de melodías superpuestas y sin pausa. Ya no. Esto es el desengaño. Cada melodía que quiere levantarse, se corta y se derrumbe, como haría 15 años después, ya sin bromas, el buen Gustav (fan culposo del parmesano) en su novena sinfonía. Falstaff rememora la malicia de sus bullys, las risas que escuchó venir de la ventana y toda la gordofobia isabelina que ha llovido sobre él. Sin esperanza, ruega al tabernero que lo alivie con la única medicina que conoce. A pesar de que le debe un huevo de plata, el tabernero accede. Pero Sir John pide algo distinto a lo que siempre pide: que esté tibio el vino, para dejar de tiritar. Tan canchero y tan experto había sido que, escucharlo así de pronto, desanima. Aunque no suena en los parlantes, lo tengo clarito en la cabeza. Me toca. Me toca hoy como nunca ese sir John. Pero sir John no es como yo. Él es resiliente, astuto, amoral, sus reglas son distintas (guardabosques de Diana, caballero de la sombra, favorito de la luna) y por eso mismo indestructible. El vicio es en él virtud. Eso queda claro en el momento en que el posadero le trae el trago demandado. Debe ser muy barato, de la calidad peor, pero es vino, huele a vino y eso es todo lo que el pillo requiere para reconciliarse con la vida. Entonces llega el gran momento: empina el codo, sorbe, goza. Papá Verdi torna verosímil el prodigio. Hay trinos en crescendo, la melodía se esfuma y todo es politonal, hipercromático, moderno. No hace falta verlo: la música se explica sola y hasta el do mayor en el que estalla (Trilla ogni fibra in cor! ) es el único acorde que la física podría permitirle a semejante circunstancia. Y eso es lo que tengo ahorita en mente: replicar el efecto, aunque yo no esté en el Boar's Head Inn sino en un cafecito del Perú con un vaso lleno de agua sucia disfrazada como blend. Bebo, bebo otro sorbo con la fe del gordo supremo (Buono, ber del vino dolce...) y dejo el vaso en la mesita. Aguardo el efecto. Los dedos se tensan y esperan las órdenes que ahorita llegan desde arriba. Acomodo varias veces el teclado sobre las piernas y le advierto que se prepare, porque en un ratito empezará lo bueno.

Y empieza lo bueno

Pero no en el cerebro ni en las manos, sino abajo. Retortijones. Grandes retortijones en la barriga. Y, luego, una ansiedad sin foco, lamentosa. Todo cambia, sí, pero para mal. Pienso: tengo pocos días para terminar de corregir mi cuentario y, ahora que dispongo del tiempo para hacerlo, cuando estoy en el sillón correcto, arropado por ráfagas de aire helado y una bebida olorosa y todavía tibia en la mesita, ni siquiera entonces, yo, el que siempre aspira y busca los momentos perfectos y adecuados para hacer las cosas, soy capaz de hilar decentemente un par de ideas. 

Y se me pasa la mañana. En blanco, hueveando, con malestar estomacal y una desazón culposa que me hunde todavía más, que me exige explicaciones que no tengo por mi inconsistencia neuroquímica. En la espera, me descubro rebuscando memes en la web, reels de bromas en el Insta y las arcadas que me causa nuestra prensa alcahueta y cobarde, culpable en gran medida de la penuria nacional. ¿Será eso? ¿que, en el fondo, el mood de la crisis me sigue interpelando? ¿que me siento tan culpable porque hay, hermanos, muchísimo que hacer y yo, en vez de hacer algo útil en la hora oscura de la patria me escondo en un café para desperdiciar mi tiempo?  ¿será la mala noche? ¿o la depre rutinaria que me muerde cada enero por las metas incumplidas? Quiero espabilarme y no puedo. Cada cinco minutos reintento, vuelvo al procesador de texto, trato de arreglar la historia esa, pero mi corazón y mi cabeza me han dejado ahí tirado y se han ido a no sé donde. Los párrafos me salen zombis, primariosos y sin gracia. Es que no hay ganas de nada, ni siquiera de tenerlas. Peor todavía: a diferencia de Falstaff, yo no puedo culpar a nadie, porque nadie me ha empujado. Siempre encuentro el modo de tirarme al Támesis solito.

PS

Al filo de la una, sucede. No sé qué resortes se activan ni cómo, pero por fin las manos toman el control. En una hora rescribo por completo la primera mitad del cuento. Queda. E il trillo invade el mondo. 


PIC

Enero 2023 



 
Me gustan los días nublados. Pero no este.

Ando pensando en los comentarios pesimistas que un escritor (llamémosle A) me escupió hace unos días. ¿Será eso? ¿O es solo que el nublado de hoy es inusual, menos gris que amarillento? Tampoco los libreros que hay aquí están de humor. Lamentan la magra concurrencia ("está bajo"), la distribución caótica de los puestos ("un pulpo, esta huevada"), la ausencia de baños portátiles ("para achicar tenemos que ir hasta el mercado"), los problemas que han tenido con el fluido eléctrico ("nos cortaron la luz el otro día") y la precaria defensa contra el viento instalada en el pequeño anfiteatro del parque, habilitado para las lecturas, las presentaciones, los conversatorios. Rebusco descuentos entre los puestos, sin entusiasmo, fijándome menos en los libros que en lo que ocurre alrededor: un sereno busca a la mamá del niño asustado que ha encontrado deambulando en las veredas. Dos chicas se quejan por la caca de perro en los jardines resecos que rodean los stands. Y yo mismo aporto mi granito de grisura a la jornada, cuando descubro una mancha inexplicable y enorme en la casaca que me abriga. La oscuridad prematura (el sol murió hace meses y hay más nubes de lo normal) disimula algo ese lunar, pero aún así me siento sucio. Gris.

Se me pasa un poco cuando encuentro un sorprendente stand sin libros. En su base hay un parlante que bota un mix de ecos y gruñidos. El recinto está rodeado de cintas amarillas con calaveras y advertencias ("No pasar", "Peligro"). Una circulina anaranjada, como las de las ambulancias, ilumina la decoración ramplona (dos gigantografías con rostros cadavéricos). Un par de actores —mejillas carcomidas, ojos vaciados, coágulos negruzcos—, vestidos con andrajos y con manchas de tinta roja en los dedos, amenazan con arañar y con morder a quienes se toman selfis en frente de ellos. Cada dos minutos, una máquina de humo, que sesea y vomita niebla artificial, trata de hacer más lúgubre la escena, como si ya no fuera suficientemente tenebroso que los cosplayers, y no los libros, sean lo único que brilla en la Feria de Magdalena. Me pregunto si un zombi (uno que en verdad coma cerebros frescos) perdería su tiempo aquí o preferiría, más bien, cruzar la pista para atacar a los que caminan por las inmediaciones del mercado. Aquí está todo muerto.

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Autor

Pablo Ignacio Chacón

Pablo Ignacio Chacón

Soy autor de "Los perseguidores" (cuentos) y "Juanito Trapelas" (microrrelatos). En 2017 gané el Concurso de Microrrelatos de la Casa de la Literatura Peruana. Fui finalista en el Concurso Internacional de Cuento Juan Rulfo (2011), el Concurso Bonaventuriano de Cuento de (2015) y dos veces en la Bienal de Cuento Premio Copé (2000 y 2022).

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