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Montón de rocas
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Nueve cuentos largos sobre personajes que se obsesionan con algo que, a su vez, parece tener una obsesión con ellos. 
 
Una de las historias cuenta el hechizo de un ave mitológica.Otra, la rutina de una cárcel infinita.Otra narra la dolencia inconcebible de una niña. Otra, la fijación de una arqueóloga con unas ruinas del desierto.Otra, la historia de un secreto don que no se sabe de qué sirve. Otra, la huida de unos refugiados del apocalipsis. Otra, la crisis de identidad de un ser todopoderoso. Otra va de un mundo submarino a punto de extinguirse. Y otra de un cuaderno que prefija el porvenir.
 
Editado por Colmena Editores en Lima, 2022


 https://colmenaeditores.com/wp-content/uploads/2024/05/Los-perseguidores.png

 https://m.media-amazon.com/images/I/71mrDZPu27L._SL1500_.jpg

 

Los crímenes de Juanito Tragapelas (también conocido como Johnny Screenbreaker, Gianni Cinemalvagio, Kenji Cagatucita, Hans Matataquillas, Jean Filmeurtrier o el monstruo de la máquina de pop corn) son una herida abierta en la historia del sétimo arte. A causa de sus acciones, cientos de largometrajes se perdieron para siempre antes de ser estrenados. Su único mérito fue unir, por primera y única vez, a espectadores, críticos y cineastas en el mismo bando indignado.

Hace poco, un equipo internacional de conservadores logró limpiar y restaurar los escasos fragmentos que quedaban de los filmes desaparecidos. No es posible devolverlos a la pantalla grande, pero sí destilarlos con las técnicas de la narrativa brevísima, preservando la esencia argumental y el carácter cinematográfico de las cintas originales. Este libro reúne los resultados de ese experimento: 57 micrometrajes (de horror, drama, ciencia ficción, fantasía y romance) que combinarían bien con grasosos baldes de canchita, tóxicas bebidas azucaradas, pisos pegajosos, sonido surround solo de nombre, chicles masticados adheridos al asiento y el ronquido de una mala compañía (o el arrumaco de una buena) en la butaca vecina.

La publicación de este trabajo ha enfurecido a los admiradores del famoso criminal. Consideran que usar su nombre como título e incluir en las primeras páginas una semblanza del malhechor (muy alejada de las hagiografías habituales) equivale a insultar su memoria. Y sí: esa es la idea. Aunque este libro  no revertirá el daño causado, la recuperación de las historias perdidas impedirá que Juanito Tragapelas se salga con la suya.

#QueNoGaneJuanito

 


[Microrrelato] Hay algo que envidio de esos dos: la forma en que se miran cada vez que se sientan en la sala. No dicen palabra, pero entre ambos pares de ojos —que se ensanchan, se iluminan, se descuajan— fluyen torrentes de memoria y de deseo. Desde el inicio del proceso quise que los detectives se equivocaran, que la fiscal mostrara incompetencia, que el abogado invalide las pruebas. Pero en cada audiencia el desenlace del caso se volvía más claro y predecible. Hoy han comparecido por última vez. Me dispongo a emitir el veredicto que impedirá que vuelvan a mirarse, que vuelvan a respirar. Resumo los considerandos: está probada la planificación, el desprecio por su víctima, el tormento, la agonía demorada, el descuartizamiento cuidadoso, la deposición de sus pedazos bajo una gruesa capa de cemento, la celebración posterior, la felicidad que compartieron viajando por diecisiete países —gracias al dinero que robaron— durante los dos años que pasaon antes de dejarse atrapar, justo el día en que se gastaron el último centavo del botín. Menciono su desprecio por la viuda y por los huérfanos desposeídos y su cínica ausencia de arrepentimiento. Mis palabras son razonables y severas, pero los amantes no se enteran: una ternura que dios envidiaría va y viene de sus rostros pacíficos, mientras a mí me aplasta la ansiedad y la culpa que ellos no sintieron.

 

He terminado. Los ojos de ambos se despiden con el temple de los mártires dispuestos. La policía los conduce adentro. El público aplaude. La fiscal y la viuda se toman de las manos. Los periodistas asienten satisfechos. Yo presiento que me he ganado el infierno.

 

Pablo Ignacio Chacón, 2022

"Aquí dentro no hay nanorrobots", me asegura la enfermera cuando se apresta a inocularme. Le creo: si estuviera mintiendo ya habría intentado venderme un paquete de megas o un plan de datos. Se limita a advertirme que podría tener fiebre, cefalea, frío intenso y esas cosas que la vacuna produce en los espíritus sensibles. Como además de eso soy obediente, enrumbo a casa para descansar. En el camino, me entran tres llamadas y me siento como me he sentido toda la vida: estafado. Para colmo, los interlocutores —números equivocados, obviamente— me hablan en vietnamita. Una prueba de que los nanorrobots que ahora corretean como combis por mis venas ni siquiera son Claro o Movistar. Pero no pienso reclamar: justo estaba por cambiar de celu y no pierdo nada probando. Además, a caballo regalado...

Pero a las once de la mañana, entre las docenas de conversaciones telefónicas que mi tuneado cuerpo escucha, capturo una de la vieja insoportable del 2C. Dice que tiene un problema con la señal del cable y que, desde hace un par de horas, el audio de la serie de mafiosos que ve en Netflix, se mezcla con el de Radiomar y Nueva Q. Cuando, media hora después, vienen del servicio técnico para atenderla, opto por salir de casa, para que nadie sospeche de mí. A lo mejor mis poderes hacen feliz a alguien. Iré al parque. Seguro ahí alguien necesite wifi.

[MICRORRELATO]
 
Wiracocha está pasmado en el sillón de su sala. Aún jadea. Sus manos sudorosas no quieren soltar el mando de la consola, aunque el Game Over titile con sarcasmo, hace rato, en la pantalla. Se pregunta si debe rendirse, poner mejor el FIFA 21, alguna serie en Netflix o salir de ahí (e irse de fiesta, de crucero… ¡qué sé yo qué puede hacer un dios en su retiro!). Pero Wiracocha es necio, picón y no se deja. Acomoda el cojín en su espalda y vuelve a pulsar los botones desgastados, dispuesto a jugar otros doscientos años más.
 


 
 
Este texto quedó 2do. en el I Concurso de Microrrelato del Coloquio de Estudiantes de Literatura de la PUCP, cuya temática debía abordar el bicentenario de la independencia. Más en https://www.facebook.com/coloqliteratura/photos/a.265901930175913/3601113943321345/

Pablo Ignacio Chacón

 


[CORONARRELATO]
 
Sábado en la noche. Oigo risas, vasos que chocan, música bailable. Me asomo por la ventana, con el rencor de quien sí respeta cuarentenas. Pero no veo siluetas que se mueven, ni balcones encendidos ni rastro alguno de jarana.
 
Otra vez están penando las almas de las fiestas.
 
 
 
 
Pablo ignacio Chacón

 

[MICRORRELATO]

 

Aún era temprano cuando los niños regresaron a la carpa. Ya no pude dormir más.

—Papá, ¡alguien ha caído de un avión!
 
A regañadientes, me dejé guiar por ellos hasta el centro de la playa en donde había un cráter del que sobresalían, como mástiles, dos peludas pantorrillas. Como los dedos de los pies aún se movían, empezamos a cavar para liberar al resto del cuerpo, sorprendidos por la ausencia de sangre o de vísceras desparramadas. Cuando llegamos a la altura de la cabeza, el pobre tipo volvió en sí, tosiendo arena e impregnándonos su hedor a cañazo. Le preguntamos si estaba bien, mientras lo ayudábamos a sacudirse. Entonces gruñó, intentó golpearme y nos acusó de querer robarle. Luego me abrazó y lloró sobre mi hombro, repitiendo el nombre de alguien que "ya no lo quería". Tras darle algunas palmaditas en la espalda y un poco de agua, se calmó y dijo que tenía que marcharse. Lo acompañamos hasta la carretera, en donde estuvo tirando dedo media hora. Aunque pararon algunos carros, ningún chofer quiso llevarlo, no sé si por lo extraordinario de su aspecto o porque nadie sabía cómo llegar hasta la dirección que repetía. Resignado, se puso a caminar por el asfalto, rumbo al sur, arrastrando sus alas rotas y excesivas.
 
 
 
Pablo Ignacio Chacón

[RELATO] 

  • Alqu era marrón y plomo. Tenía un ojo chueco. Me hacía reír. Ladraba poco. Cada vez que yo llegaba del colegio, él brincaba como loco. No lo sacaba a pasear todas las tardes, pero, cuando salíamos, éramos inagotables: La pelota, el palito, rodarme por el suelo, hacerme el muerto y turnarnos para perseguirnos. Y cuando me cansaba, lo soltaba en la berma central de la avenida para que corriera a su gusto. Mamá decía: No es prudente, pasan carros, ten cuidado. No te preocupes, le respondía, Alqu sabe bien en dónde acaban los jardines y en donde empieza el peligro. Así que no fue culpa de mamá, ni de Alqu, ni del Toyota rojo.

 [RELATO] 



Gritando entraban y se me lanzaban al sillón, como si yo fuera una piscina. Y así, medio asfixiada, los trataba de besar y, de puros nervios, me esquivaban, se reían, qué grande estás, crecen rapidísimo, ¿no Irma?, sí mamá; éste ha sacado tu sonrisa, éste tiene la barbilla de su abuelo y, ahí no más, ya no aguantaba y les hacía cosquillas para que se bajen. Y se escurrían, carcajéandose y se iban correteando al jardincito. Yo pensaba en el croto (que ya no le saquen hojas), en las begonias (que no me las vuelvan a pisotear) y en el ciprés enano (que me arrancaron una vez, ¿te conté ésa?: ¡creyeron que era la punta de un árbol de navidad enterrado!). Y también pensaba en que era mejor que se quedaran allá afuera porque, si no, regresarían a la sala a meterse con mis cosas. Me han quebrado una lámpara, platitos de postre, vasos (hasta los de plástico), la tetera china, el plafón del comedor y un día, casi casi, me vuelcan la urna de Daniel. Terribles. Todo rompen.

Y mi hija: no te preocupes mamá, yo te lo pago.

Y el muerto de hambre de su marido:  no se preocupe, yo se lo arreglo, suegrita.

Y yo: tienen que aprender, están muy enrgreídos, hay que enseñarles a ser cuidadosos.

Y ella (suspirando): Rafito, Leoncio, Manolo, vengan para acá, discúlpense con la abuelita.

Y venían, caralargas ("perdón abu"), fingidos, ("no lo vuelvo a hacer"), penitentes ("me voy a portar bien"), para que el trámite se abrevie y la vieja de mierda los suelte rapidito. Y, allí no más, volvían al jardincito, caminando despacio (los bandidos), haciéndose los angelitos (los jijunas), susurrando y, al ratito, ya estaban otra vez berreando y persiguiéndose y ¡chan!, la maceta; y ¡chan!, rayando el muro; y ¡chan!, pegándose o metiéndose cabe o haciéndose llorar, uno acusando, el otro desmintiendo, el otro azuzando, tú empezaste, mentiroso, yo te vi, ya vas a ver, ¡ya no peleen!, sí papá, a gritos todo. Y yo — para adentro—: sonríe, nomás, lo estás haciendo bien, máximo una hora y se largan.

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Autor

Pablo Ignacio Chacón

Pablo Ignacio Chacón

Soy autor de "Los perseguidores" (cuentos) y "Juanito Trapelas" (microrrelatos). En 2017 gané el Concurso de Microrrelatos de la Casa de la Literatura Peruana. Fui finalista en el Concurso Internacional de Cuento Juan Rulfo (2011), el Concurso Bonaventuriano de Cuento de (2015) y dos veces en la Bienal de Cuento Premio Copé (2000 y 2022).

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