Desde mi asiento junto a la ventana miro, casi sin mirar, a los que van subiendo al bus. No me fijo en quiénes son ni en cómo son, porque estoy muy concentrado peleando conmigo. Es que acaba noviembre y empieza esa involuntaria temporada de balances de fin de año. Que lo que hice. Que lo que no hice. Lo que dejé a medias. Que por qué no hice esto, que el proximo año será, sin falta, que debes dejar de perder el tiempo, que así no vas a hacerte nunca millonario, busca un editor para tu libro, escribe algo nuevo para el blog, pide ayuda, haz esa llamada. Y estoy así, dándome de alma, como cada fin de año, cuando distingo un estuche de violín junto a la puerta plegable de adelante. Lo carga un veinteañero melenudo que lleva un abrigo largo y excesivo para el calorcito que ha empezado hace unos días. Pienso: estudiante de música, aún iluso, tan imbuido en su arte que vive al margen del clima, los horarios y las barbaridades que nos gobiernan a los que ya tiramos la toalla. Siento, también, nostalgia envidiosa. Me recuerdo a esa edad (¿22?) yendo por las calles con un estuche muchísimo más grande —que contenía un teclado de cuatro octavas—, esperando a que pase un bus medio vacío en el que pudiera ir, sin estorbar demasiado, a la sala de ensayo en donde jugaría un rato con el resto de mi banda. ¿Y este violinista a dónde va? ¿Tendrá una banda? ¿un cuarteto de cuerdas? ¿irá a ensayar con la sinfónica? ¿o es un músico ambulante que necesita unas monedas? Naaaa. Eso no. El timbre de un violín no puede competir con la bullaza de los buses, apto apta apenas para las guitarras, las zampoñas, los charangos o lo que sea que aborde con cable y amplificador. Además, el chico paga su pasaje y los músicos ambulantes, como máximo, piden la indulgencia del chofer antes de mandarse un recital. Así que, perdido el interés, vuelvo a pegar mi cabeza al vidrio, para seguir recriminándome... ¿en qué estaba? Ah: en lo mal que está todo. En los portazos que dejé que me dieran en la cara. En mi ineptitud para reparar mis rajaduras. Y estoy ahí, engolosinándome en mi mierda cuando noto, de reojo, que el patita del violín no se ha sentado todavía y que, tratando de no perder el equilibrio, abre el estuche muy despacio, como si le doliera. Levanta la cara, posa el mentón en la barbada, levanta el arco con dos dedos, cierra el estuche con el codo y empieza a mover la boca. ¿Está diciendo algo? Sí. Habla, pero no lo parece, quizá porque está mal de la garganta o esta es la primera vez que se dirige a los pasajeros de un bus limeño viernes por la tarde. Si yo consigo distinguir sus palabras tenues es solo porque está a tres asientos de mi sitio, pero dudo mucho que se enteren los que conversan, fuerte y claro, más atrás. Ceremonioso, anuncia que tocará música europea. Anuncia una de Bach. Bach en micro. Esto es nuevo, me digo, tienes toda mi atención, le digo, mentalmente, así descanso un poco de golpearme o vuelvo luego, con más fuerza. Quién sabe, a lo mejor es un virtuoso y vale la pena escucharlo. Pero no. Lo que sale de su instrumento es una tonada simplona, poco elaborada, casi un ejercicio estudiantil. Para colmo una de las cuerdas parece estar desafinada. Y la potencia de su melodía es incapaz de superar a la de las bocinas que se meten por las ventanas, a las risotadas que intercambian los del fondo y al barullo tembleque del motor.
Me han espoileado Drácula toda la vida. La culpa es, en primer término, de las películas: La de Coppola la he visto cinco veces, fascinado. La de Murnau, dos (Datazo: No vean la versión sin musiquita porque parece durar el doble de tiempo). La de Herzog, también dos (esa sí da miedo). Y, claro, también esos bodrios efectistas con Christopher Lee en donde el único interés radicaba en responder a la pregunta de rigor: ¿Cómo lo matarán esta vez? También han puesto de su parte los dibujos animados: Hay un capítulo ya-no-ya de la Pantera Rosa en el que esta se refugia en el castillo de un vampiro (y al encontrar el ataúd en el sótano hace un hueco y lo entierra, para estupor de todas las ratas y la ira del vampiro). Ah, también está el Conde Pátula, que vivía con su nana. Y los videojuegos (me envicié con el Castelvania de Super Nintendo en una época, uno de los pocos juegos yucas que logré ganar), los disfraces de Halloween, el Conde Contar... En fin... Por todo lados hay vampiros. Incluso, a veces, se "te aparece alguno" en la vida real (no, no voy a hablar de ti). Pequeña historia: Hace siglos trabajaba en el Centro Cívico, cuando todavía era una ruina mugrosa llena de oficinas de gobierno y no el infame centro comercial que es ahora. A veces, cuando salía muy tarde por la noche y recorría ese pasadizo largo al aire libre que conecta Garcilaso con Paseo de la República, miraba hacia las altísimas columnas de concreto y ahí veía, revoloteando, unos murciélagos pequeños, haciendo esos movimientos angulosos tan distintos -y, por eso, tan perturbadores- de los de las aves... Una vez uno de ellos bajó hacia donde yo estaba y, aunque sabía de sobra que era un bicho herbívoro o insectívoro, "algo", muy primitivo, muy infantil, me estremeció. Y, aunque no lo hice (porque me reí nervioso de solo pensarlo) se me ocurrió que debería taparme el cuello... Uf, ya, por fin confesé ese trauma que me torturaba.
Así, resulta curioso cómo algunas obras literarias, que nunca has leído, pero que han inundado la cultura popular de manera gradual y poco obvia, pueden tener influencia en tu modo de ver al mundo (y a unos inofensivos animalitos, tan escasos en Lima como los políticos honestos). Pienso que Drácula es un pedacito (entre millones) de mis traumas y de mis fantasías, por lo que leer el best seller de Abraham (Bram, para los amigos) Stoker podía ser algo así como indagar en uno mismo...
Es el ambiente más grande de este piso. Iluminación uniforme, 21 grados en el aire acondicionado, olor a ambientador de lavanda, mesas largas paralelas, muchos cables bien disimulados y unas 30 personas sentadas en sillas de colores, concentradas en su trabajo. Unos analizan, otros programan, otros planifican, otros -los menos- administran. O eso es lo que aparentan hacer. Cualquier observador que pasara por aquí diría: "Oh sí, cómo trabajan, qué concentrados y diligentes". ¿Será cierto? No puedo hablar por lo demás. Aunque mi estatus es un poco diferente al del resto (soy un consultor externo, sin horario) en la práctica y casi sin darme cuenta, me he ido volviendo parte del staff regular, porque las rutinas de oficina son contagiosas, impositivas, inevitables: Llego a primera hora, almuerzo a la hora que todos almuerzan y he llenado mi cajón de cosas impropias de un empleo portátil: Mi cepillo y mi pasta de dientes, un cargador de celular que permanece aquí, el reglamento de la ley de contrataciones del estado, miles de papeles... ¿Cómo llegamos a esto? Inicialmente mi trabajo era vigilar el cumplimiento de ciertos contratos de tecnología que esta empresa tiene con el estado. Fácil: Coaching al equipo a cargo, validación de gantts, organización de proyectos, encabezar las reuniones con los burócratas clientes, negociar alguna adenda, etcétera. Pero el equipo ha ido abandonando el barco de manera progresiva (por razones de las que soy inocente) y, en la práctica, he terminado haciéndome cargo de toda la gestión. Una situación temporal que, como todo lo que es temporal en mi Perú, se eterniza. Por eso es que hace meses ya no parezco consultor externo y he dejado de desentonar aquí. Mi aspecto se ha uniformizado con el del resto: Inclinado sobre mi laptop, hablando poco, concentrado en las urgencias del día a día. Hoy, por ejemplo, tengo que resolver un impasse en un contrato con Sedapal y preparar un informe para el Ministerio de Economía. Pero, aunque parece que estoy concentrado en eso, aunque parezco igual a todos, no estoy haciendo lo que debería hacer.
Voy a abrir una hoja de cálculo. Esta servirá. El contenido no importa, sino que sea indescifrable para cualquier ojo que se dirija a mi pantalla. Que, desde lejos, solo se note que tiene tablas con datos y números, registros: que parezca un archivo de trabajo. Que todos crean que estoy trabajando. Bien. Ahora abriré un procesador de texto sencillo y redimensionaré la ventana correspondiente hasta que calce, casi perfectamente, con los márgenes de la columna C de la hoja de cálculo, de manera que, desde lejos, parezca que son un solo archivo y no dos. Y eso es todo. Ahora puedo dedicarme a lo que es verdaderamente mío, sin despertar sospechas.
¿Qué escribiré? Cualquier cosa que me permita salirme, por un rato, del malsonante ritmo corporativo, de la ansiedad de los cronogramas, de la incompetencia de mis proveedores, de los caprichos de los gerentes... Por ejemplo: un grupo de versos impublicables sobre un inesperado encuentro en el bus atestado que me trajo aquí. O una crónica aburrida de los aspectos menos formales de la reunión que tuve hace dos días con el gerente general. O el borrador de un cuento que hace tiempo me revolotea en la cabeza y que olvidaré pronto si es no lo anoto en alguna parte. O líneas divagantes, como éstas, que describan un poco el momento que estoy viviendo, desaprovechando estúpidamente las ventajas formales de mi horario, cuando debería ir a la oficina del gerente a decirle "no me contrataste para esto" o "me aumentas o me voy". Líneas que a lo mejor serán borradas dentro de un rato -porque recibí la llamada de un cliente, porque decidí terminar mis pendientes, porque salí huyendo de aquí- o que, a lo mejor, conservo junto con todos esos otros fragmentos de texto que se me han ido desgajando en los últimos meses en esta misma sala y que almaceno en un disco duro virtual, lejos de mí y a salvo de esos arrebatos que a veces tengo y que me obligan a borrarlo todo. Para que así, mañana o el día en que evoque esta época en que tenía que ganarme los frejoles haciendo cosas que odiaba hacer quede, por lo menos, alguna evidencia de que aquí también, en el pedazo de mundo en donde yo soy menos yo, trataba de hacer algo que valiera la pena.
La lucha entre un anciano y un pez espada gigante, en el mar de Cuba, podría haber sido el típico relato de un pescador que agranda su hazaña (y las dimensiones de su presa) para ganarse los aplausos y la envidia de sus oyentes. Si sólo hubiera estado "bien contada" no hubiéramos tenido más remedio que aceptarla, aunque levantando la ceja y dudando de su verosimilitud. Pero, como escritor, ¿qué haces para que una historia así sea creíble? ¿Qué haces para que un personaje, físicamente disminuido, sin alimentos ni agua y sometido a los caprichos de los elementos, pueda enfrentarse con éxito a monstruos que son más grandes que su bote sin que digas "naaaaaa, eso no puede pasar"? Después de mucho tiempo he releído El viejo y el mar -ese tipo que libro que todos quisiéramos escribir- buscando alguna idea de respuesta.
Faltan dieciocho minutos.... trece... cuatro... Ya. Oficialmente es media mañana y no se verá tan mal que abandones tu sitio un rato. No usarás los ascensores: Vas a bajar los ocho pisos por las escaleras, para que el proceso de salir de la burbuja de aire acondicionado que te protege y te da de comer, sea gradual y poco traumático. Afuera hace calor. Cruzarás la calle hacia el parque, le comprarás a la señora del kiosco un paquete de galletas integrales y, mientras te las comes, caminarás alrededor del monumento, pisando las hojas crujientes que han caído de los árboles que te cubren del solazo, mientras espantas a las palomas que picotean tus huellas para robarse las migajas que se te caen de la boca. Mirarás tu reloj y te darás cuenta de que ya han pasado casi diez minutos, que te estás demorando demasiado, de que tienes que volver al edificio para seguir trabajando y, sobre todo, aparentar que lo haces. Y subirás por el ascensor, y te sentarás de nuevo en frente de tu computadora y mirarás el reloj cada cinco minutos para saber cuánto tiempo falta para que sean las doce y treinta y puedas bajar de nuevo para ir a uno de los localcitos de Chinchón para escoger tu entrada y tu segundo y comer, rápido, no más, no vaya a ser que se te pase la hora, y pagar y salir y dar una vuelta al parque para los eructos y volver a subir los ocho pisos para sentarte en frente de tu máquina y empezar a mirar tu reloj cada dos por tres hasta que sean las cuatro para decirles a todos que vas por un café o un chocolate (o solo a dar otra vuelta por el parque), rápido, no más, y subir y sentarte de nuevo y mirar el reloj para saber cuánto falta para las seis. Y cuando sean las seis te darás cuenta de que aún no puedes irte porque lo que tenías que terminar hoy (que no has terminado por tus galletas y tus menúes y tu chocolate y tu maldita incapacidad para organizarte) aún no está terminado y te harás preguntas impertinentes sobre tu vida y tus años y tus proyectos personales que te harán perder aún más tiempo y luego de eficientísimas dos horas más, cerrados por fin todos los pendientes, bajarás (esta vez sí por el ascensor, pues ya no jalas) y te apurarás para ver si encuentras rápidamente un carro no demasiado lleno que te pueda llevar sin demasiados empujones y apretones hasta tu casa durante hora y media, más o menos, para llegar, tirar tus llaves sobre la mesa, lavarte las manos, tomar un vaso de agua, abrir una lata de atún, masticar rápido y lavarte los dientes y arrojarte a tu cama eructando con la idea de leer algo y quedarte dormido sobre el libro que llevas tres meses sin avanzar y despertarte seis horas después para bañarte vestirte desayunar lavarte caminar paradero bus pagar sudar viajar sudar llegar sudar firmar sudar sentarte, prender tu computadora y continuarlo todo donde lo dejaste ayer mientras te dejas arrullar por la burbuja de aire acondicionado que te atonta y te enlentece pero te salva del verano y del hambre, antes de empezar a mirar el reloj para saber cuántos minutos faltan para lo del parque y las galletitas.
Aunque de tramas muy distintas, hay una sorprendente coherencia entre los relatos que componen La Horda Primitiva. Todos los textos son de corte realista. Sus personajes viven en un contexto urbano o proceden de uno. Su "lucha" principal suele enfocarse en las presiones del entorno. Y la tentación de dejar de luchar y resignarse, atormenta a sus personajes, como si fuera la única salida a sus problemas.


| Las mujeres que se salen de lo "socialmente esperado" y que deben soportar "las miradas clavadas en su espalda" (como le pasa a la protagonista del cuento "Dime sí") son recurrentes en esta colección de relatos. |
—¿Cuál fue su descubrimiento literario del año?
La pregunta de Javier no se refería a ninguna novedad editorial sino a aquel libro o autor del que no tenías ninguna referencia previa y que, casi por casualidad, empezaste a leer y no te defraudó. Yasser mencionó "Antes que anochezca" , de Reynaldo Arenas. Johan mencionó a un cronista (de cuyo nombre no me acuerdo en este momento). Y el mismo Javier habló de Chinua Achebe con el estusiasmo de un poseso. Yo me sentí avergonzado porque mis escasas lecturas del último año habían sido menos arriesgadas. O bien me había ido "por lo seguro" (Tolstoi, Carver o Bellatín) o guiado por recomendaciones (Richard Parra, García Falcón). Y entonces recordé que sí que tuve un "descubrimiento" deslumbrante en el 2017... solo que éste no tenía nada que ver con la literatura de ficción...
El autor que mencioné era Oliver Sacks. Yo no sabía nada de él hasta que leí en la prensa de 2015 unos artículos en los que este neurólogo británico contaba cómo se estaba preparando para morir (pues sabía que le quedaban pocos meses de vida). Me quedé tan impactado por la lucidez y fría emoción de esos textos, que exploré su biografía, llena de elementos novelescos, y descubrí que era un famoso escritor de best sellers de divulgación científica. Curioso, me bajé una copia pirata de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, uno de sus libros más celebrados, en el que cada capítulo está enfocado en el caso de un paciente distinto y en la relación profesional que el médico establece con cada uno. El archivo se quedó escondido en mi tablet hasta que, por casualidad, lo reencontré el año pasado.
Me salen otros gallos y vuelvo a pensar que no soy el mismo de antes. Terco, cambio la forma en que respiro e intento impostar la voz. Pero suelto otro cacareo y decido callarme un rato para evitar la afonía. Miro a mi alrededor y no veo a mis amigos. A mi lado está, más bien, un hombre sesentón que camina silencioso con una cartulina que dice algo sobre la justicia. Al frente, un grupo de chicas que dan saltos sobre la pista con una pancarta en la que el presidente aparece con cuerpo de ratón. Y, a dos personas a mi derecha, hay un tipo sudoroso con un megáfono averiado. Grita inútilmente una frase por el auricular. Se me ocurre que debería decirle que el aparato no funciona pero, se le ve tan contento declamando que no me atrevo a importunarlo... Miro detrás de mí. Busco las cabezas de Javier o de Manuel y los veo a diez metros, delante de unas banderas. Me detengo para esperarlos. La multitud avanza. Cada minuto que pasa, una voz distinta propone una frase y el resto de personas que está cerca, repite, siete u ocho veces, sus palabras, hasta que el estruendo empieza a extinguirse y otro entusiasta, cualquiera, toma la posta. En una de esas, siento que es mi turno. Curvo mis manos sobre la boca, y suelto, con todas mis fuerzas, el estribillo poco elegante pero rimador, que el tipo sudoroso estaba gritando. Esta vez no me salen gallos.
Pe Pe Ká decía
que no lo indultaría.
Mentira, mentira.
La misma porquería.
Varios me imitan. Felizmente lo hacen, porque tropiezo con uno de los baches de la Avenida Grau y tengo que dejar los lemas políticos para concentrarme en no caerme. Mi garganta no es la misma, está claro. Pero mi torpeza es la de siempre. Y eso me reanima. Me rejuvenece.
Comparaciones
Torpe fui en la primera manifestación política en la que participé, hace 22 años. Me acuerdo de que, luego de un plantón frente al Congreso, crucé la avenida Abancay con mis compañeros de la universidad, de manera tan descuidada, que un Volkswagen que avanzaba lentamente, me embistió. Aunque estuve vendado y medio cojo por varios días, solo una semana después ya estaba marchando de nuevo, en una movilización mucho más grande, en la que grité varias de las palabras que estoy escuchado en esta noche de diciembre: Dignidad, pueblo, carajo... Otras similitudes me sorprenden: El apellido que más resuena en esta multitud, es el mismo que gritábamos en esos años, aunque en aquel tiempo nos cuidábamos mucho de los adjetivos que lo acompañaban, para evitar que la policía tuviera la excusa que buscaba para apalearnos. Incluso el asunto que nos congrega en esta noche no es más que una variación de lo mismo que nos hizo salir a la calles en junio de 1995. Entonces fue la liberación de un grupo de esbirros del fujimorato. Hoy, la del viejo exdictador. En ambos casos, la excusa oficial fue una palabrita prostituida por los políticos peruanos: reconciliación. Como si la concordia pudiera imponerse por decreto.
El escenario
Las locaciones son casi las mismas. El decorado, también: Rejas portátiles en las plazas, el brillo de los cascos y escudos de los guardias que nos escoltan, banderas peruanas, los sikuris de San Marcos, los desangelados cartelones de la Católica, los bombos, los muñecones con las caras de los políticos rechazados, los tipos que llevan letreros con los nombres de las víctimas (aunque ahora se han agregado sus fotos gigantes), sus parientes (22 años, más viejos pero igual de incansables), los grupitos compactos y los dispersos, las cartulinas de los apartidistas pintadas con tiza o con plumón, las manos que se mecen en el aire (abiertas o en puño) y la mirada serena del Libertador en la Plaza en la que casi siempre empieza todo.
Por supuesto, hay también cosas distintas. En el 95, uno de los inofensivos drones de los que hoy sobrevuelan nuestras cabezas, hubiera propiciado el pánico. Y el brillo de los celulares en cada mano, el asombro. Hoy abundan las camisetas de Paolo Guerrero, los vendedores de vinchas con lemas que denuncian la traición del presidente y que están impresos en diferentes colores (para calzar con el credo político de cada quien), los negocios están abiertos en todas las calles (algo impensable antes, porque todas las tiendas cerraban por miedo a las bombas lacrimógenas o el vandalismo) y el clima general, que no tiene nada de la tensión que nos acompañaba en los noventa. A ratos, más que una protesta, parece un paseo. En el 95 hubiera sido surrealista encontrarte en plena marcha con tu ex (como me acaba de ocurrir en el cruce de Wilson con 28 de Julio), con tu primer jefe (junto al Sheraton), o con un amigo del colegio que no ves hace muchísimos años (en frente del Palacio de Justicia). Sé, por lo que veo en mi móvil, que Walter (centro izquierda, amigo de la universidad) anda con un grupo más adelante y que Jorge (liberal, como yo, y ppkausa decepcionado), me estuvo esperando frente al Teatro Colón pero que decidió empezar a marchar por mi demora. Yo estoy caminando junto a los compañeros de un grupo literario: A Manuel (habitualmente apolítico) me lo encontré en la estación Canaval y Moreyra, viniendo para acá; Javier (socialista), que se nos unió con sus amigos en la Plaza San Martín. Sabemos que Cayre (de ideología indescifrable) anda con una gente de la Católica y Malena está marchando en primer fila. Johan, que no está en Lima, ha mandado sus fotos de una marcha equivalente que hay en Arequipa. No había forma, en el 95, de que te sintieras tan acompañado en una manifestación de protesta. Me siento casi seguro. ¿Cómo es posible? ¿Es que nos hemos ablandado? ¿Donde quedó esa tensión que volvió épicas nuestras pechadas con el poder? Antes había mucho miedo. Todos te disuadían de levantar una pancarta. No podías contarle a tus padres que estabas en estas movidas. Y te demorabas horas en convencer a uno de tus amigos para que te acompañe. Decir "No", decir "Justicia" en voz alta, decir "Ni olvido ni perdón", equivalía a ser fichado, a que tus conocidos se alejen de ti, a que alguien te denuncie. Si sabían que estabas en contra de las políticas del Chino, te decían prosenderista, terruco, rojo o cualquiera de esas cosas. Y cuando les contestabas que nada que ver, que tú eras liberal, se reían en tu cara, porque en ese tiempo el libre mercado era agua y los derechos humanos, aceite.
Historia de un pancarta
Ocurrió tras las elecciones de 1995. Fujimori había logrado una aplastante reelección y, en la resaca de su triunfo, su congreso constituyente aprobó -de madrugada, para que no aparezca en los diarios del día siguiente-, una Ley de Amnistía con la que dejaba en libertad a los integrantes del Grupo Colina, un escuadrón paramilitar que secuestró y asesinó a un grupo de estudiantes universitarios (Caso La Cantuta) y de provocar un baño de sangre en una pollada (Caso Barrios Altos). La ley, hecha en nombre de la manida "Reconciliación Nacional" generó una corriente de opinión (modesta y minoritaria, pues de esos temas se hablaba poco) contra una vulgar liberación de asesinos confesos y propició declaraciones de grupos de derechos humanos que exigían su derogación. Como yo andaba metido en el Centro Federado de la facultad, estuve al tanto de los contactos que se hicieron con otras universidades para que los estudiantes hicieran un pronunciamiento y me vi involucrado en la organización. Pedimos el consejo de algunos notables (un artista plástico, una congresista opositora recién elegida, alguna periodista, grupos de derechos humanos) y preparamos una manifestación sin participación de los políticos, pues la idea era desmarcarnos de ellos y enfocar el asunto como algo que le tocaba a la gente de la calle, algo de sentido común y de justicia.
La noche previa a la marcha principal, unos compañeros y yo quisimos hacer una pancarta. Conseguimos un buen pedazo de tela cuadrada blanca y la colocamos sobre el piso del patio de la Facultad de Letras para poder pintar sobre ella un mensaje con la pintura que nos habían regalado. No recuerdo qué escribimos, pero sí que denunciaba la injusticia de la ley de amnistía. Nos quedó bien. Pero cuando levantamos la tela para verla erguida, nos dimos cuenta de que parte de la pintura la había traspasado y se había quedado impregnada en el piso, como un mensaje poco legible pero —oh sacrilegio— rojo. Uno de los vigilantes de la universidad pasaba en ese momento por ahí. Vio la escena, retrocedió y gritó por su walkie talkie:
— Patio de Letras. Pintas subversivas en el patio de letras. Manden gente.
Los refuerzos llegaron pronto. Nos estaban tomando por simpatizantes senderistas. Nos costó varios minutos, horribles, convencerlos de que lo que había pasado tenía una explicación física y para nada política.
— Patio de Letras. Pintas subversivas en el patio de letras. Manden gente.
Los refuerzos llegaron pronto. Nos estaban tomando por simpatizantes senderistas. Nos costó varios minutos, horribles, convencerlos de que lo que había pasado tenía una explicación física y para nada política.
Y es que casi cualquier cosa en esa época era "sospechosa", incluso si eras un estudiante de clase media de una universidad privada. Por eso, en los días previos, algunos del grupo de organizadores (entre los que recuerdo a Alejandra Alayza y a Alberto Castro) habíamos conversado con algunas de las autoridades de la institución para explicarles que no apoyábamos a ningún partido y que, como estudiantes, solo queríamos pedir que se derogue una ley terrible aprobada al caballazo. Unos patas de la facultad de derecho gestionaron el apoyo de varios egresados para que defendieran a cualquier posible arrestado en la movilización. Y, con nuestros compañeros de Ciencias, organizamos un piquete de seguridad que incluía a los más grandulones de la universidad, para que nos mantuvieran a salvo de los saboteadores. Pero contra los rumores que desalentaban a los posibles participantes, no podíamos hacer mucho. Se decía que el permiso que nos había dado la prefectura iba a ser revocado. Que agentes del Servicio de Inteligencia nos habían infiltrado. Que detonarían una bomba en la universidad para sabotear la movilización (de hecho, un petardo fue reventado en esas fechas). Alberto me habló de una camioneta que lo seguía en las noches. Y yo empecé a ver carros acosadores en todas partes. Había miedo. Mucho. Dimos entrevistas en la radio e hicimos una micro conferencia de prensa en las gradas del Palacio de Justicia, entre la desconfianza y la burla de amistades y allegados. Evidentemente descuidé mis estudios en esas semanas, pero tenía la idea —ingenua, absurda— de que hacer esto era más importante. Así llegó el viernes 23 de junio. A medio día era la pre-concentración en el tontódromo de la Católica. Fue deprimente estar ahí: no más de veinte participantes. Entonces, a alguien se le ocurrió la idea de caminar por todo el Fundo Pando, golpeateando suavemente el bombo que había llevado un barrista de Universitario de Deportes. Durante ese pregón, nadie mostró ninguna pancarta, como si fuéramos una procesión fúnebre o religiosa, sin decir ni una palabra. Pasamos en frente de las cafeterías, por la puerta de las facultades, por los estacionamientos y, cuando media hora después, salimos del Campus para encontrarnos con nuestros compañeros de San Marcos, ya éramos un manchón. Mi pancarta blanca encontró portadores entusiastas y a mi me tocó ser del grupito que se turnaba el megáfono para elaborar las consignas.
Tuvimos que autocensurarnos un poco, evitando frases agresivas o mencionar explícitamente al dictador, usando más bien palabras como justicia y paz. No queríamos darle excusas al rochabús que nos seguía (bien pegadito a la retaguardia del grupo) para que se desquite con nosotros. Nuestro destino era la Plaza Francia, en donde hora y media después nos encontramos con los familiares de los estudiantes asesinados y algunas organizaciones de derechos humanos para los discursos de rigor. Aunque era improbable que nuestra movilización cambiara las cosas, confieso que yo creí que algo lograríamos. Quizá algún congresista de la mayoría entendía el punto. Quizá convenceríamos a la prensa para tocar más el tema. Quizá la gente que nos veía pasar, con indiferencia o desprecio por las calles, se quedaba pensando en lo que estábamos pidiendo. Pero la realidad es que defendíamos una causa poco popular ("si los han matado debe ser porque eran terrucos"), no había ninguna cobertura de prensa sobre nuestra movilización (pues la mitad de los medios ya se había vendido a los fajos de Montesinos y, los demás, no querían indisponerse con el recién reelegido gobernante) y a nadie, salvo a nuestros parientes, le hubiera importado que nos pasara algo. La prueba de ello eran las lágrimas que ese día nos contagiaron los hermanos y los padres de los estudiantes asesinados, cuando nos contaron todo lo que estaban pasando (hostigamiento, amenazas) por reclamar un mínimo de justicia. La arenga preferida a partir de ese momento, fue un clásico de las marchas de protesta: La sangre derramada / jamás será olvidada.
Tuvimos que autocensurarnos un poco, evitando frases agresivas o mencionar explícitamente al dictador, usando más bien palabras como justicia y paz. No queríamos darle excusas al rochabús que nos seguía (bien pegadito a la retaguardia del grupo) para que se desquite con nosotros. Nuestro destino era la Plaza Francia, en donde hora y media después nos encontramos con los familiares de los estudiantes asesinados y algunas organizaciones de derechos humanos para los discursos de rigor. Aunque era improbable que nuestra movilización cambiara las cosas, confieso que yo creí que algo lograríamos. Quizá algún congresista de la mayoría entendía el punto. Quizá convenceríamos a la prensa para tocar más el tema. Quizá la gente que nos veía pasar, con indiferencia o desprecio por las calles, se quedaba pensando en lo que estábamos pidiendo. Pero la realidad es que defendíamos una causa poco popular ("si los han matado debe ser porque eran terrucos"), no había ninguna cobertura de prensa sobre nuestra movilización (pues la mitad de los medios ya se había vendido a los fajos de Montesinos y, los demás, no querían indisponerse con el recién reelegido gobernante) y a nadie, salvo a nuestros parientes, le hubiera importado que nos pasara algo. La prueba de ello eran las lágrimas que ese día nos contagiaron los hermanos y los padres de los estudiantes asesinados, cuando nos contaron todo lo que estaban pasando (hostigamiento, amenazas) por reclamar un mínimo de justicia. La arenga preferida a partir de ese momento, fue un clásico de las marchas de protesta: La sangre derramada / jamás será olvidada.
Luego marchamos hacia el Congreso, entre el temor (Somos estudiantes / No somos terroristas) y la euforia (Pueblo, escucha / y únete a la lucha). Avanzamos por Camaná a Colmena y, rodeando la Plaza San Martín —donde se nos unieron grupitos de la Villareal, de la Garcilaso y hasta de la Pacífico— tomamos la Abancay entre abucheos y pocos aplausos de los transeúntes. Nos detuvimos en frente del Ministerio Público para lanzar arengas a la magistrada que, hasta hacía pocos días, estaba procesando a los liberados (Honor y dignidad: / Jueza Saquicuray ) . Y luego, en la plaza Bolívar, pusimos un montón de velas encendidas en el piso en memoria de los muertos. La pancarta blanca se quedó por ahí, notoriamente descosida, junto al monumento al otro Libertador. Pasaron muchas otras cosas en ese día, pero, en resumidas cuentas, puede decirse que la movilización fue pacífica (no hubo ningún incidente con la policía) y emotiva, a pesar de toda la bulla que hicimos. Para muchos de mi generación fue la primera marcha. Desde hacía años, primero por la violencia senderista y luego por la represión del estado, los estudiantes no salían a las calles. Pero lo mucho que nos impactó esa experiencia no se vio reflejado en los medios de comunicación y el resto del país ni se enteró. Eso me frustró y me hizo pisar la tierra. Años después, me consoló la idea de que esas jornadas sirvieron, al menos, como un "ensayo" de las masivas y más difundidas protestas estudiantiles del 97 y el 98. Pero de algún modo el tiempo le dio la razón a los que caminamos en ese día: Seis años después (cuando cayó el régimen) la Ley de Amnistía fue derogada y los criminales volvieron a la cárcel. Hoy ni siquiera los fujimoristas defienden la legalidad de la norma. En el mejor de los casos, es recordada como una torpeza de la dictadura. En el peor, como puro encubrimiento de asesinos. No reconocilió a nadie.
¿Entonces?
En la marcha de hoy no tengo un megáfono ni una pancarta ni soy parte de ningún grupo organizado. Las sensaciones son casi todas las mismas pero hay una que falta: el miedo. Será que estoy más viejo, que soy más conchudo o que, simplemente, se respira más tranquilidad. Está claro que, pese a todo, son tiempos mejores. Algunos dirán que el miedo a marchar se extinguió, precisamente, gracias a la pacificación contrasubversiva del fujimorato. Otros, que el peligro de participar en una marcha se ha diluido porque casi todos los asistentes cuentan hoy con una cámara en su celular y es muy fácil filmar cualquier exceso, abuso o sabotaje. Y otros dirán que, a diferencia de los noventas, no vivimos en una democracia de cartón, sino en una real, a pesar de todos sus defectos. Pero hoy, cuando puedes decir todo lo que quieras en las redes, cuando no necesitas abrir la boca para ser escuchado, cuando unos votos bien contados pueden resolver cualquier discrepancia, es inevitable que te preguntes ¿sirve de algo ir a marchar? ¿Lo haces solo para sentirte bien? ¿Acaso te sientes absurdamente superior a los que se quedaron en casa? ¿Lo haces para que Fujinski te devuelva tu voto? ¿Para que tus amigos comenten las fotos que colgaste en tu cuenta de Instagram con tu pancarta? ¿Para presumir que caminaste de noche por la Plaza Bolognesi? ¿Para poder decirle a tus hijos que no te quedaste de brazos cruzados cuando tu candidato te traicionó? ¿Porque crees que las manifestaciones cambian la historia? ¿Porque te encanta reventar el tráfico de la ciudad? ¿Porque estás lleno de odio-caviar-social-confuso-pichi-caca-pensamiento-gonzalo? ¿Porque eres un demócrata? No estoy seguro. Creo que la marcha en sí no resuelve nada. Pero algo siembra. Hace que se discuta, que se cuestione, que se comente, que se entienda. Pone los problemas en la agenda. Incomoda, pica y, por eso mismo, alienta la discusión. Y, tarde o temprano, empuja a un grupo mayor que el que participa en ella, a resolverlo.
Cuando pienso que la mayoría de esta gente (el sesentón que hizo en casa su pancarta , las chicas que construyeron un pepekarrata de cartón, el tipo del megáfono averiado o cualquiera de los miles que hay aquí), en vez de ir a su casa a ver televisión hoy jueves por la noche, de comer con la familia, salir con los amigos o acostarse temprano para ir a trabajar fresquito al día siguiente, en vez de hacer cualquiera de esas cosas, han ido al centro a gastar sus suelas y gargantas, junto con un montón de extraños de todas las edades, fachas y creencias que, como ellos, llegaron en su bus, su carro o sus dos piernas, como pudieron, a cambio de nada, para ir luego irse a dormir afónicos, cansados, con una rarísima sonrisa en los labios, como si hubieran hecho algo hermoso y trascendente, cuando veo todo eso, decía, entiendo que protestar también sirve para que no te sientas solo. Ni loco.
Cuando pienso que la mayoría de esta gente (el sesentón que hizo en casa su pancarta , las chicas que construyeron un pepekarrata de cartón, el tipo del megáfono averiado o cualquiera de los miles que hay aquí), en vez de ir a su casa a ver televisión hoy jueves por la noche, de comer con la familia, salir con los amigos o acostarse temprano para ir a trabajar fresquito al día siguiente, en vez de hacer cualquiera de esas cosas, han ido al centro a gastar sus suelas y gargantas, junto con un montón de extraños de todas las edades, fachas y creencias que, como ellos, llegaron en su bus, su carro o sus dos piernas, como pudieron, a cambio de nada, para ir luego irse a dormir afónicos, cansados, con una rarísima sonrisa en los labios, como si hubieran hecho algo hermoso y trascendente, cuando veo todo eso, decía, entiendo que protestar también sirve para que no te sientas solo. Ni loco.
Pablo Ignacio Chacón, 2017
[MICRORRELATO]
Mientras las demás consumíamos las tablas del piso y las vigas de madera, ella se empeñaba en hacer túneles entre los libros de la biblioteca. Empezó en los anaqueles inferiores, en donde estaban los clásicos más nutritivos, y llegó, meses después, a la fila superior, donde se quedó a vivir rodeada de best sellers de autoficción y otros textos chatarra. Por eso engordó tanto.
Mientras las demás consumíamos las tablas del piso y las vigas de madera, ella se empeñaba en hacer túneles entre los libros de la biblioteca. Empezó en los anaqueles inferiores, en donde estaban los clásicos más nutritivos, y llegó, meses después, a la fila superior, donde se quedó a vivir rodeada de best sellers de autoficción y otros textos chatarra. Por eso engordó tanto.
Los buenos libros que, previamente, había devorado la volvieron tan sabia y sensata que todas las termitas de la colonia empezamos a peregrinar hasta lo alto del librero para consultarle acerca de nuestros problemas personales y el sentido de la vida. Yo le pregunté por el futuro. “Todo se derrumbará”, me dijo, “porque nos estamos comiendo a nuestro mundo”.
Inspirada por sus palabras, decidí no alimentarme más con madera ni con libros. Ahora soy caníbal. Por eso me comí a la gorda.
Este texto ganó el II Concurso de Microrrelatos Bibliotecuento, de la Casa de la Literatura Peruana (2017). Más información en este enlace (Sí, ya sé que no salgo en las fotos ni en el video de la premiación, pero es que no asistí al evento porque no creí que pudiera ganar... Harta fe me tengo) .
Pablo Ignacio Chacón Blacker
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Autor

Pablo Ignacio Chacón
Soy autor de "Los perseguidores" (cuentos) y "Juanito Trapelas" (microrrelatos). En 2017 gané el Concurso de Microrrelatos de la Casa de la Literatura Peruana. Fui finalista en el Concurso Internacional de Cuento Juan Rulfo (2011), el Concurso Bonaventuriano de Cuento de (2015) y dos veces en la Bienal de Cuento Premio Copé (2000 y 2022).
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