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Montón de rocas
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Debería estar contento. He escuchado a un violinista de talla mundial tocar, de manera prácticamente perfecta, el Concierto para Violín de Alexandr Glazunov, acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN). El concertista israelí Vadim Gluzman, agradecido por la ovación que le brindó el público limeño al finalizar la pieza, se plantó en el escenario después de saludar tres veces y tocó, con el desparpajo de los maestros, la Gavota-Rondó de la Partita No. 3 de Bach. Esos tres minutos de música fueron casi el cielo en la tierra en una velada que tuvo su buena dosis de purgatorio y algunos momentos de infierno. No porque el resto del programa tuviera piezas inferiores (aunque para los entendidos no exista nada encima de Bach). Sino, porque ese fue el único momento en que Gluzman tocó solo. Es decir, sin la compañía de la orquesta, que tuvo una noche para el olvido.





El cardiólogo quiere detectar en qué momentos aparecen tus arritmias. Así que ordena que te instalen un aparatito externo que registrará en un chip todos tus latidos y que deberás usar por 24 horas. Es una cajita pequeña que te atan a la cintura y de la que salen varios cables que se cruzan por tu pecho. No suena, no vibra, no se recalienta. Parece inofensivo.... pero ¿lo es?
No importa si el relato es de horror, de aventuras o de misterio: Cada vez que un personaje de Poe se sube a un barco termina empapado.

Una de las muchas escenas memorables de la Narración de Arthur Gordon Pym. El bergantín Grampus ha naufragado y sobre el casco volcado sobreviven dos miembros de la tripulación. 

Hadji Murad, la última novela de Tolstói. 


Los chechenos del Caúcaso están en guerra contra el Imperio Ruso. Esa amenaza, en vez de unir a las tribus chechenas, exacerba sus luchas intestinas y los debilita frente a su enemigo común. Un buen día uno de los líderes chechenos, Hadji Murad, decide cambiar de bando y unirse a los rusos. ¿Por qué? ¿Se volvió loco? ¿O es un traidor a su patria? En otro contexto, su conducta sería vergonzosa. Pero en esta novela, basada en un hecho real, lo que hizo Murad era la única forma de mantener su honor intacto. 

La grandeza de esta historia va más allá de la crónica guerrera. Ya en el prólogo, a través de una maravillosa metáfora, el autor deja claras cuáles son sus intenciones:



Cuando empiezo a hablar refulgen los primeros flashes. Un camarógrafo sigue todos mis movimientos, como si importaran. Pero los tres tipos que conforman el jurado, que supuestamente deberían prestar atención a lo que estoy diciendo, siguen ignorándome, mirando las pantallas de sus laptops ¿Para esto me he matado ensayando?



De poco ha servido el mantenimiento que le doy. Ahora se sobrecalienta más que antes. Algo tendrá que ver el verano. Pero también el tiempo que lleva funcionando y el esfuerzo que hace por mi culpa. Cuando tengo que usar alguna aplicación en línea (de edición de videos, por ejemplo) o cargo más de dos programas locales, la máquina ruge y, si no cierro algunas pestañas, se apaga. 
Antes de convertirse en soldado Tolstoi tuvo un primer coqueteo con las armas cuando acompañó a su hermano mayor (que era teniente) a una misión militar en el Cáucaso, al sur de Rusia. Ahí tuvo su primer encuentro con los cosacos del valle del río Terek (entre las actuales repúblicas rusas de Osetia del Norte y Chechenia) e incluso se enamoró de una mujer cosaca de nombre Marianka. Esta experiencia lo llevaría a escribir años después un texto ambientada en esa región y cuyo personaje femenino principal también se llama Marianka. Ella es uno de los vértices de un triángulo amoroso que completan un cosaco y un ruso recién llegado, que es un alter ego de autor. La novela, que es breve, se llama Los Cosacos.
Acechar y disparar, tanto en la caza como en la guerra, son las principales actividades de los protagonistas de "Los Cosacos".



El ventilador de pie está a su máxima potencia. Las hojas de la ventana, completamente abiertas. Las cortinas, bien cerradas con unos ganchos de ropa. No queremos que se abran porque, justo detrás, el sol le pega a todo lo que se mueve. Mi abuela acaba de terminar de hacer sus ejercicios, que consisten en mover los pies hacia arriba y hacia abajo, como si estuviera pataleando al borde del mar. De eso me acuerdo mucho... Yo correteaba en la playa y le decía que se metiera al mar con mi hermano mayor y conmigo. Pero ella nos decía, riéndose, que prefería mirarnos desde donde estaba sentada, en la orilla, pateando los residuos de las olas que llegaban hasta sus pies. Han pasado muchos veranos desde entonces. Hace varios que ella no va a la playa. Y en éste, con mayor razón.

Apuntes de lectura sobre Guerra y Paz.


A diferencia de lo que pasa cuando ves película o escuchas música,  en un libro tú pones la velocidad. Puedes regular el flujo, el ritmo, la  intensidad de lo que se te va metiendo en el cerebro mientras lees. No solo poner "pausa" las veces que quieras sino, sobre todo, rebobinar una escena de una manera que jamás podría ocurrir en un video. Porque cuando relees, pudes "ver" la escena de una manera distinta a como la imaginaste la primera vez. Con otros colores, otros ruidos de fondo, otra temperatura ambiental, con más o menos luz, con un olor particular, con las voces de los personajes más agudas o más roncas, más sensuales, mas odiosas... Y puedes hacer todo eso sin el texto deje de ser el mismo que leíste hace un rariro. Incluso puedes darte el lujo de retirar el libro de tu vista y quedarte mirando a la pared, o a la ventana o a la nuca del pasajero que sentado frente a ti en el bullanguero microbús que te lleva a otra horrible jornada laboral. Y pensar en la escena y reimaginarla desde otro ángulo o punto de vista y verte dentro de ella y participar de su paz o su violencia. Lo mejor de todo es que esa pausa para volar no es una interrupción a tu lectura. Es parte de ella. Es el poder libro, que coloniza el espacio que hay afuera de él, inundando -a veces por un raro, a veces para el resto de tu vida- el mundo real.
 
No he leído todo lo que quisiera. Y, mucho menos, todo lo que debería. Pero he tenido la suerte de experimentar esas sensaciones varias veces en libritos memorables. Pero admito que nunca me había pasado tantas veces con un solo libro. Hasta que leí este.

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Autor

Pablo Ignacio Chacón

Pablo Ignacio Chacón

Soy autor de "Los perseguidores" (cuentos) y "Juanito Trapelas" (microrrelatos). En 2017 gané el Concurso de Microrrelatos de la Casa de la Literatura Peruana. Fui finalista en el Concurso Internacional de Cuento Juan Rulfo (2011), el Concurso Bonaventuriano de Cuento de (2015) y dos veces en la Bienal de Cuento Premio Copé (2000 y 2022).

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