El ventilador de pie está a su máxima potencia. Las hojas de la ventana, completamente abiertas. Las cortinas, bien cerradas con unos ganchos de ropa. No queremos que se abran porque, justo detrás, el sol le pega a todo lo que se mueve. Mi abuela acaba de terminar de hacer sus ejercicios, que consisten en mover los pies hacia arriba y hacia abajo, como si estuviera pataleando al borde del mar. De eso me acuerdo mucho... Yo correteaba en la playa y le decía que se metiera al mar con mi hermano mayor y conmigo. Pero ella nos decía, riéndose, que prefería mirarnos desde donde estaba sentada, en la orilla, pateando los residuos de las olas que llegaban hasta sus pies. Han pasado muchos veranos desde entonces. Hace varios que ella no va a la playa. Y en éste, con mayor razón.
Apuntes de lectura sobre Guerra y Paz.
A
diferencia de lo que pasa cuando ves película o escuchas música, en un libro tú pones la velocidad. Puedes regular el flujo, el ritmo, la intensidad de lo que se te va metiendo en el cerebro mientras lees. No solo poner "pausa" las veces que quieras sino, sobre todo, rebobinar una escena
de una manera que jamás podría ocurrir en un video. Porque cuando relees, pudes "ver" la escena de una manera distinta a como la imaginaste la
primera vez. Con otros colores, otros ruidos de fondo, otra temperatura ambiental, con más o menos luz, con un olor particular, con las voces de los personajes más agudas o más roncas, más sensuales, mas odiosas... Y puedes hacer todo eso sin el texto deje de ser el mismo que leíste hace un rariro. Incluso puedes darte el lujo de retirar el libro de tu vista y quedarte mirando a la pared, o a la ventana o a la nuca del pasajero que sentado frente a ti en el bullanguero microbús que te lleva a otra horrible jornada laboral. Y pensar en la escena y reimaginarla desde otro ángulo o punto de vista y verte dentro de ella y participar de su paz o su violencia. Lo mejor de
todo es que esa pausa para volar no es una interrupción a tu
lectura. Es parte de ella. Es el poder libro, que coloniza el
espacio que hay afuera de él, inundando -a veces por un raro, a
veces para el resto de tu vida- el mundo real.
No he leído todo lo que quisiera. Y, mucho menos, todo lo que debería. Pero he tenido la suerte de experimentar esas
sensaciones varias veces en libritos memorables. Pero admito que nunca me había pasado tantas veces con un solo libro. Hasta que leí este.
Acerca de mi negligente lectura de Almas Muertas (Gogol), de su confianzudo narrador y del triste final de su autor.
Si hablas castellano hay algo que no debes hacer cuando te enfrentas una novela rusa: Dejar una pausa de varios días en la lectura. Y es que, como todos saben, en aquellas latitudes nadie se llama ni Hugo, ni Paco ni Luis y eso hace que el nombre de cualquier personaje resulte un poco más difícil de fijar en la memoria.
Esa lección me ha llevado a descubrir una curiosa estrategia, totalmente inconsciente, que empleo en este tipo de libros. La voy a explicar con un ejemplo: En la página x aparece un personaje llamado Vishneprokomov. Entonces mi mente, flojaza, en vez de leer "Vish-ne-pro-ko-mov" prefiere ahorrarse energías y tiempo y sustituir el nuevo término por un "apodo". Es por eso que a partir de ese momento identifico al mentado personaje sólo como "Vish". Y así, a medida que sigue apareciendo la palabra Vishneprokomov, sólo leo las cuatro primeras letras para identificarlo y nunca el resto. Funciona bien. Pero si interrumpo la lectura y la retomo, digamos, cinco días después, y vuelvo a enfrentarme a la bendita palabreja, ya me olvidé por completo del alias y no tengo la menor idea de a quién se refiere ni si es ésta su primera aparición en la trama ni si se trata de un personaje conocido o un error de la imprenta o de un defecto de mi visión... Y me veo obligado a regresar varias páginas atrás para situarme en el contexto o incluso revisar algún capítulo pasado... Y así mi experiencia lectora, que debería ser relajante y entretenida, se convierte en algo pesado. Todo por no leer de corrido. Y me pongo saltón y refunfuño y termino echándole la culpa al autor de "hacérmela difícil" y abandono el trabalenguas una vez más.
Con Almas Muertas de Gogol me ocurrió eso pero, además, tuve que cambiar la versión del libro que estaba leyendo porque tenía muchos problemas de escaneado (sí, era una versión pirata y muchas palabras aparecían equivocadas) y la otra que conseguí tenía una traducción distinta,. Y ¿qué creen? Todos los nombres propios estaban escritos de forma diferente (porque, por ejemplo, Tschichikof se convirtió en Chichikov,) así que mis apodos ya no servían. Con todo eso, no es extraño que me haya demorado demasiado en terminar una novela que ni es muy larga ni es complicada. Pero ¿valió la pena? Sí.
Si hablas castellano hay algo que no debes hacer cuando te enfrentas una novela rusa: Dejar una pausa de varios días en la lectura. Y es que, como todos saben, en aquellas latitudes nadie se llama ni Hugo, ni Paco ni Luis y eso hace que el nombre de cualquier personaje resulte un poco más difícil de fijar en la memoria.
Esa lección me ha llevado a descubrir una curiosa estrategia, totalmente inconsciente, que empleo en este tipo de libros. La voy a explicar con un ejemplo: En la página x aparece un personaje llamado Vishneprokomov. Entonces mi mente, flojaza, en vez de leer "Vish-ne-pro-ko-mov" prefiere ahorrarse energías y tiempo y sustituir el nuevo término por un "apodo". Es por eso que a partir de ese momento identifico al mentado personaje sólo como "Vish". Y así, a medida que sigue apareciendo la palabra Vishneprokomov, sólo leo las cuatro primeras letras para identificarlo y nunca el resto. Funciona bien. Pero si interrumpo la lectura y la retomo, digamos, cinco días después, y vuelvo a enfrentarme a la bendita palabreja, ya me olvidé por completo del alias y no tengo la menor idea de a quién se refiere ni si es ésta su primera aparición en la trama ni si se trata de un personaje conocido o un error de la imprenta o de un defecto de mi visión... Y me veo obligado a regresar varias páginas atrás para situarme en el contexto o incluso revisar algún capítulo pasado... Y así mi experiencia lectora, que debería ser relajante y entretenida, se convierte en algo pesado. Todo por no leer de corrido. Y me pongo saltón y refunfuño y termino echándole la culpa al autor de "hacérmela difícil" y abandono el trabalenguas una vez más.
Con Almas Muertas de Gogol me ocurrió eso pero, además, tuve que cambiar la versión del libro que estaba leyendo porque tenía muchos problemas de escaneado (sí, era una versión pirata y muchas palabras aparecían equivocadas) y la otra que conseguí tenía una traducción distinta,. Y ¿qué creen? Todos los nombres propios estaban escritos de forma diferente (porque, por ejemplo, Tschichikof se convirtió en Chichikov,) así que mis apodos ya no servían. Con todo eso, no es extraño que me haya demorado demasiado en terminar una novela que ni es muy larga ni es complicada. Pero ¿valió la pena? Sí.
A veces, cuando viajo en bus sin radio (sí,existen), cuando miro al techo en las noches de insomnio, o cuando hago una caminata nocturna para bajar una comilona brutal, se me da por hacer listas mentales de asuntos que no tienen ninguna importancia. Uno de esos jueguitos consiste en preguntarme qué música escogería para distraerme si quedara abandonado en una isla desierta sólo con un reproductor de música (con batería solares). La lista no puede exceder las cinco o diez piezas. Todas las listas de preferencias que haces (de comidas, lugares, películas, viajes y de eso que estás pensando) van cambiando a lo largo del tiempo a medida que vives nuevas cosas (es decir, a medida que envejeces). Es lo normal. Pero en el caso de la música hay una pieza que desde siempre se encuentra en los primeros lugares de mi ranking.
Muchos tenemos el defecto... o la virtud... o la peculiaridad (éso, lo tibio es lo más falso pero lo menos complicado también) de tomar hechos claramente inconexos entre sí y crear entre ellos una relación que los dote de sentido. Un ejemplo simpático de ello es lo que me ocurrió a fines de mayo, un domingo soleado por la mañana. Andaba por la Plaza de Armas y me sorprendió encontrarme con una interesante mezcla de tradiciones. Por el jirón Carabaya, frente a la catedral, avanzaba lentamente una ruidosa y festiva multitud. Al frente de ella había una banda de músicos armados de saxos, tubas y trompetas que tocaban un carnaval al ritmo de un bombo. Contorneándose alrededor de ellos había una docena de bailarinas, con la clásica minifalda y el sombrerito pequeño de las fiestas puneñas. Más allá una grupo de sikuris con sus gorros rojos de penachos amarillos, tocando una música muy diferente con sus enormes zampoñas mientras hacían sus propias cabriolas sobre sí mismos.Y doblando la esquina había comparsas de caporales llenos de charreteras doradas y todo tipo de accesorios estrambóticos. Las pancartas que portaban explicaban el jolgorio: Era una celebración por el aniversario de Unicachi (un distrito de Puno del que procede una importante comunidad de comerciantes en Lima). Pues bien, hasta ahí lo típico, lo que suele verse en cualquier fiesta patronal peruana. Lo curioso es que en ese preciso momento entraba a la plaza por el jirón Junín otra procesión, una más pequeña, que no tenía nada que ver con la otra y cuyos integrantes tenían trajes largos y sobrios, cubiertos de mantos blancos y adornados con crucecitas metálicas. Tenían su propia banda de músicos, que tocaba una marcha lenta y tristona, a cuyo compás un grupo de cargadores mecía una pesada anda religiosa (una cruz de madera abrigada con toda clase de telas y colgajos). Liderando la procesión iba un grupo de sahumadoras con mantillas de encaje que murmuraban algo sincronizadamente mientras otras personas arrojaban pétalos de flores sobre la imagen. Era la Santísima Cruz de Torrechayoc (una devoción de la provincia de Urubamba, en Cusco).
A 4 mil kilómetros de aquí ciertos hombres importantes están simulando que tratan de encontrar a un famoso delincuente que se ha escapado de prisión gracias al apoyo -o la desidia, que es lo mismo- de esos mismos hombres importantes.
A 11 mil kilómetros de aquí hombres importantes, de países que hasta ayer se acusaban mutuamente de ser terroristas, están a punto de firmar un acuerdo nuclear que, sin duda, otros hombres importantes se encargarán de desmantelar en los próximos meses.
A más de 5 mil millones de kilómetros de aquí, en un lugar al que felizmente no han llegado los hombres importantes, un robot muy veloz empieza la jornada de trabajo más importante de su misión, en la que tomará las mejores imágenes posibles de un mundo frío y marrón que ha sido objeto de amargas discusiones entre los hombres importantes de nuestro mundo cálido y azul.
Me detengo un momento y vuelvo a leer sobre estas cosas, las únicas que han logrado capturar mi atención en un día como hoy, en el que he dejado de lado los muchos asuntos pendientes que me agobian para perderme, distraerme y emborracharme de las noticias de México, Austria y Plutón. Y me doy cuenta de que algo debe andar muy mal cuando lo único importante que ha ocurrido en mi día ha sucedido tan pero tan lejos de mí.
(13 de julio de 2015)
(13 de julio de 2015)
En la ciudad de París que Balzac dibuja en su novela Papá Goriot, el prestigio social es lo único que importa. Allí los que obran por amor, generosidad, sentido ético o incluso mera practicidad están condenados a la miseria o, peor aún, a la intrascendencia. Si vives ahí y quieres "triunfar" tienes que entender que la hipocresía encabeza todo los códigos de conducta y que parecer es mucho más importante y rentable que ser. Y si estás casado debes exhibirte con tu amante en los eventos sociales porque eso no perjudicará la opinión que los demás tengan de ti, que es mucho más importante que tu propia opinión.
Pero, aunque esta sociedad está llena de carruajes lujosos, trajes inmaculados y modales refinados en realidad es más pobre de lo que parece. Es cierto que los que más brillan siguen siendo los miembros de la nobleza que sobrevivieron a la Revolución Francesa. Pero hoy esa casta no es si no una sombra de lo que fue, al punto que a los condes y marqueses ya no les bastan sus títulos para ser importantes y luchan por obtener dinero como sea para mantener su estatus y su imagen. Empeñan sus relojes y sus joyas, se amanecen en los casinos y tratan, por cualquier medio concebible, de hacer algún buen negocio con los burgueses, a quienes pertenece el dinero. El objetivo no es hacerse rico sino verse magnífico, esconder la decadencia, brillar. Todo lo demás (el amor, la familia, la paz espiritual) es secundario. En esta civilización de la apariencia la autenticidad es un mal.
Pero, aunque esta sociedad está llena de carruajes lujosos, trajes inmaculados y modales refinados en realidad es más pobre de lo que parece. Es cierto que los que más brillan siguen siendo los miembros de la nobleza que sobrevivieron a la Revolución Francesa. Pero hoy esa casta no es si no una sombra de lo que fue, al punto que a los condes y marqueses ya no les bastan sus títulos para ser importantes y luchan por obtener dinero como sea para mantener su estatus y su imagen. Empeñan sus relojes y sus joyas, se amanecen en los casinos y tratan, por cualquier medio concebible, de hacer algún buen negocio con los burgueses, a quienes pertenece el dinero. El objetivo no es hacerse rico sino verse magnífico, esconder la decadencia, brillar. Todo lo demás (el amor, la familia, la paz espiritual) es secundario. En esta civilización de la apariencia la autenticidad es un mal.
Crimen y Castigo es una trampa que te encierra en los bolsillos del abrigo de su protagonista, desde donde compartes su ansiedad, su esperanza, su terror y sientes el filo del hacha que esconde bajo la ropa. Desde ahí comprendes también que el infame proyecto que cocina en su mente (asesinar a una vieja usurera para robarle), no es algo que se contradiga, como podría parecer, con su buen corazón ni con su capacidad para ayudar desinteresadamente a sus semejantes. Porque desde el principio de la novela queda claro que todos los monstruos son seres humanos.
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Autor

Pablo Ignacio Chacón
Soy autor de "Los perseguidores" (cuentos) y "Juanito Trapelas" (microrrelatos). En 2017 gané el Concurso de Microrrelatos de la Casa de la Literatura Peruana. Fui finalista en el Concurso Internacional de Cuento Juan Rulfo (2011), el Concurso Bonaventuriano de Cuento de (2015) y dos veces en la Bienal de Cuento Premio Copé (2000 y 2022).
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