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Montón de rocas
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En veranos como éste me acuerdo de mis tiempos de esclavo. Trabajaba entonces en uno de esos pretenciosos edificios de vidrio espejo del centro financiero de la ciudad. Es cierto que no me gustaba el grillete anudado a mi cuello almidonado, ni los kilos de correos electrónicos que tenía que revisar, ni las negociaciones con clientes inflexibles (casi todos de empresas estatales), ni asistir a interminables reuniones de operaciones, en las que los gerentes de proyectos nos alternábamos el rol punching ball de Jefe. Esas fueron algunas de las razones por las que decidí cambiar de aires y rutina. No me arrepiento... salvo en días como hoy, porque me pongo a comparar el generoso, reparador e intenso aire acondicionado de esos tiempos, con el horno en el que se ha convertido la oficinita que alquilo para trabajar. 

La parte más curiosa del asunto es que nunca, como ahora, había tenido a mi disposición una ventana tan grande como la que hay junto a mi escritorio. Pero, aunque está completamente abierta, el aire fresco pasa de largo, sin enterarse de lo bien recibido que sería aquí. Me consuela la vista de las copas de los árboles y la berma central de la avenida, en donde otros ciudadanos, que sudan tanto como yo, buscan sombra desesperados. Más allá se delinean también algunos edificios... pero no se alcanza a ver la torre de vidrio espejo de antaño, con su inolvidable brisa artificial. Felizmente. Porque, si no, sentiría mi cuello incompleto, extrañaría el látigo y tendría tentaciones peligrosas. Muy peligrosas.
De por qué leí un libro que no quería leer, de mis prejuicios y de lo bien que salió todo.  


Andaba por casa un ejemplar de Diez Negritos, la novela policial más vendida de la historia y que mi madre (una incondicional de Agatha Christie) acababa de leer por milésima vez y me sugirió, como muchas otras veces, que le de un vistazo. "Te la lees en una noche" me dijo para convencerme. Sólo por no desairarla lo empecé a leer. Y fue una buena decisión.

Si bien las primeras páginas con la presentación de los diez personajes pueden resultar un poquito confusas una vez que llegas al tercer capítulo la cosa se pone atrevida, la emoción va in crescendo y la curiosidad -por conocer la identidad del gran villano que martiriza a los personajes- te martillea el cerebro.
A fines del siglo pasado había un lugar en mi pequeño universo en el que los juegos de palabras estaban a la orden del día: la cafetería de letras de la universidad. Jugando a hacer puzzles con el absurdo, algunos de mis amigos y yo a veces matábamos el tiempo entre las clases de Estudios Generales Letras, hablando, literalmente, estupideces, combinando y recombinando palabras e inventándoles significados. Mientras leía algunas de las conversaciones y monólogos de los personajes de Tres Tristes Tigres me resultó inevitable recordarlo (aunque los rocones que los personajes de Guillermo Cabrera Infante dicen en su novela son más agudos que los que nosotros  improvisábamos).

(...) del gotán, que es el reverso del tango, derivó el barúm que es lo contrario de una rumba y se baila al revés, con la cabeza en el piso y moviendo las rodillas en lugar de las caderas. (Página 226)


Parece una broma. Y lo es. Casi toda la novela se sustenta en el humor, en la tomadura de pelo de unos personajes frente a otros. Pero no es porque su asunto sea cómico...

Cuando era niño alucinaba con el depósito de dinero de Rico Mc Pato: Una inmensa piscina que, en uno de sus lados, tenía un trampolín desde donde el personaje se lanzaba y se zambullía para nadar, literalmente, entre sus millones de monedas. Ese fue el primer arquetipo de avaro-tacaño-enfermo-del-dinero que habitó en mi mente. Más tarde leí de Tolkien las historias de los dragones Smaug y Glaurung a los que les encantaba destruir países enteros solo por el gusto de reunir todos los tesoros disponibles y echarse de panza sbre ellos para dormir la siesta. Otros personajes, que he podido conocer en otras obras de ficción o en el cine, no han podido superar en angurria a esos arquetipos... Hasta que leí Eugenia Grandet (1833)





Es un lugar común decir que los buenos libros tienen la virtud de arrastrarte hacia la trama y hacerte vivir parte de ella. Pero hay ocasiones en que ocurre un curioso fenómeno inverso: Es uno mismo el que trae la trama hacia su propia vida, pero no hacia su pasado si no a lo que está viviendo en esos momentos. No es, en ese caso, un mérito mágico del autor, sino un problema psicológico rebuscado ejercicio lógico que hace uno mismo como lector. Como si quisieras creer que desde las páginas del libro resuena una voz, (en tono misterioso y con mucho eco) que te dice: Sé lo que estás pensando, sé lo que quieres hacer. Y, para colmo, agrega: Y también sé como va a terminar "eso"... Sí, la sensación es cuando menos, inquietante...


Pues bien, Honoré de Balzac (1799-1850) me ha contado, hace pocas noches, un pedacito de mi propia vida. Sí, ya sé, me vas a decir que ese ilustre señor lleva siglo y medio muerto y que, aún si aceptáramos que su alma deambula ociosa por la Lima de 2015, lo más seguro es que tendría cosas mas interesantes que hacer que ocuparse de un tipejo como yo. Y no, tampoco es que yo me haya encontrado un objeto mágico capaz de traerme la fortuna (aunque mataría por eso), que es en esencia de lo que trata  su novela La Piel de Zapa, que acabo de terminar de leer.  
Si Borges dice que eres bueno, seguro lo eres (Hey, tranquilos, hablo de escritores, no de políticos). Si Borges, que desconfiaba de la novela en cuanto a género, escribe que ha encontrado una "novela perfecta", pues no te queda otra que leerla. A Papá Borges no se le discute.


A veces uno necesita encontrar una caja de resonancia para su propia tristeza. Amplificarla. Que se desborde y el mundo se ahogue. Algunos optan por escuchar canciones deprimentes. Otros convocan a sus demonios para emborracharse o aspirar alguna sustancia. Otros se ponen a contarle a todos los mortales (y a veces a las paredes y a los postes) acerca de su problema. Y otros buscan el filo liberador de un objeto cortante. A primera vista todas esas parecen medidas de lo más idiotas: ¿Acaso cuando uno está triste no debería olvidar su pena y distraerse con algo diferente, que lo saque de ese estado? Que responda mi lado necio: No.



Se acaban de ir muchos, así, de golpe: El vengativo niño que le echaba tierra de la maceta a tu algodón de azúcar. El empresario que se vendía a sí mismo una docena de churros con una misma moneda. El genio criminal que ponía churruminos en la comida para no pagar la cuenta. El desadaptado que pisoteaba tu ropa en el suelo aunque la tuvieras puesta. El palomilla que siempre decía la última palabra cuando todos los niños de la clase se callaban. El venerable anciano que te golpeaba con bolsas de papel de misterioso contenido. El chiflado que nunca tenía de queso, no más de papa. El enfermo crónico de chiripiolcas y garroteras. El de los gadgets invencibles como la chicharra paralizadora y el chipote chillón. El que inventó al Matonsísimo Kid, al pirata Alma Negra, a la Chimoltrufia, a Super Sam, al Cuaginais, a Jaimito el Cartero, y que nos instruyó sobre la insospechada nobleza de las lechugas. Y aunque sus canciones resultaran insufribles (me daban “cosa”), y sus mensajitos moralistas aburridos (se aprovechaba de mi nobleza), nadie más me ha provocado tantas veces tantas risas tanto tiempo. ¡Es que no contábamos con su astucia, Maestro!. Gracias (¡Las que te adornan!). Descanse en pez. 

Mi amigo Arturo me escribió un mensaje en el que me decía que tenía una entrada para Romeo et Juliette, la ópera de Gounod. Él no podría asistir y estaba dispuesto a regalármela. No era cualquier representación. Sería la primera vez que Juan Diego Flórez interpretaría completo el papel de Romeo y lo haría en Lima y con un elenco de primera. Era una oferta tan buena que, para no sentirme culpable, intenté disuadirlo, de que hiciera un esfuerzo y fuera, porque la ocasión realmente valía la pena. La obra es muy convencional, le conté, pero la música es estupenda (tiene unos dúos extraordinarios). No lo convencí (felizmente) pues tenía otros asuntos que atender y, además, no le convencía mucho el sitio que tenía asignado, a mitad del tercer piso. Para mí, en cambio, un habitual del cuarto nivel, era un pequeño lujo.

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Autor

Pablo Ignacio Chacón

Pablo Ignacio Chacón

Soy autor de "Los perseguidores" (cuentos) y "Juanito Trapelas" (microrrelatos). En 2017 gané el Concurso de Microrrelatos de la Casa de la Literatura Peruana. Fui finalista en el Concurso Internacional de Cuento Juan Rulfo (2011), el Concurso Bonaventuriano de Cuento de (2015) y dos veces en la Bienal de Cuento Premio Copé (2000 y 2022).

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