Para variar, llegué temprano. Así que mato el tiempo viendo y anotando: la escasez de transeúntes, el cordón cortado de niebla bajo la isla, la resolana fría de este invierno mentiroso. También veo encuentro historias potenciales. Hay una pareja por ahí que se contiene y gesticula a media voz. No oigo lo que se dicen, pero es claro que se han tocado mucho aunque ahorita no tengan ni pizca de ganas. Hay un heladero allá, que jala y no cabalga su triciclo, quizá por una crisis de almorranas, porque los ejes del carrito se le han roto o porque se aburrió y quiere variar. Hay una chica en el muelle que mira en torno, que no se mueve, que parece uno de los postes del embarcadero y solo faltaría que un pelícano se le pose en la cabeza para redondearle el camuflaje. Cosas de todos los días. Disparadores. Alucino con alquilar una casita de estas, con ventana abierta frente al mar y un escritorio donde teclear mi laptop, tomando nota de estas cosas y torciéndolas. Claro que sí, oye, sigue soñando. Los cuartitos en La Punta son baratos.
Al final a eso se reduce todo. Al cochino dinero. La razón por la que no vengo más seguido. La razón por la que vine hoy. He preparado una presentación en power point que llevo en el USB de mi bolsillo, pero que es más un garabato que la charla dizque que debo impartir y por la que cobraré alguito. Es de un tema que conozco más o menos y que jamás he estudiado. No sé si mi auditorio será receptivo, desconfiado u odioso. No sé si lo que planeé sea suficiente. No estoy nervioso, pero sí intrigado: primera vez que armo un speech para mayores.
Entro al local. Saludo a los de la ONG que organizaron el evento y que, aún no sé por qué, me han contratado. Me porto bien, extremo las cortesías para que, si fuese necesario, les resulte más fácil perdonarme mis deslices posteriores. Nos han prestado el auditorio grande. Seremos dos ponentes: una psicóloga (experta, ella sí) que hablará sobre la gestión de las emociones y un escribidor que piensa decir algo sobre esas emociones y el arte de contar. Ya íbamos a empezar, pero la política nos agua el show: el alcalde del distrito más pequeño del Perú quiere usar nuestra sala para no sé qué ceremonia importantísima y los eventos programados se cancelan, reubican o postergan. Tengo una indigna esperanza: la de que se suspenda todo (porque, la verdad, no estoy de humor para hablar de emociones, justo hoy). Podría, alucino, aprovechar el resto de la tarde, seguir el consejo de Martín Adán e irme a acompañar a la chica poste para mirar la nada y entenderlo todo. Pero los funcionarios locales tienen un plan B: que hagamos nuestra actividad en la cafetería. A pesar de que dos del grupo van en sillas de ruedas, de que la mayoría camina lento y de que hay una señora con bastón, nadie se queja. Al contrario, les parece divertido ("Mejor, más calientito", oigo). Se ríen, cuchichean. Hay una cosa cómplice entre ellos. Será que, a estas alturas ya se sabe que es mejor negocio ponerle buena a cualquier cosa. No nos hemos dicho nada aún, pero ya me siento avergonzado: soy el menos motivado en este lugar. Curiosamente, también el más joven.
Ya en la cafetería, junto a un congelador cuadrado y una mampara que da al jardín detrás del dique del malecón, armamos una C con las mesas, distribuimos las sillas, nos apretamos, entramos en confianza. Es hora de empezar. Primero es el turno de la psicóloga. Yo, que sigo en mi onda de portarme bien para inspirar piedad después, me ofrezco a cambiar las láminas del powerpoint que ella ha traído y que proyecta en al pared. Cuando no pulso teclas de la laptop, me apoyo, de pie, en la columna de aluminio que sostiene dos planchas de vidrio en la mampara. Al rato, bajo la mirada y veo una nube de hormigas arremolinada en las baldosas sobre las que estoy parado. ¿Tendré comida en las suelas?¿salen de mí? Pienso: se han confabulado para cargarme en peso y llevarme a rastras hacia su guarida subterránea, en donde darán cuenta de mi carne y —por favor— de mis pensamientos. Ahí está, me digo, tomo nota para mi charla: otro ejemplo de emociones como el inicio de una historia. Como no quiero ser devorado, me cambio de sitio. Ya tuve suficiente con una picadura en la víspera, no sé obra de qué animal, me parece una araña, porque desde ayer el tobillo pica como el diablo. Una mordida que, en vez de proporcionarme la capacidad de trepar por las paredes y combatir el crimen, me ha infestado de bajones y saudadaes. No estoy hoy para mordiscos. Con nadie.
La psicóloga sigue en lo suyo: que está bien la rabia, que está bien la tristeza, pero que hay que gestionarlas, hacernos cargo de nuestras emociones. Empoderarnos con ellas. Los diecisiete viejos la miran, asintiendo, desde las mesas. No sé si saben que también me habla a mí. Tiene razón en todo lo que dice y, por eso mismo, no quiero hacerle caso. Yo, las emociones, las proceso como pueda: si son soportables, me las aguanto hasta la gastritis. Si no, me obligo a dormir muchísimo. Como la charla se alarga, me esperanza que la psicóloga se tome las dos horas completas, que yo ya no tenga tiempo para hablar pero que, igual, me paguen por haber venido. Pero mis fantasías no se cumplen (por eso las escribo) y acaba puntualita. Me presenta, me da el pase. Entonces, con la ansiedad del primerizo, empiezo y, por una hora por lo menos, dejo la autocompasión de lado y me empeño en mi trabajo. Extraigo al actor aficionado de hace años. Juego a parecer profesional.
El impostor olvidadizo
Cuando hablo en público suelo estar tan concentrado en lo que digo y en gestionar las miradas y las supuestas señas de atención y aburrimiento de mi auditorio, que conservo pocos recuerdos del speech. Tengo pocos de ese día, pero claves: Sé que se rieron, que respondieron todas mis preguntas, que algunos me miraron con algo parecido al es cierto eso que dices. También sé que tuve un opositor (un caballero que, por alguna razón, no podía hablar, pero que transmitía su desacuerdo con los ojos y negadas de cabeza). Sé que leímos y comentamos extractos de la Yourcenar y Lydia Davis, que ponderamos el encuentro entre Príamo y Aquiles y que, también, les conté un episodio de mi infancia con un patito que me regalaron en Chancay. Un arroz con mango todo. Mi plan incluía proponer dos ejercicios. Uno de escritura. Hacer un garabato narrativo —por escrito— a partir de una emoción: una idea que pueda parir una historia que luego, con un poco de trabajo, cada quien en su tiempo libre, podría pasar en limpio y convertir en un cuento legible. Pero era un ejercicio ambicioso, avanzaba la tarde y, aunque no sentí desinterés, sí que la paciencia del grupo acabaría pronto. Así que pasamos de frente al segundo ejercicio, uno de creación oral colectiva. Juntos, construimos la historia ficticia del encuentro de una pareja en un café. Entre todos concordamos que un chico y una chica estaban peleando, que él le ocultaba algo ("le saca la vuelta") que ella tenía sospechas de eso ("es que lo ampayó infraganti") y que le daba un ultimátum ("es la última que te tolero") esperanzada en que encarrile ("pero igual quiere seguir con él"). Sé que funcionó.
Al final, algunas señoras se me acercaron para agradecer mi intervención. Una incluso preguntó si daba sesiones particulares de escritura. Quizá fue cosa de condescendencia o las urgencias de los que andan huérfanos de oídos. O la piedad que cuesta poco y reconforta tanto. Debí sentirme bien por esas atenciones. Pero el veneno de la araña radioactiva aún me recorría el cuerpo y pensé en mamá y en mi abuela, mis dos mayores más cercanas y en lo vergonzoso que era que mis mejores caras se las ponga a viejos de otros. Quise ir al malecón, llegar a tiempo a ver el ocaso detrás de San Lorenzo, ver si la chica ya se había lanzado o convertido en algo. Pero la psicóloga me preguntó en qué me iba y si podíamos compartir el taxi hasta algún punto equidistante en Lima. Yo, estirando mi afabilidad y el cálculo político (me convendría que me vuelvan a llamar para dictar otros talleres como este) dije sí.
Más tarde, mientras me perdía, ya solo, por las tripas de la ciudad de mis rencores, pensé que, quizá, después de todo, mi primer face to face con un grupo de veteranos (tengo agendadas 3 charlas más) no estuvo tan mal. Pero —ahí sigue la araña— el sabor seguía siendo desabrido. Me pasa mucho: hago cosas que salen más o menos bien y busco peros. Nunca está redonda la faena. Siempre falta algo. Como con mis borradores, esos que están casi listos pero que jamás lo están del todo y no me canso de corregir. Quizá el sesgo del fabulador solo es incapacidad para gestionar las emociones positivas. Ya aprenderé a hacerlo alguna vez. Cuando use bastón, silla de ruedas, pierda el habla y sepa al fin por dónde había que ir. Mientras tanto, seguiré siendo un borrador. Un podría ser.
PIC - Agosto de 2023
