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Lastre



Mi amigo Nelson se va. Deja Lima para vivir con aquél de quien se ha enamorado y con quien incluso firmará un documento que a la larga le permitirá ser ciudadano de otro país y ejercer su profesión allá, junto a su compañero norteamericano. La ocasión ha merecido despedidas y discretas celebraciones. Pero también generó una actividad que se desarrolló durante varios días y que, al menos para mí, fue completamente novedosa: Una liquidación completa de sus objetos personales. Porque cuando uno se va de verdad, el equipaje es un estorbo.

Claro que deberá llevarse algo de ropa y una que otra cosa que no ocupe espacio. Pero dejará todo lo demás. Por eso, hace algunos días, envió a mi celular y al de algunos de sus parientes y amigos, unas fotos con todo lo que hay en su departamento, como si estuviera organizando una mega venta de garaje. En el mensaje que vino con las fotos me pedía que escoja lo que yo quiera: Que me lo regalaba. Así, sin más. Le respondí que no, que cómo se le ocurría, que tratara de venderlo, que no sea tonto. Pero al final nos pusimos de acuerdo en que lo visitaría para ver si le robaba "algo pequeño".

Más que la idea de llevarme algo, lo que me interesaba era tener una excusa para sostener, por última vez, ese ritual que compartimos una o dos ocasiones cada año: Contarnos nuestras idas y venidas, resondrarnos mutuamente y sentirnos sabios dándonos consejos, con un poco de vino y queso baratos (y, cuando nuestras economías lo permiten, con prosciutto, al que Nelson es adicto)

Fui a visitarlo el miércoles pasado. Su pequeño departamento se había convertido en una especie de tienda, y las mesas y repisas, en escaparates. Un guardarropa móvil exhibía varias camisas y algunos ternos y zapatos, todos en excelente estado, incluso nuevos. "En serio, llévate lo que quieras, ropa, muebles, escoge no más". Como nunca he sabido bien como reaccionar cuando los demás son muy amables conmigo, me volví a negar, con alguna excusa inverosímil. "Ya te convenceré", me respondió, sin creerme. Me comentó que venía también un amigo suyo, a quien yo conocía poco, para ver su "exhibición" y que podríamos comer algo los tres "luego de que escojan lo que quieran" porque tenía mucha hambre. Yo, que iba cargado de anécdotas que quería contarle, entendí que habría que dejar las confidencias para otro momento. 

Cuando llegó Juan Carlos, Nelson volvió a personificar al vendedor perfecto, atendiendo con emoción a su nuevo "cliente". "¿Has visto este terno? ¿Por qué no te pruebas estas zapatillas? ¡me las puse solo una vez!". Y el recién llegado, tan sorprendido como yo, pero más honesto y empático, accedió a probarse "al menos un par de zapatos".

Media hora más tarde estaba claro que Juan Carlos tenía exactamente la misma talla que Nelson. Todo le quedaba. Los ternos, pintados. Las zapatillas no le apretaban ni le bailaban. Los suéteres, exactos. Nuestro anfitrión, exultante, trajo unas bolsas y se puso a doblar y a meter la ropa dentro de ellas. Incluso gritó "yeah" cuando descubrió que el saco más fino de todos ("nunca me lo he puesto") también le quedaba bien. Y luego lo dijo:

—Si tengo que deshacerme de mis cosas ¿qué mejor que se las queden mis amigos?

Sólo en ese momento comprendí que debía llevarme algo. En parte para no desairarlo, pero también para neutralizar una incómoda sensación (la envidia es una bestia sarnosa) provocada por la increíble suerte de Juan Carlos. Busqué con la mirada algo, lo que sea, que no fuese ropa y que pudiera servirme. Miré el reloj de arena que marcaba lapsos de 20 minutos. Los libros de arquitectura que había sobre un banquito. La caja llena de cables y chucherías electrónicas. El ventilador. Un juego de mancuernas, pesas y barra. Los diseños de Nelson colgados de la pared. Y entonces me fijé en un frasco de BCAAS (un suplemento proteínico para deportistas, que suele ser caro) y le pregunté, pensando en el gimnasio, si eso también lo cedía. "Claro, yo ya no lo voy a usar y está casi lleno" respondió sorprendido de que por fin me decidiera. "Pero algo más Pablo, llévate algo más por favor". Entusiasmado me ofreció su magnífica mesa de trabajo y, en lo que interpreté como un excesivo arrebato, hasta su cama king size (de solo unos meses de uso)... Pero otra vez salió el pudoroso-torpe-culpable-avergonzado que soy y le dije, como para salir del paso, que no aceptaba porque no tenía sitio para cosas tan grandes. Para que no insistiera le dije también que estaba bien lo de la mesa, que era probable que encontrara algún lugar, pero que se lo confirmaría al día siguiente. Al final le acepté un suéter que le quedaba grande y uno de sus diseños impresos hechos un rollo, que le prometí enmarcar y colgar en la próxima oficina propia que tenga.

Luego del reparto llegó la hora de comer. Íbamos a pedir una pizza pero el anfitrión no quería una pizza cualquiera sino una de prosciutto, porque la ocasión bien lo valía. Como ni TelePizza ni PizzaHut nos podían ayudar con ese capricho, acordamos ir a una tratoría cercana cuya carta tiene ese tipo de rarezas. La pizza resultó pequeña y las bebidas, humildes, pero la cena, impregnada de nostalgia, fue alegre y memorable. El homenajeado nos habló de su futuro en Los Ángeles mientras Juan Carlos y yo le gastábamos bromas aguafiestas, le dábamos consejos que no necesitaba y le deseábamos sinceramente lo mejor. Luego regresamos a la casa/tienda, bromeamos un rato más y llegó la hora de irse. Tomé mi pequeña bolsa de "regalos", le di una mirada poco amistosa a las cuatro bolsas de Juan Carlos y me fui preguntándome si no estaba siendo yo demasiado tonto desaprovechando tantos objetos que no eran más que lastre para mi amigo. "No", me respondí en el acto, "lo que te llevas es suficiente, no seas angurriento", me dije, muy digno. Está claro que cuando tengo sueño no pienso bien.

Al día siguiente, casi por mero trámite, ocupado en los asuntos menudos de mi trabajo, le mandé un mensaje confirmándole que no tenía espacio para la mesa que me había ofrecido, que muchas gracias pero que disponga de ella. Claro que dos días después, yo (Pablo-efecto-retardado-Chacón) "desperté", comparé mi estrecha mesa de trabajo actual con el mesón que quería regalarme Nelson y hasta encontré un sitio en donde encajaría a la perfección. Casi desesperado, le mandé un nuevo mensaje preguntándole si aún estaba disponible. Me respondió que ya le había encontrado dueño. Esa respuesta llegó acompañada del emoticono de la cara sonriente, no porque él se estuviera burlando de mí sino porque había interpretado mi pregunta como una cortesía (la de quien, por haber rechazado su regalo, se sentiría mal si nadie más lo aprovecha). Nelson no supo que mi llamada era el clamor de un tonto arrepentido. Entonces, picado, forzando mi recién descubierta angurria hasta niveles indecorosos, le pregunté por su cama casi nueva. Me respondió que también ya alguien se la había aceptado y que se la dejaría cuando viaje. Genial, le respondí, odiándome.

En alguna de nuestra pasadas vinadas recuerdo haberle comentado que cuando tengo que dar pasos trascendentes puedo demorarme un poco pensando las cosas pero que una vez que la decisión está tomada me entrego a ella con vehemencia, "me tiro a la piscina con todo", recuperando en ese impulso el tiempo perdido. Él me hizo ver (a partir de una anécdota que le conté) que ese "pensar demasiado" se me contagiaba a veces a ciertos asuntos cotidianos, paralizándome y convirtiendo la prudencia en uno de mis peores defectos. Descubrir cosas como ésas convertían nuestras sesiones en verdaderas epifanías. Pero esas charlas también servían para diseccionar el corazón roto de turno, sugerirnos terapias para las enfermedades más graves (como la soledad o la nostalgia) y encontrarle coherencia a las cosas más absurdas de la vida. Quizá es por eso, por terminar saciados de novedades, que nos demorábamos muchos meses antes de volver a reunirnos.

No sé si volveremos a tener una de esas conversaciones alguna vez. Pero si se da  —en su dorada California o en nuestra plomísima Lima— estoy seguro de dos cosas: 1) Que habrá muchísimo prosciutto en la mesa (por la cantidad de cosas que tendremos que contarnos), y 2) que evitaré mencionar cierto asunto sobre una mesa y una cama, que un día me ofrecieron, rechacé, intenté recuperar y perdí. Y no le diré nada al respecto porque se enterará leyéndolo aquí, en este blog. Y se molestará. Y me resondrará con un correo o una llamada,.. Pero, como hacen los amigos de verdad, terminará aceptándolo, olvidándolo y cagándose de risa conmigo.

Pablo Ignacio Chacón (c) Todos los derechos reservados


Pablo Ignacio Chacón Blacker 

6 comentarios:

  1. Jajajajajaja!!!! He retrocedido unos añitos cuando te suicidaste en la of. Indiscutiblemente es tu sello.

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    1. Nooooo. Eres malvada! jaja. Felizmente eres la única persona que se acuerda de eso :)

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  2. Como siempre un gusto leer tus experiencias y vicisitudes! Definitivamente me encantan tus relatos.

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  3. Pablo me alegro mucho el dia tu relato me encanta la manera como te expresas y mientras voy leyendo me hacer pensar que yo tambien estoy siendo parte de tu historia.... Leonor

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    1. A veces no tengo la menor idea de si logro transmitir lo que quiero transmitir y tu comentario me tranquiliza en ese sentido, Leonor. Mucha gracias por leer y comentar

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